Las encuestas en Colombia pasaron de ser un muestreo real a un reflejo de los intereses de sus patrocinadores. En un país polarizado, la credibilidad está en duda

Las encuestas se han convertido en un referente de lo que quieren sus patrocinadores más que en un muestreo real de la voluntad popular. En Colombia todo el mundo vive pendiente de las encuestas. No hay nadie que sienta que exista terreno firme para tomar decisiones y, de alguna manera, tanto escépticos como entendidos quisieran saber para dónde va la gente.

Hoy la incertidumbre campea, no solo sobre lo que realmente quieren los colombianos, sino respecto de lo que se trae el gobierno, aun con las propias elecciones. Pero con fe de carbonero y haciendo de tripas corazón, todos quieren conocer los resultados para ver si se vislumbra una luz al final del túnel, o si de repente emerge alguna claridad que indique tendencias o simpatías de los electores, a pesar de que la sensación que reina es la de confusión total.

Apenas se anuncian los resultados de una encuesta se genera una especie de ansiedad equivalente a cuando se llega al final de una telenovela. Y hasta se ha vuelto motivo de reuniones sociales compartir un trago a la hora de la publicación nocturna de la última encuesta. Lo irónico de esta expectativa generalizada, que llega casi a una efervescencia especulativa, es que nadie les cree seriamente. Los primeros que no les creen son los propios candidatos y, en particular, los que marcan al borde del 1%, porque si les creyeran, por decoro hace rato habían tirado la toalla. Los punteros les creen a medias porque lo hacen solo cuando sienten que les favorecen. Y en una coyuntura tan polarizada en la que todo se resume en que la final será entre el que diga Uribe y el que diga Petro, pues los del centro sí que menos van a creer.

Peor aún si no logran comprender que la tensión de las fuerzas centrífugas de dos polos coloca al centro casi siempre en el efecto licuadora. A menos de que en el centro hubiera surgido una figura felina con capacidad de enfrentar los verdaderos tigres que polarizan, Álvaro Uribe y Gustavo Petro, quienes se acusan mutuamente de ser la extrema contraria así no lo sean, el centrismo tiende a desaparecer, tanto en las encuestas como en el hipotálamo colectivo. Que no se crea en las encuestas es apenas normal, en un país donde no hay en quien creer.

De hecho, esa fue la intentona del papá de Miguel Uribe Turbay, por lo que lo echaron del Centro Democrático. Y por la misma razón acaba de renunciar a ese partido uno de los mayores símbolos de la derecha y del uribismo pura sangre, el dirigente ganadero José Félix Lafaurie, quien piensa que no se compraron la encuesta, pero sí maniobraron la consulta interna, que es como una prima de las encuestas. En todo caso, con el dolor del alma abandonó el barco uribista y se fue con "El Tigre" Abelardo de la Espriella, no sin dejar constancias sobre que en el proceso de su colectividad hubo gato encerrado y le hicieron conejo a María Fernanda Cabal, y que al final el propio Uribe es responsable.

Hoy la preocupación no es el fraude electoral, como en las viejas épocas en las que el cura Camilo Torres Restrepo llamaba a la abstención activa y beligerante porque se imponía con vehemencia acusadora la frase “el que escruta elige”.

En la actualidad se percibe que la trampa está en la inducción al resultado, que el que encuesta manipula y que esa es la apuesta del que las paga. No de otra manera se puede entender una encuesta como la de Invamer, que parece sacada de la manga, al poner al candidato petrista doblando al candidato uribista, cuando venían forcejeando, cuando menos en un empate técnico, unas veces en favor de Iván Cepeda y otras en favor de Abelardo de la Espriella. Números y emociones que, a la luz de la lógica matemática del candidato del centro, Sergio Fajardo, resultan razonables, aunque no respondan a la verdad sociológica. Pero que de la nada y de la noche a la mañana aparezca uno doblando al otro, sin que haya mediado un fenómeno que sacuda el cotarro político, despierta muchas dudas.

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Por eso el candidato que más cifras maneja, por su experticia en el DANE, Juan Daniel Oviedo, dijo sabiamente “qué paridera las encuestas” porque el tema curiosamente que está en juego es la credibilidad, la cual se pretende suplir con el show mediático que generan las propias casas patrocinadoras. Las encuestas teóricamente son mediciones callejeras con gente de a pie, pero nadie conoce a nadie que haya sido encuestado alguna vez.

Si las encuestas se hacen en las universidades, hasta en las de los ricos gana Cepeda, pero si se hacen en la calle con los desempleados gana El Tigre. El factor del aumento del salario mínimo a dos millones favorece fundamentalmente a los empleados oficiales y esos desde luego están con el gobierno de turno. Pero los desempleados quedaron fuera de concurso porque con ese aumento nadie los va a contratar.

El tema de la credibilidad ya ni siquiera es un asunto que preocupe. Los nuevos amos del juego electoral lo saben y cabalgan en el espectro emocional. Las redes se han encargado de relativizar la verdad y de mimetizar la mentira. Las noticias falsas son utilizadas por los contrincantes sin temor a quedar mal. Hoy se difunde la mentira y el costo de la aclaración es más barato. Se gana con la lógica de "calumniá que de la calumnia algo queda", que por costumbre se ha impuesto ante el rigor y el pudor.

La idea un poco cínica es que eso después se aclara o se explica, pero la clave es que de momento se logre el golpe de opinión. Algo como lo que hacen las empresas que prefieren someterse a las multas porque costo-beneficio les sale más rentable pagar sanción después de que la infracción haya producido sus dividendos.

Aquí la verdad tiene sesgo político y hace rato perdió la perspectiva de la credibilidad. Lo mismo hacen malabares los periodistas que les parece escandaloso que no aparezcan unas grabaciones en la Fiscalía que supuestamente daban cuenta de indelicadezas del candidato uribista, mientras que normalizan que los chats de un teléfono del candidato petrista se hayan borrado mágicamente o que las conversaciones y grabaciones del computador del comandante guerrillero Raúl Reyes no hayan sido consideradas por una Corte que decidió prejuiciosamente invalidarlas como prueba, con el argumento de que fueron obtenidas de manera irregular, con lo cual fue evidente el rasero con el que se priorizó la forma por encima del contenido.

En todo caso, las consultas y las encuestas en un país como Colombia reflejan más la capacidad que se tiene para hacerle el esguince a los resultados que la escueta verdad sobre las intenciones del voto popular. Y con serias dudas sobre la transparencia y la validez de sus algoritmos, terminan más dando de qué hablar que orientando a la opinión, que es en donde se concentran.

En un país donde la trampa llega primero que la ley, la mentira se repite hasta volverla verdad y la experticia se empeña más en el parecer que el ser, cualquier herramienta se vuelve un arma, es decir, un peligro depende de quién la use. La encuesta de Invamer parece un favor al gobierno porque pone a Iván Cepeda ganador absoluto y le baja el moño a Roy Barreras. Sube de golpe y porrazo a Claudia López y baja de un mamonazo a Sergio Fajardo. La pregunta en las encuestas hoy no es quién gana sino a quién le sirve el resultado.

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