Cuando los medios deciden qué muertes merecen nombre y cuáles apenas un número, la guerra deja de librarse solo en el campo de batalla y también se pelea en los titulares.
El 1 de marzo del presente año, cuando un misil iraní cayó en Beit Shemesh, Israel, y mató a nueve personas, CNN en Español narraba a detalle cómo una paramédica de nombre Liz Goral llegó corriendo y tuvo que declarar la muerte de un hombre en sus propias manos.
Ese mismo día, en el mismo conflicto, una escuela de niñas en Minab, al sur de Irán, era alcanzada por un misil. La Casa Blanca no descartó que el ataque hubiera sido ejecutado por militares estadounidenses, pero dijo que “el incidente estaba siendo investigado” e insistió en que Estados Unidos “jamás atacaría civiles”. Y así quedó esta tragedia, sin nombre de víctimas, sin testigos, simplemente una nota de prensa y una promesa vacía de una posible investigación.
En los primeros nueve días del conflicto se registraron 194 niños muertos en Irán. Ciento noventa y cuatro. Y de esos, ¿cuántos nombres recordamos? ¿O cuántas fotos escolares vimos en los noticieros? La respuesta, por muy impactante que sea, ya la conocemos. Ninguno.
Así es, en este conflicto algunas muertes reciben contexto, emoción y rostro. Otras quedan diluidas en el lenguaje impersonal de la geopolítica, y ese es el problema. No estamos hablando de un sesgo inconsciente ni de un error editorial aislado; estamos hablando de una decisión normalizada en donde algunas muertes merecen ser narradas y otras simplemente ser administradas.
Ciertos medios occidentales a lo largo de este conflicto han manejado una narrativa desigual. Cuando muere un civil israelí, el periodismo despliega su arsenal emocional completo; la tragedia aparece encuadrada como una historia humana que despierta empatía. Sin embargo, cuando mueren cientos de civiles iraníes, incluidos niños, el enfoque cambia automáticamente y el lenguaje se vuelve técnico, distante y poniendo en tela de juicio la credibilidad.
Esto no significa que los periodistas inventen los hechos, para nada; pero sí revela algo más incómodo: el lenguaje periodístico no solo informa, también interpreta. Cuando el periodismo empieza a convertir a unas víctimas en rostros y a otras en números, la guerra ya no se está narrando, se está jerarquizando. Cada palabra elegida, cada titular redactado y cada víctima nombrada construyen una narrativa moral del conflicto.
El error está en tratar a un bando como víctimas y al otro como cifras. Eso no es neutralidad periodística, es tomar partido con el lenguaje. Mientras los gobiernos disputan poder en el campo de batalla, el lenguaje libra otra guerra silenciosa, la que determina qué vidas importan lo suficiente como para ser recordadas y cuáles no. Porque mientras los misiles destruyen edificios, los titulares deciden quién merece empatía y quién es solo una cifra más.
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