En la Univalle y los puntos de resistencia surge una voz que rechaza la "resiliencia" como trampa. Un análisis sobre el poder, el miedo y el olvido estatal

Caminar por los pasillos de la Universidad del Valle o atravesar los puntos que hoy llamamos de "resistencia" en Cali es enfrentarse a un espejo roto. Como estudiante y ciudadano, me niego a aceptar la narrativa romántica que las instituciones nos quieren vender. Me considero, más bien, una voz que cuestiona el orden impuesto: una visión anarquista que entiende que el poder no otorga derechos, sino que los secuestra para luego devolverlos en forma de "regalos" o promesas de campaña.

Colombia es el país de la "resiliencia", una palabra que se ha vuelto una trampa. Nos dicen que somos fuertes porque aguantamos el hambre, el desempleo y la violencia, pero esa supuesta fortaleza no es más que la indefensión aprendida de un pueblo que se cansó de gritar. Como bien planteaba William Ospina en ¿Dónde está la franja amarilla?, somos una nación donde la riqueza y la dignidad (lo amarillo) han sido aplastadas por una élite que solo busca su propia remuneración.

Lo vivimos en la pandemia. El COVID-19 no fue solo una crisis de salud; fue un escenario de manipulación mediática y control social. Mientras nos encerraban y nos bombardeaban con miedo, las instituciones hegemónicas aceitaban su maquinaria. La reforma tributaria de 2021 fue la chispa, pero el combustible era un odio acumulado por décadas de ver cómo los "grandes" se sostienen sobre el esfuerzo de las minorías.

Hoy vemos 32 partidos políticos peleándose un botín, mientras en las universidades la ideología se degrada en desorden y violencia. ¿Por qué? Porque el Estado ha estado históricamente al margen de nuestra identidad real. Somos como un niño reprimido que, tras décadas de firmar "pactos históricos" que nunca llegan al territorio, ha optado por el silencio o por el estallido caótico. No es vandalismo gratuito; es el síntoma de un cuerpo social enfermo de corrupción y olvido.

Mis ideas pueden parecer prejuicios subjetivos para quienes ven el mundo desde una oficina en Bogotá, pero para quienes sentimos el rigor de una Colombia marcada por el dolor, son certezas. No quiero que el poder me "dé" nada; exijo que deje de quitarme lo que por necesidad básica me pertenece. Es hora de dejar de celebrar que "aguantamos" y empezar a cuestionar por qué nos obligan a hacerlo. La verdadera identidad colombiana no está en los despachos gubernamentales, sino en esa franja amarilla que, aunque parezca dormida, sabe perfectamente que ya se cansó de esperar.

También le puede interesar:

Anuncios.