El liderazgo se impone sobre las instituciones, debilitando los contrapesos que sostienen la democracia

Se vota, pero cada vez importa menos cómo se ejerce el poder después de ganar. En América Latina la democracia no está cayendo de un golpe. Se está desgastando. Y ese desgaste no ocurre en los márgenes, sino en el centro mismo del poder. Votamos con regularidad, pero la forma en que se gobierna después de las elecciones parece importar cada vez menos.

Según Latinobarómetro, menos del 30 % de los ciudadanos de la región confía hoy en la democracia. No es un dato menor: revela una distancia creciente entre las instituciones políticas y la sociedad.

La paradoja es clara. Los procedimientos democráticos siguen funcionando: elecciones, partidos, campañas. Sin embargo, la confianza en el sistema que los sostiene se erosiona lentamente. La democracia permanece como mecanismo, mientras su legitimidad se debilita.

Este fenómeno ha sido descrito por el analista Fareed Zakaria, quien habló de las llamadas “democracias iliberales”. En sus palabras, “la democracia sin constitucionalismo liberal puede convertirse en una forma de autoritarismo electivo”. Es decir, sistemas donde las elecciones continúan existiendo, pero los límites al poder comienzan a desaparecer.

Cuando la ley deja de ser límite

La legitimidad política empieza a imponerse sobre las reglas institucionales.

En México, Andrés Manuel López Obrador sintetizó esta tendencia con una frase reveladora: “no me vengan con que la ley es la ley”. No es solo retórica. Refleja una concepción del poder donde la voluntad política pretende sustituir a la norma.

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En Argentina, Javier Milei llegó al poder prometiendo dinamitar “la casta”. La indignación social que alimenta ese discurso es comprensible. Pero gobernar no consiste en gritar más fuerte, sino en sostener reglas incluso cuando resultan incómodas.

En Colombia, Gustavo Petro insiste en que “la verdad es revolucionaria”. Puede serlo. Pero cuando la verdad depende del poder, deja de actuar como límite y se convierte en herramienta.

El politólogo argentino Guillermo O'Donnell describió esta dinámica con el concepto de “democracia delegativa”. Según él, en estos sistemas el presidente gobierna como si hubiera recibido “un cheque en blanco otorgado por los votantes”. La victoria electoral se interpreta entonces como una autorización para debilitar controles y contrapesos.

Es ahí cuando la ley deja de ser un límite y comienza a percibirse como un obstáculo.

La política de las emociones

Las narrativas emocionales sustituyen gradualmente a la institucionalidad.

Los tres casos, distintos en ideología, comparten un rasgo común: la creciente sustitución de las reglas institucionales por relatos movilizadores. La política deja de organizar la vida pública y pasa a estimular indignación, esperanza o resentimiento.

El populismo contemporáneo no es únicamente una ideología. Es, sobre todo, una forma de ejercer el poder sin límites claros. Aparece como respuesta a frustraciones legítimas —corrupción, desigualdad, exclusión—, pero termina debilitando las reglas que permitirían resolverlas.

La intensidad del discurso reemplaza así a la solidez institucional.

Los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt han advertido que hoy las democracias rara vez mueren mediante golpes de Estado. En su conocido estudio escribieron que “las democracias mueren lentamente, cuando los líderes electos erosionan las normas y los controles que limitan su poder”.

Democracias que se desgastan

El deterioro institucional termina afectando la economía y la confianza ciudadana.

La economía no discute: reacciona. En Argentina, la volatilidad se ha vuelto parte del paisaje. En Colombia, la incertidumbre regulatoria se instala como preocupación constante. En México, la seguridad jurídica dejó de ser un acuerdo técnico para convertirse en una disputa política.

Cuando las reglas dejan de ser previsibles, la inversión se retrae, la planificación se vuelve incierta y el crecimiento se debilita.

El ciudadano percibe la necesidad de cambios, pero también el riesgo de la forma en que se están intentando. Queda atrapado entre la frustración con el sistema y el debilitamiento de las reglas que deberían corregirlo.

Hace casi dos siglos, Alexis de Tocqueville advirtió que las democracias podían degradarse sin necesidad de dictaduras abiertas, sino por el desgaste gradual de sus instituciones. En La democracia en América escribió que “las instituciones libres pueden perder su espíritu cuando los ciudadanos se acostumbran lentamente a la concentración del poder”.

América Latina parece acercarse a ese escenario. No necesita salvadores ni relatos épicos, sino límites claros y reglas que se respeten incluso cuando incomodan.

Porque la democracia no se pierde únicamente cuando alguien se apropia del poder.
Se pierde cuando deja de importar cómo se ejerce.

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