Es Queens en Nueva York, así es, una comunidad latina tan poblada como algunas capitales del continente, una que ha ayudado a levantar poro a poro cuánto es los Estados Unidos: tras una noche entre músicas de todas las profundidades, con la mente aún envuelta en luces, bebo café en un lugar atendido por ecuatorianos, mexicanos, por colombianos también, y olvido allí todo, abrigo, dinero, documentos, todo.
Tarde reparo en la pérdida, regreso, pero han cerrado hasta el día siguiente. Es Queens, es Latinoamérica en el corazón de este país que desde siempre se debate entre hospitalidad, gratitud, y en otro extremo aquel recelo atávico contra quien viene de fuera. Por horas percibo el escalofrío de indocumentado, eso de no portar un papel que acredite que uno existe, uno que en estos casos es la auténtica coraza de Superman.
Durante la espera veo noticias sobre deportaciones, incluso a personas que han vivido en los EE.UU desde niños y tienen hijos americanos; también multitudinarias manifestaciones No Kings de pocos días atrás.
Fredy, esa especie de demiurgo del centro cultural Terraza 7, en la 82, y otro mago amigo desde lejos, me aconsejan permanecer tranquilo, afirman que nadie se habrá llevado nada, que esto es así, más bien keep walking. No lo niego, he desconfiado, imaginado, prejuzgado, pero en cuanto llego apresurado al día siguiente, recibo un todo está bien, aquí está su chamarra (todo está dentro), sin rituales, sin trámites, sin tener que dar pruebas, ni poner las huellas de todos los dedos como sucedería en una notaría en Bogotá para un mísero trámite.
Qué decir, Queens, lo es, es un mundo que se mueve también en solidaridades, entre la cadena de afectos de todos los orígenes y lenguas, que se mueve entre esa especie de trenes subterráneos que imaginaron esclavos hace cientos de años en esa liberación que es la mente viva, una cadena de trenes que era difícil hallar, pero proporcionaba escape. Desafiando perros furiosos y castigos aterradores muchos volvían por los suyos para guiarlos a la red de trenes subterráneos y lo conseguían.
Terraza 7
Freddy Castiblanco es médico, involucrado con la biología molecular, con el estudio de virus; luego de trabajar en el Catatumbo ayudando entre dificultades de violencia y arriesgando, le tocó aquella reforma que puso a los médicos a hacer consultas como estantería de almacén de ventas, eso de no oír mucho, recetar lo menos posible y poner el taxímetro. No lo soportó y llegó acá hace cerca de 30 años para continuar su carrera, pero como en el título, mientras hacía planes pasó otra cosa.
Así es que metiendo las manos hizo Terraza 7, entre Elmhurst y Jackson Heights en Queens, y ha continuado haciéndola. Este lugar que no descansa es el centro cultural al que acuden músicos maestros, agrupaciones musicales y de artes vivas que, más que espectáculo, traen un relato, el relato de trenes subterráneos para comunidades que se están buscando y quieren rosarse con esa vida que mezcla las lenguas y las raíces y el alma humana, un asunto de lenguajes que transforman realidades sociales.
Justo acá, a terraza 7, igual que al centro Flushing Town Hall, con tres multitudinarios conciertos en los que la gente se ha entregado a la marimba y al sonido del Pacífico, ha llegado desde Filadelfia y Williamsport la gira de Nidia Góngora moviéndose de mar a mar de los Estados Unidos, la maestra, con su agrupación fascinante.
La noche en el escenario es hipnótica. Gente de varios meridianos ha venido a ver a Nidia, a tomar viche, a expresar cosas cálidas bailando. La Lulu, violinista caleña ganadora de Grammy se suma tejiendo música con su arco y lo han hecho también bateristas y percusionistas de talla. Nidia sube entonces a cumbres altas, evidentemente conmovida, y suelta todo el Pacífico al escenario.
Terraza 7 jala, es exigente, es vibrante. Acá han pasado mucho jazz, flamenco, sones, Pacífico, un mundo de memorias musicales sefardíes, magrebíes, bereberes, memorias caribe y celtas, y muchos Grammys juntos. Nombrar a tantos maestros que han formado a otros músicos en Terraza 7 no sería posible, pero algunos: Chano Domínguez, Javier Ruibal, Antonio Lizana, Brahim Fribgane, Cristina Pato y Víctor Prieto, Diego “Yiyo” Obregón, Ari Hoenig, Emilsen Pacheco, Sexteto Tabalá, Gaiteros de San Jacinto, Son Palenque, Chico Pinheiro, Radio Jarocho, Jarana Beat, Jhon Benitez, Hugo Candelario, Luisito Quintero, Edmar Castañeda, Samuel Torres. Jorge Glem, Luis Perdomo. Aquiles Báez, Salomáo Soares, Juan Formell Gerardo Contino, César Orozco o Pedro Giraudo.
Fredy Castiblanco con su Terraza 7, a la que han venido Gabriel Boric y otros personajes que se involucran en causas sociales de verdad, es simplemente un tipo de esos de los que dan ganas de hacerse amigo. De esos que dan la vida por causas que casi siempre ganan. La causa de la integración, la causa de luchas contra el aislamiento y el auto aislamiento, la causa de darse contra el chauvinismo, la causa de la ley del Día de Enfermedad Pago en New York, y muchas causas que acercan gente y hacen real esa cadena de afectos de la que hablaba Bateman para realmente conseguir una revolución.
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