La derrota de Orbán y las sombras de descalabro que persiguen a Trump, son señales claras de que la seguridad de ese tipo de derecha empieza a resquebrajarse

 - Con la caída de Orbán, la derecha iliberal pierde su aura

Hay izquierdas democráticas como las de Bachelet, Boric y Mujica. Y hay izquierdas tiranas y corruptas como las de Ortega y Maduro. Hay derechas democráticas como la de Angela Merkel. Y las hay corruptas y destructoras de la democracia como las de Orbán, Trump y Putin.

Durante 16 años, el modelo Orbán parecía avanzar sin freno.

Por eso, su derrota en las elecciones de ayer en Hungría fue significativa. Y más aún con el respaldo explícito de Trump, que envió a su vicepresidente, J.D. Vance, a Budapest días antes de la votación.

La derrota de Orbán no es un episodio local. Es un golpe simbólico y real a una corriente que durante más de una década se presentó como alternativa histórica. Orbán era el modelo y el laboratorio. El referente de una derecha que aprendió a usar las instituciones democráticas para vaciarlas desde dentro.

Hungría fue la vitrina de una constelación de líderes y opinadores convencidos de que la democracia liberal era un modelo agotado. Que había que corregirla. Y, mejor aún, reemplazarla.

Hoy, con la derrota de Orbán y las sombras de descalabro que persiguen a Trump, hay señales claras de que la seguridad de ese tipo de derecha empieza a resquebrajarse.

Control de medios, captura institucional, narrativa nacionalista, enemigos permanentes, exportación ideológica. Budapest se convirtió en destino de peregrinación para una derecha internacional fascinada con la “democracia iliberal”.

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Pero una cosa es la narrativa. Otra, los resultados.

Hungría llega al final de la era Orbán con una economía débil, servicios públicos deteriorados y niveles de corrupción que la ubican entre los peores de la Unión Europea

Y el desgaste no es exclusivo de Hungría.

Donald Trump atraviesa su momento más crítico. No por una derrota militar en la guerra contra Irán, sino por algo más profundo: el deterioro progresivo de la posición de Estados Unidos en el mundo.

La decisión de ir a la guerra sin aliados, sin respaldo del Congreso y sin una estrategia clara deja a Estados Unidos más aislado. Europa se distanció y mira hacia otro lado cuando Trump pide apoyo para desbloquear el estrecho de Hormuz.

Estados Unidos ha perdido algo más difícil de recuperar: credibilidad.

La guerra ha expuesto un grado preocupante de improvisación estratégica. Ha tensionado —y en algunos casos debilitado— alianzas clave. Ha erosionado la autoridad moral de un país que durante décadas se presentó como referente de un orden internacional basado en reglas. El cuento de amenazar con destruir la civilización iraní fue la tapa.

A esto se suma el desgaste interno. Más allá del valor de la gasolina en Estados Unidos (provocado por la guerra contra Irán), las sombras de los archivos Epstein, la retórica desbordada, la lógica de confrontación permanente, el uso de la justicia para perseguir adversarios y la corrupción contribuyen a una erosión que no es solo política, sino ética.

Esta derecha ha sido eficaz en la demolición, un término favorito de Trump. Identifica frustraciones, señala culpables, construye enemigos.

Sin embargo,  la retórica antiélite envejece rápido cuando se convierte en sistema de gobierno. El caso Orbán lo ilustra. De rebelde pasó a jefe de una estructura cerrada, clientelista y cada vez más distante de la sociedad. El discurso moral terminó cubriendo prácticas bastante convencionales: concentración de poder, favoritismo, enriquecimiento de los cercanos.

Los sistemas que concentran demasiado poder suelen incubar sus rupturas en su propio interior. El desafío a Orbán no lo lideró una izquierda en ascenso, sino un exintegrante del régimen, Peter Magyar.

Algo similar empieza a verse en Estados Unidos. Tucker Carlson, periodista republicano es la primera línea de crítica a la desbandada moral de Trump. Una excongresista, republicana radical, Marjorie Taylor Greene, pide su destitución bajo el enmienda 25. No es todavía ruptura, pero sí síntomas de gravedad.

Trump y Orbán representan la misma pulsión: desconfianza frente a los contrapesos, desprecio por la prensa, fascinación por el mando personal, uso político del miedo, persecución del adversario.

La derecha iliberal pierde su aura de inevitabilidad. No es el fin de esa corriente. Tiene bases, narrativa, capacidad de adaptación y recursos. Pero empieza a verse algo que antes no era evidente: no es una alternativa superior.

La democracia liberal tiene muchos defectos. Pero conserva ventajas decisivas: permite corregir, incluir, adaptar.

Una parte de la derecha colombiana considera que debe afiliarse a Trump. Cree que lo demás es comunismo.

Qué miopía.

Así como cayó Orbán, no sería extraño que en noviembre, en las elecciones de Congreso en Estados Unidos, la derecha trumpista sufra una derrota inmisericorde.

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