El 4 de abril de 1968, Jesse Jackson estaba en el Motel Lorraine de Memphis, Tennessee, donde asesinaron a Martin Luther King. Tenía 27 años y ya estaba comprometido con la defensa de los derechos humanos y los derechos civiles, y con la lucha contra el racismo en Estados Unidos. Una causa en la que nunca bajó la guardia.
Lo conocí 32 años después, en el año 2000, cuando me obligaron a salir al exilio por la violencia política en Colombia. En ese entonces, en los centros políticos de Estados Unidos se desconocían tanto el número como la significancia de la población negra afrodescendiente en Colombia. Mucho menos se conocían sus condiciones de abandono, exclusión y pobreza, ni la situación de violencia en la que se encontraba en medio del duro conflicto de la década del 2000.
Mi primer contacto con Jesse Jackson fue a través de un grupo muy activo de estudiantes de doctorado de la Universidad de Howard que tenían acceso a él. Dentro de ese grupo estaban Randy Short, Robert Asprilla y James “Santiago” Mauer. Ellos me dijeron: “Vamos a hablar con Jesse”. Y se logró.
Estábamos empezando a tocar puertas en diversos centros de influencia y poder político en Estados Unidos, sobre todo en el Congreso. En un marco de diplomacia pública y ciudadana, nos trazamos tres propósitos centrales:
- Dar a conocer la situación de la población negra.
- Poner las preocupaciones de nuestra gente de manera destacada en la agenda bilateral entre Colombia y Estados Unidos.
- Lograr una aprobación presupuestal específica, con todo tipo de ayudas para la población afrodescendiente en Colombia.
El objetivo era claro: transformar de verdad nuestra realidad, más allá de la retórica.
Esas metas primarias se lograrían siete años después, en 2007. Hoy, el ecosistema de liderazgo afrocolombiano es totalmente distinto, con una masa crítica que incide en la vida pública del país.
Muchos de esos avances se conectan con aquella primera conversación con Jesse Jackson. Ese encuentro fue el inicio de una relación cercana y muy importante para visibilizar ante distintos organismos lo que ocurría en Colombia y organizar acciones que beneficiaran a la gente; no solo a la población afrodescendiente e indígena, sino a toda la población colombiana.
En esa primera conversación le sorprendió el dato que le di sobre el porcentaje de la población afrocolombiana. En realidad, su sorpresa fue aún mayor cuando me dijo: “Yo he hablado con el presidente colombiano, Pastrana, a quien ayudé en el Plan Colombia, y no me mencionó para nada a la población negra”.
Le compartí algunos indicadores de la situación y me respondió:
—“Mire, Murillo, en todas partes, aquí también, los afrodescendientes estamos mal. Dígame algo que los diferencie a ustedes en Colombia del resto de negros en el mundo”.
Le relaté que la agresión más terrible que ha sufrido la población afrodescendiente en las Américas, después de la infame trata de africanos esclavizados, ha sido el desplazamiento forzado en Colombia. Le expuse un diagnóstico con cifras y fuentes sólidas.
—“Eso es lo que usted tiene que manifestar en su narrativa para diferenciarse del resto, porque lo que cuenta es muy grave”.
A partir de ahí no paramos. En ese momento conectamos también cómo la lucha contra las drogas de Estados Unidos no solo afectaba a su población negra y latina en ese país, sino también a la nuestra en Colombia.
Hoy, veintisiete años después de la primera de muchas conversaciones que tuve con Jackson, debo recordar que fue siempre un gran amigo de Colombia y un campeón de las causas relacionadas con mejores condiciones de vida para los afrocolombianos y para la gente empobrerida. Siempre puso su palabra para aconsejarnos, fue consecuente con sus convicciones y dejó un ejemplo muy alto de perseverancia y de claridad de horizonte para tomar decisiones y actuar.
No solo fue testigo del asesinato de Martin Luther King; también siguió su ejemplo en la búsqueda permanente del "Gran Sueño" de los “nadies” y recogió el legado de lucha por la redención de los más débiles.
En su accionar trascendió no solamente las causas de la población negra, sino también las de muchos otros sectores. A través de su Rainbow PUSH Coalition edificó una alianza diversa y pluralista en la búsqueda de la libertad como propósito supremo. Jesse Jackson partió de este mundo el pasado 17 de febrero, a los 84 años. Lo resistió todo y sobrevivió a quienes intentaron poner fin a sus sueños.
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