De cuantos deberes ciudadanos nos han sido planteados a los colombianos, el de salir a las urnas este 8 de marzo es de una significativa importancia. En esta fecha se juega la suerte un proyecto político que comenzó hace cuatro años con la elección de Gustavo Petro Urrego y que dio lugar a un conjunto de mejoras en las condiciones de vida de la población, aunque, a la postre, restringidas a su sector más vulnerable.
Pero es también la oportunidad de decidir si es posible que a las esferas del alto poder sigan llegando fuerzas, como las del Pacto Histórico, que expresan intereses contrarios a los de las castas plutocráticas, detentadoras de humillantes privilegios frente al nivel de sobrevivencia en que se halla la mayor parte de la población.
No se trata, entonces, de acudir a las urnas a cumplir simplemente el ritual de definir la composición del Congreso. Se trata también de determinar el margen de maniobra del próximo gobierno, que no se vaticina fácil, dada la incertidumbre derivada de las últimas encuestas, en las cuales, si bien se nota un marcado favoritismo del Pacto Histórico, la expectativa de votos que podría alcanzar la oposición no da lugar a anticipar aplausos.
Agregado a lo anterior, también resulta insoslayable la importancia de las consultas mediante las cuales se escogerán tres candidatos presidenciales adicionales a la lista de la que hacen parte Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Sergio Fajardo, entre otros: la de la derecha -Gran Consulta por Colombia-, la de la centroizquierda -Frente por la Vida- y la del centro indefinido -Consulta de las Soluciones-.
Estas consultas, curiosamente, han despertado un mayor interés que las elecciones congresuales, lo cual es consecuencia de la naturaleza presidencialista del Estado colombiano, que le da un papel protagónico en la política nacional al presidente de la República. Considerando tal circunstancia, resulta antidemocrático el rechazo que de ellas están haciendo Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, con todo y sus alfiles, lo cual contradice el propósito válido, supuestamente encarnado en el ideario del Pacto Histórico, de ponerle fin a la odiosa y censurable dictadura del bolígrafo.
Resulta fundamental cuestionar el rechazo a estas consultas, lo cual contradice el propósito de ponerle fin a la odiosa y censurable dictadura del bolígrafo. Al margen de las preferencias individuales, el deseo colectivo debe ser que esta jornada transcurra en paz y con una afluencia masiva de los colombianos a las urnas. Esta es la mejor manera de contribuir al desarrollo de la democracia.
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