Se cumplen 6 semanas del inicio de la guerra de agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán y la “niebla de la guerra” está más espesa que nunca. Sobre todo, por la audiencia y el crédito que los medios del Occidente colectivo han concedido y siguen concediendo a las declaraciones cotidianas del presidente Donald Trump. Cuyo divorcio de la realidad de esta guerra ha alcanzado cotas inauditas. Porque hay que estar muy reñido con la realidad de esta guerra de agresión como para declarar, tal y como lo hizo apenas una semana después de su inicio que la guerra había terminado, que ya habían sido destruidas todas las capacidades militarte iraníes en aire, mar y tierra, así como todas sus instalaciones nucleares. O que la guerra terminaría cuando él lo decida.
Lo surrealista, lo patético es que todas estas declaraciones triunfalistas de Trump han sido desmentidas por otras tantas declaraciones suyas en las que ha afirmado que el “régimen iraní” le está rogando llegarán a un acuerdo, que sus cabecillas ya están negociando, pero que no se atreven a decirlo en público “porque los matarían” y que ahora está negociando con un gobierno moderado que sí está dispuesto a llegar a un acuerdo. Cantinflas en la Casa Blanca.
Pero no son solo las flagrantes incoherencias de la verborrea de Trump la que le niegan todo crédito a su palabra. Lo ha hecho y de la manera más contundente realidad de las exitosas acciones de la resistencia iraní a una guerra de agresión lanzada en su contra - “el crimen de los crímenes”, según el fiscal británico de los Juicios de Munich. Dichas acciones exitosas no son fruto de la buena suerte o de los errores de planificación cometidos por el Departamento de Guerra dirigido actualmente por el vanidoso de Pete Hegseth. Se debe a que los iraníes llevan muchos años de preparación para esta guerra. Es muy probable que comenzaran a hacerlo poco después de la conclusión, en el verano de 1988, de la guerra que les declaró en 1980 Sadam Hussein, entonces líder de Iraq, con el apoyo abierto de Washington y Tel Aviv. La guerra en la que las fuerzas armadas iraquíes utilizaron de manera extensa armas químicas suministradas discretamente por Alemania, cuya experticia en el uso de las mismas, ha quedado por certificado por la historia. Desde las trincheras de la Primera Guerra Mundial hasta las cámaras de gas de Auschwitz y Treblinka.
Pero volvamos al otoño de 1988, cuando la dirigencia de entonces de la república islámica de Irán comprendió que el fin de la guerra de agresión de Iraq no suponía el fin de los planes de Washington y de Tel Aviv para destruirla. Ninguna de las dos capitales podía permitir la perpetuación en Irán de dicha república. Pero no porque fuera teocrática, Arabia saudí y las monarquías del Golfo Pérsico también lo son, sino porque defendía su propia independencia y soberanía nacional y se negaba a aceptar el sometimiento a los dictados de Estados Unidos e Israel. Su sola existencia entorpecía seriamente sus planes de crear el Gran Israel como medio político y militar de asegurar el control total del Medio Oriente, la gasolinera del mundo. Proyecto formulado por primera vez y por esas mismas fechas por Benjamín Netanyahu, tal y como está documento. Por lo que creo que para tomar las decisiones estratégicas que entonces tomó, a la dirigencia islámica iraní no le hizo falta conocer el Memorando que en 2001 conoció el general estadounidense Wesley Clark, quien fuera comandante a la OTAN durante la exitosa campaña de acoso y derribo de Yugoslavia. El Memorando incluía una lista de los siete países de la región que debían ser “democratizados” previa “desestabilización”: Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán e Irán. Todos ellos, con la excepción de Irán sometidos manu militari o desintegrados.
La estrategia de defensa nacional adoptada por Irán en respuesta a su convicción de que tarde o temprano Washington y Tel Aviv volverían a atacarlos, ha demostrado en estas seis semanas de guerra de agresión, su validez y su eficacia. En primer lugar, dicha estrategia decidió privilegiar el uso y la fabricación de misiles, consciente de que era inútil intentar superar el formidable poderío aéreo y naval de Estados Unidos mediante el desarrollo de fuerzas aeronavales propias. Había que concentrarse, como efectivamente lo hicieron, en el diseño y la producción de misiles destinados a defenderse de los ataques por aire y por mar. Y consciente igualmente, de que los medios de defensa aérea a su alcance no eran suficientes para impedir por completo los bombardeos de la infraestructura de su industria militar, decidieron enterrarla. Según analistas independientes son 23 las ciudades industriales operando actualmente en Irán que, por estar bajo tierra, están a salvo de los bombardeos aéreos de sus adversarios estadounidenses y sionistas. Y que por lo tanto pueden garantizar el suministro de los misiles de corto, mediano y largo alcance con los que desde el minuto 30 del inicio de los ataques aéreos los iranies han estado bombardeando a Israel y las bases e instalaciones militares estadounidenses en Arabia saudita y los países del Golfo Pérsico.
El soterramiento de la industria armamentista irani anula o limita muy seriamente los resultados que, tanto Washington como Tel Aviv, esperan obtener con los inclementes bombardeos aéreos que han realizados y esperan si Irán no se rinde. En la rueda de prensa de ayer en Washington, y contando con la presencia del Pete Hegseth, el general Dan Kane, jefe del Estado Mayor Conjunto, y del director de la CIA, Trump volvió a repetir la amenaza con la que ha acompañado sus ultimátum varias veces incumplidos por su parte. Incluido el que vencía ayer mismo y cuya demanda perentoria era la “apertura del Estrecho de Ormuz”.
“Destruiremos el país en una noche y esa noche puede ser mañana”
Y reafirmó la exigencia de dicha apertura detallando lo que estaba dispuesto a ordenar: “Destruiremos todos los puentes, todas las instalaciones eléctricas, a partir de las 12 de la noche”.
No dudo que quiera hacerlo, pero no se si podrá cumplir la amenaza después del costoso desenlace de la operación destinada a rescatar al copiloto del F-15, derribado en el el sábado pasado. El copiloto fue rescatado, pero al costo de 2 aviones C-130 junto con cuatro helicópteros y el precio de 100 millones de dólares. Que se suman a los 1.100 millones de dólares diarios que está costando esta guerra de agresión, según cálculos de las propias autoridades estadounidenses. Con que le derriben tres o cuatro aviones más, la factura de la guerra se dispara.
Pero si Trump llegara a cumplir sus amenazas de destrucción total de Irán, de “devolverlo a la edad de piedra, a la que pertenece”, esa matanza indiscriminada de la población civil, esa destrucción sistemática de su infraestructura económica, no garantiza la derrota de Irán. Para afirmarlo no hace falta remitirse al fiasco de los bombardeos sistemáticos de 1.100 ciudades y pueblos alemanes por Estados Unidos y la Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial. Centenares de miles de civiles muertos, ciudades en ruinas, pero la producción alemana de armamentos no sólo sobrevivió, sino que alcanzó su máximo volumen en el verano de 1944. Por las mismas fechas del Desembarco de los aliados en Normandía y del inicio de la exitosa Operación Bagration de los soviéticos en el frente oriental. Fueron estas ofensivas terrestres las que sellaron la derrota de la Alemania nazi y no los bombardeos aéreos que resultaron incapaces para detener la producción de las fábricas de armamentos que el ministro Albert Speer ordenó enterrar en la tardía fecha de 1942.
Repito: no hace falta citar el caso alemán para demostrar la tesis de la ineficacia de los bombardeos aéreos que matan civiles sin lograr por sí solos poner fin a las guerras. Hay un ejemplo más próximo en el espacio y en el tiempo a la guerra de agresión contra Irán. Es el ejemplo ofrecido por Gaza. La guerra de exterminio emprendida por Israel el 7 de octubre de 2023 en su contra todavía no ha conseguido destruir completamente a Hamas, pese a que durante todo este tiempo la aviación israelí ha arrojado bombas y misiles con una fuerza explosiva sumada, equivalente al de dos y media de veces la de la bomba atómica arrojada por Estados Unidos sobre Hiroshima en 1945. En un territorio que es la quinta parte del de Bogotá. Arriba todo está en ruinas, pero en los túneles Hamas sobrevive y resiste.
¿Es razonable, más aún, es sensato esperar que los bombardeos aéreos consigan derrotar a una nación como Irán, con una extensión de 1.745.150 kilómetros cuadrados, mas de 90 millones de habitantes, cuya industria militar esta bajo tierra, es autosuficiente y descentralizada? Que, además, controla el Estrecho de Ormuz, gracias a una gran flota de lanchas rápidas armadas de misiles antibuque, que se protege de los bombardeos aéreos en multitud de túneles cavados en los acantilados que borden dicho estrecho. El estrecho por donde circula el 20 % de la producción de hidrocarburos del mundo. Otro logro de la estrategia de defensa adoptada por Irán hace tres décadas.
Es muy probable que la lista de quienes piensan que es virtualmente imposible la derrota de Irán en esta coyuntura, figuren todos o por lo menos la mayoría de los altos mandos militares que han sido destituidos por Pete Hegseth en los últimos días. La lista de los mismos, elaborada por el investigador Michel Choussudovsky de Globar Research, es impresionante:
"El 3 de abril, Pete Hegseth destituyó al Jefe del Estado Mayor del Ejército, General Randy George, junto con otros dos generales de alto rango: la Teniente General Sarah Clarkson y el Mayor General Phillip Chambers.Ese mismo día, el General David Hodne, quien iba a dirigir el Comando de Entrenamiento y Transformación del Ejército en 2025, y el Mayor General William Green Jr., jefe del Comando de Apoyo Moral del Ejército, también fueron destituidos.
La revista The Atlantic, citando fuentes cercanas a la Casa Blanca, informa que el Secretario del Ejército, Daniel Driscoll, también podría ser destituido.
Hegseth ya había destituido a más de una docena de oficiales de alto rango, incluyendo al Presidente del Estado Mayor Conjunto, General CQ Brown; a la Comandante de la Armada, Almirante Lisa Franchetti; al Vicepresidente de la Fuerza Aérea, General James Slife; y al Director de la Agencia de Inteligencia de la Defensa, Teniente General Jeffrey Kruse".
La historia no registra un caso semejante de destituciones tan masivas en la cupula militar de Estados Unidos en los inicios mismos de una guerra. Por lo que cabe pensar que si Hegseth no destituyó a los oficiales mencionados por su desacuerdo con esta guerra, lo haya hecho para convertirlos en los chivos expiatorios de una derrota anunciada. Cuando sea inevitable hacerla pública, bien podrían él y Trump eludir responsabilidades, afirmando que si se perdió fue por culpa de esos generales incompetentes. El plan de Washington y Tel Aviv de liquidar a Irán es tan antiguo como la resistencia de Irán al mismo. Pero con cada día que pasa queda más claro que el agua, que la estrategia diseñada por la administración Trump para conseguir por fin dicho objetivo está condenada al fracaso.
Del mismo autor: ¿Cuáles son los verdaderos objetivos de la guerra contra Irán?
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