Las campañas ya tienen sus estrategias y orientaciones, basados en que lo que menos cuenta es hacer propuestas y programas que no le llegan a la gente.
Difícil una candidatura más frágil y al mismo tiempo más forzada que la de Abelardo de la Espriella. Su protagonismo gira alrededor de ser el outsider y el respaldo que le da su poder económico para hacer shows. Es verdad que ejemplos como el de Milei o Trump -millonarios, antipolíticos y ‘lanzados’- pueden explicar tanto su candidatura como su relativo y sorprendente éxito. Pero los apoyos ‘fundamentales’ siguen estando en su contra: para los poderes establecidos es claro que sería una aventura sin soporte racional alguno; que la falta de experiencia y de trayectoria en el sector público llevaría a un mundo de caos e improvisación; que sus antecedentes en el camino al éxito representando a delincuentes y enemigos del Estado son poca recomendación para que asuma esa dirección y representación.
Parece altamente probable que pierda ante Paloma en la primera vuelta y que solo le quede el poder negociar alguna cuota para quienes lo respalden (Salvación Nacional, etc), quienes a sabiendas de eso lo acompañan. La Ley le impide retirarse antes de la primera vuelta, si no ya se habría unido al resto de toda la derecha.
Paloma tiene primero que pasar a segunda vuelta, y aunque probablemente es fácil – dado el respaldo de todos los poderes establecidos-, no puede correr el riesgo de dejarse arrebatar la posición de extrema derecha donde está el nicho natural uribista (aunque no de todo el Centro Democrático). Trabajo tendrá, luego de demostrar que es más representativa de la derecha que la imagen que proyecta el ‘tigre’, para después desdibujarse e intentar acercarse al centro. Y más si para eso asume que cuenta con los simpatizantes de Oviedo.
Paloma no puede correr el riesgo de dejarse arrebatar la posición de extrema derecha donde está el nicho natural uribista
Una lectura alterna del resultado de la Gran Consulta diría que los votos de Juan Daniel Oviedo son más cercanos al ´petrismo que al Centro Democrático. Fue uno de los promotores de ese mecanismo, pero bajo la visión de buscar un grupo de no beligerantes además de no alineados. Probablemente de no haber sido promotor del grupo se habría retirado con la entrada del Centro Democrático, que fue el último en llegar y el que más cuestionamientos produjo. No parece claro que los votantes que lo acompañaron sean ‘endosables’ y menos a la candidata que se reivindica ‘hija de Uribe’. No es poca cosa la contradicción con la Constitución que asignó como única función al vicepresidente la de continuar el gobierno en caso de ausencia del titular.
Sin embargo, si pasa, como es previsible, no tendrá que hacer mucha campaña ni dependerá de ella misma pues eso lo hará el antipetrismo.
De Iván Cepeda se asume que pasa a segunda vuelta. Su campaña debe partir de esa premisa. Su aparición como candidato fue prácticamente accidental: su trayectoria política no había sido alrededor de buscar cargos políticos o administrativos, sino como una especie de ONG unipersonal alrededor de la Paz y de los Derechos Humanos. No tenía ni buscaba liderazgo, ni en consecuencia seguidores; tampoco un equipo que lo acompañara y/o lo asesorara en lo que podría ser un proyecto de gobierno.
Fue el proceso judicial que lo enfrentó al expresidente Uribe lo que le dio protagonismo, y su triunfo con la sentencia transitoria en contra de aquel lo que, al catapultarlo como adalid del antiuribismo, lo ubicó como ganador de la respectiva encuesta.
Por eso su línea no será “proponemos el cambio” sino: “no dejaron o no quieren dejar hacer el cambio”. Es decir ‘emberracar’ a la gente, bajo el lema petrista de “democracia es que el pueblo tenga cada vez más poder”. Eso simboliza su vicepresidente. Y como se asume que todos los poderes establecidos -económicos, políticos, mediáticos, gringos- se unirán en contra de él, es ese el camino que se le ofrece, y se refuerza o confirma con las alianzas que aparecerán en su contra en la segunda vuelta (siendo poco probable su elección en la primera).
Ante la alta abstención y la altísima proporción de votos no comprometidos por no gustar ninguno de esos candidatos principales, algunos analistas le dan peso a lo que instruyan los jefes de los partidos. Es no tener en cuenta la poca ascendencia (si no nula) que tienen sobre sus ‘afiliados’, ni que esto es en proporción inversa al resultado electoral en el Congreso, donde solo se ‘afiliaron’ por los avales (Gaviria no mueve un liberal, el conservatismo solo negocia pero no respalda nada, Cambio Radical sin Vargas Lleras es solo los Char).
La elección final será una vez más por o contra el petrismo, pero no alrededor de la necesidad o lo peligroso del ‘cambio’, sino alrededor de ‘el mal gobierno’ y el ‘no dejan hacer el cambio’.
Del mismo autor: El factor Trump
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