El ministro de Seguridad israelí, Itamar Ben-Gvir, consultado hace unos días en torno a su opinión acerca de si a los prisioneros palestinos debería suministrárseles fruta o no en su dieta, respondió, con su arrogancia característica, que lo que él pensaba realmente era que a cada uno de ellos había que pegarle un tiro en la cabeza. Por eso ayer celebraba con champaña, la aprobación, por el parlamento israelí, de la pena de muerte para los palestinos reos por terrorismo.
Son setenta y siete años en los que Israel viene, violentamente, arrebatando la tierra de Palestina a sus milenarios propietarios. Sectores conservadores aducirán sin duda que eso no es cierto. Que desde que se aprobó la creación del estado de Israel, es este el que ha sido atacado reiteradamente, por lo que es él la víctima, con todo el derecho a defenderse. Este argumento, en apariencia simple, oculta una penosa verdad, el sueño sionista del gran Israel.
Que se liga, existencialmente, a los intereses de las grandes potencias de un siglo atrás. Una sociedad industrial con crecimiento arrollador, que requería asegurar el control de la zona de mayor producción de hidrocarburos en el mundo. Israel nace como el enclave para ese propósito, aprovechándose de una mitología tejida interesadamente durante siglos, a la cual se le hicieron arreglos de última hora para ajustarla a las circunstancias.
Los judíos, un culto religioso del Oriente Medio , proclamaba haber sido expulsado de su país por el imperio romano en los albores de la era cristiana. De allí que se considerara errante, condenado a vagar por el mundo por un designio divino. Hasta que esa posición ortodoxa comenzó a ser reemplazada por otra, según la cual ese pueblo debería regresar, por mandato celestial, a la tierra que le había sido arrebatada, Sion, la Palestina histórica.
El crecimiento del capital produjo la coincidencia entre los intereses de las grandes potencias y ese culto irracional. Por eso, desde un comienzo, Israel nació siendo una poderosa máquina militar alimentada por Occidente. A la tesis de los dos estados, uno Palestino y otro hebreo, Israel respondió siempre negativamente. Palestina no merecía existir, entre otras cosas porque ni siquiera eran seres humanos, sino bestias, seres inferiores condenados a la esclavitud.
Es así como el apartheid y el genocidio se convirtieron en las décadas siguientes en el pan de cada día. Los sionistas aspiran a un gran estado que vaya desde el río Nilo hasta el Éufrates, un sueño que Benjamín Netanyahu y sus cómplices persiguen incansablemente. En ese propósito han contado con el apoyo cerrado de los Estados Unidos e Inglaterra, extendido a gran parte de Europa. Todos ellos les suministran armas, dinero y apoyo. La propaganda a su favor ha sido gigante.
Literatura, cine, noticieros de televisión y radio se han encargado de moldear la mente del resto del mundo a favor de ese propósito. De tal manera que quienes se oponen al sionismo cargan el estigma de terroristas y asesinos. No está de más recordar que los sionistas representan en gran medida las más grandes fortunas en el capital transnacional. Están a la cabeza de Black Rock, Bloomberg, Soros, la banca Rostchild, cuentan con un poderoso lobby en Washington.
Dominan el Congreso norteamericano. Y manejan el Mossad, un poderoso servicio de inteligencia que extiende sus redes por todo el planeta. De hecho, el escándalo de Epstein se ha revelado como la más repugnante y maléfica red de inteligencia israelí, mediante la cual figuras destacadas de la política mundial eran invitadas a sus bacanales y ritos satánicos, donde se los filmaba y luego extorsionaba para obligarlos a tomar decisiones de su interés.
Para su fastidio, en Irán se produjo a fines de los años setenta una revolución que le arrebató el poder al Sha
Para su fastidio, en Irán se produjo a fines de los años setenta una revolución que le arrebató el poder al Sha, un dictador puesto allí por la CIA en 1953, para que los Estados Unidos e Inglaterra se apoderaran de su petróleo. Recuperado el petróleo, la soberanía y la dignidad para Irán, esta revolución terminó convertida en el mayor obstáculo para la expansión de Israel. De allí el odio del sionismo contra ella y el afán por borrarla del planeta.
Es por eso que el desquiciado discurso de Trump carece del menor fundamento histórico y moral. Se reduce al apoyo cerrado del imperialismo al sionismo. Todo indica que al fin esta dupla criminal acostumbrada a la impunidad halló la horma de su zapato. Irán, a un altísimo precio en vidas humanas, infraestructura y dolor, aprovechando su posición geográfica y su poder militar, ha demostrado que sus agresores no eran invencibles como creían.
Y ha puesto al mundo al borde de una transformación profunda. Si los Estados Unidos salen humillados del medio oriente e Israel sufre su merecida derrota, el futuro será muy distinto. África, América Latina, el Caribe, Venezuela, Cuba, Colombia contarán con una segunda oportunidad.
Anuncios.


