Antes de entrar de lleno en la campaña para renovar el Congreso de los Estados Unidos, los demócratas y opositores de Donald Trump lo acusan de ser instrumentalizado para debilitar al régimen de Irán y extender fronteras hacia nuevos asentamientos. Se habla incluso de planes para levantar balnearios de lujo en Gaza, edificados sobre una tragedia humanitaria que ya cobra miles de víctimas, mayoritariamente mujeres y niños.
Con el pretexto de combatir a Hezbolá, se pretende apoderarse del sur del Líbano para integrarlo al “Gran Israel”. Estas maniobras arriesgadas están disgustando a los fieles de MAGA, quienes eligieron a Trump creyendo que no involucraría al país en nuevas guerras. Estas "aventuras guerreras" recuerdan los fracasos en Vietnam e Irak, y podrían costarle a los republicanos su mayoría en el Senado.
Ante la caída de popularidad de Trump, sectores republicanos temen que su egocentrismo no haya previsto la dimensión de los daños en la infraestructura petrolera global. Un cese de suministros desde el Golfo amenaza con una recesión mundial que devoraría fondos de pensiones y desinflaría el globo de las empresas tecnológicas de Inteligencia Artificial, provocando una debacle en Wall Street.
En nuestro continente, la política de expansión busca asegurar el control sobre el “patio trasero”, desde el Canal de Panamá hasta el desplome de Cuba. Esto incluye una intervención abierta en las elecciones de la región. Desde la guerra de aranceles hasta la presión a Javier Milei para desistir de proyectos con China, el segundo mandato de Trump parece enfocado en un control territorial y económico total. El interrogante queda abierto: ¿podrá el mundo resistir esta política de choque o estamos ante el preludio de una crisis sistémica global?
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