Putumayo nos dejó heridos que luchan por volver y caídos que honramos con gratitud. A sus familias, respeto. A los valientes, fuerza y fe, hoy, en todo el país

 - Fuerza, muchachos

Hoy escribo con dos oficios que a veces no se ven juntos, el derecho y el uniforme. Soy abogado, y también soy Teniente, oficial profesional de la reserva de la Fuerza Aeroespacial Colombiana.

Por eso el accidente del Hércules en Putumayo no lo leí, lo sentí; no fue un dato, fue un golpe seco en el pecho, como si el aire de una cabina de avión se hubiera quedado sin oxígeno por un instante.

En ese vuelo iban valientes hombres y mujeres. Iban tripulantes, soldados y policías, cada uno con su historia guardada en el bolsillo, con una foto en el celular, con alguien esperándolos en casa.

Iban en misión, como se va siempre en Colombia, sabiendo que el riesgo existe pero sin darle el gusto de paralizarnos. Y de pronto la mañana se partió, y el país entero quedó mirando al cielo, en silencio, con oración.

A quienes hoy siguen heridos, toda la fuerza. Fuerza para el dolor que no se ve, para el ardor de las curaciones, para el cansancio que llega sin pedir permiso, recuerden que para los pensamientos intrusivos que una y otra vez se repiten con los gritos y la angustia la respuesta está en sus corazones, porque esos pensamientos se atraviesan con el corazón y la fe.

Fuerza para el día largo y para la noche más larga, para el primer paso y para el primer sueño tranquilo

Fuerza para el día largo y para la noche más larga, para el primer paso y para el primer sueño tranquilo. Se qué  la mano médica será sabia y cercana, sé que el tratamiento es oportuno, y sé que el corazón no se rendirá cuando el cuerpo se demora.

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A ustedes, valientes, les toca ahora una misión distinta; volver a respirar sin miedo, volver a mover los dedos, volver a caminar, volver a reír sin miedo. Volver a mirar a los suyos y decirles, con la voz todavía temblorosa, que están aquí. Si el servicio es disciplina, la recuperación es coraje; y el coraje, en una camilla, también es patria.

Hoy también quiero agradecer a la gente de Putumayo que no esperó permiso para ayudar. A quienes corrieron con palas, cuerdas, motos y manos desnudas, a quienes cargaron camillas improvisadas, a quienes hicieron de la selva un corredor de esperanza. En Colombia, a veces la solidaridad llega antes que la sirena, y eso también salva vidas.

Gracias, igualmente, a quienes atendieron la emergencia con oficio y humanidad, al personal médico, socorristas, tripulaciones de evacuación, a Paola y a todos los equipos médicos del Hosmi y de búsqueda y rescate.

En medio del humo y del caos, su trabajo es una forma silenciosa de amor por el país. Cuando todo tiembla, la disciplina que ustedes tienen es el hilo que sostiene.

El título de esta columna dice Fuerza, muchachos, porque así abrazamos en Colombia, sin solemnidades. Que nadie lo lea como exclusión. Allí estaban, y allí están, valientes mujeres que sirven y lideran. Cuando digo muchachos, digo todos, los que vuelan y los que marchan, los que regresan heridos y los que no regresan. También a sus familias, que esperan en silencio, les debemos respeto, cuidado y una gratitud que dure siempre.

A las familias de quienes murieron, gracias, con el respeto que se pone de pie. Gracias por haber traído al mundo a quienes cuidaban a otros sin conocerlos. Gracias por el amor que los formó y por los límites que los hicieron firmes. Gracias por cada comida servida antes de una salida, por cada abrazo retenido para no llorar, por cada llamada contestada con calma cuando por dentro se incendiaba el miedo.

Sé que nada de esto reemplaza una silla vacía. Ninguna palabra devuelve un rostro ni recompone un futuro. Pero sí puede ocurrir algo justo, que Colombia no los trate como número ni como trámite. Que recuerde que detrás de un uniforme hay un hijo, una hija, una madre, un padre, una pareja, un amigo. Que entienda que la gratitud no se pronuncia una vez; se practica.

En la vida militar se enseña a hablar poco y a cumplir mucho. También se  aprende a guardar lo que duele para no cargar al otro. Hoy, sin embargo, vale decirlo todo con claridad: este accidente nos duele a todos. Nos duele a quienes vuelan, a quienes embarcan, a quienes esperan órdenes, a quienes rezan en una sala, a quienes reciben una llamada que nadie quiere recibir o a quienes de un escritorio agradecemos su vocación por la democracia.

Por eso esta columna no es para discutir, es para abrazar. Para pedir por los heridos y honrar a los caídos. Para mirar a sus familias con gratitud sincera y decirles que Colombia los reconoce. Para recordar que la fuerza no es dureza; la fuerza es seguir con el alma en su sitio, aun cuando la vida sacude.

Dios de la vida y de la paz, cubre a los heridos con tu misericordia. Sostén a las familias en duelo con tu consuelo. Guarda a quienes siguen en servicio, y danos a todos un corazón agradecido y humilde.

El Señor dará poder a su pueblo; el Señor bendecirá a su pueblo con paz. Salmo 29:11.

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