El árbol no deja ver el bosque y los eventos electorales no dejan ver nada diferente de la polarización, de un antagonismo que ya no tiene más fundamento que el enfrentamiento convertido en odio entre dos partes. Una visión de cada parte en la que uno mismo es el bueno y el otro el malo. En el que como soy el ‘bueno’ mi misión es acabar con el ‘malo’.
No es una diferencia ideológica ni de izquierdas y derechas, aunque se acude a éstas categorías para justificar las controversias.
Ni es una simple confrontación entre escuelas económicas, aunque se utilizan éstas como armas o pretextos en la confrontación.
Ni el cuento del socialismo enfrentado al capitalismo, o la socialdemocracia al neoliberalismo, ni la democracia al comunismo, tienen vigencia hoy en día.
Entre la polarización convertida en odio y esos falsos dilemas no dejan ver el proceso de transformación por el cual transita la humanidad. Embebidos en las elecciones, como mirándonos nuestro propio ombligo, perdemos el sentido de lo qué pasa en el mundo y hasta dónde eso nos afecta más que las polémicas internas.
En el aspecto geopolítico, parece inevitable el cambio de una hegemonía unipolar (además con Trump!) a una propuesta y a lo que ya se puede calificar de camino a una multipolaridad. ¿China, Estados Unidos. Europa, los BRICS, Rusia, cual impondrá más las reglas del juego, sobre todo en materia comercial y de monedas de transacción? ¿O prevalecerán las criptomonedas o divisas virtuales, Bitcoin y otras?
El cambio en el ‘modo de producción’ va mucho más allá de la economía: es ese el campo de la Econimia Política’ cuya escencia es entender el cómo se genera la riqueza y cómo se distribuye, bajo la premisa que es alrededor de esto que se organiza una sociedad y por ende un Estado.
El ‘modo de producción’, y con él los factores de producción, son los que determinan la generación de riqueza y aún más los procesos de desarrollo
Ya no son Capital, Trabajo y Tierra los factores de producción; ni siquiera lo son los avances tecnológicos, y hasta el Capital Humano (en el sentido del acumulado de la capacitación de todos y cada uno de los individuos) pierden relevancia.
Hoy pasamos las etapas de las revoluciones industriales, del capitalismo financiero, etc.; hasta donde va por ahora la transición -ya que no sabemos dónde terminará- estamos en la ‘revolución del conocimiento’ (alrededor del Inteligencia Artificial) y la dependencia del Capital Social (en el sentido de la generación de confianza y de fluidez en las ‘relaciones de produccion’) como principales factores de producción.
En cuanto a lo segundo -el Capital Social-, nosotros hemos logrado destruir cualquier asomo del mismo y estamos en vía de acabar la posibilidad de reconstruirlo: nadie cree en la validez de los contratos; ni en que a través de la Administración de Justicia esto se subsane; ni que sean las ramas del poder público, Ejecutivo, Legislativo, o Judicial, donde está falencia se arregle o se esté corrigiendo; el respeto por la autoridad no existe porque ésta no existe; los vacíos de seguridad personal, de orden público, de políticas al respecto no aparecen; ni se cuenta con la seguridad física, ni la jurídica, ni alguna expectativa de futuro confiable.
En la medida que cada parte atribuye la responsabilidad a la contraparte se establece una competencia diabólica entre el Gobierno y la ‘oposicion’, el primero con cierta coherencia puesto que propone el cambio en base al cuestionamiento a lo existente (además, así esto sea controvertible, se impone por la vía de los hechos) , y el segundo, que no responde a la definición de ‘una expectativa de gobierno’ puesto que nada propone (se limita a la búsqueda de escándalos y a ataques personales y a achacar a intereses malévolos cualquier iniciativa del gobierno por medio de vocerías en los poderes establecidos -gremios, políticos, y especialmente medios de comunicación que de eso viven-). El uso permanente de medias verdades a cargo de cada parte acaba con la posible credibilidad en una verdad verdadera.
Del mismo autor: Una ‘Democracia’ poco democrática
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