Desde la antigüedad, en Grecia, los Juegos Olímpicos significaban más que solo una simple competencia. La ekecheiria, o santa tregua, forzaba a las ciudades-estado a parar las hostilidades para garantizar el desarrollo seguro de todas las competiciones. El estadio se convertía en un área sagrada. Actualmente, este ideal parece un recuerdo romántico y del pasado. Aunque la ONU oficialmente apoya la Tregua Olímpica antes de cada nueva edición, los conflictos bélicos continúan sin cesar, incluso cuando el mundo se une para celebrar el deporte.
La guerra entre Rusia y Ucrania ha mostrado, como pocas veces, lo difícil que es la neutralidad en el ámbito deportivo. Después del inicio de la guerra, gran parte de las organizaciones internacionales suspendieron a deportistas rusos y ucranianos; más tarde, el Comité Olímpico Internacional permitió que compitieran bajo bandera neutral y con la denominación de Atletas Individuales Neutros en eventos preolímpicos y en los Juegos Olímpicos de París 2024.
Este movimiento buscaba mantener la idea de que el deporte pertenece a las personas y no a los gobiernos; sin embargo, la realidad era mucho más complicada: mientras algunos atletas competían sin usar su himno ni bandera, los deportistas ucranianos se ejercitaban en medio de bombardeos, desplazamientos y muertes. El deporte dejó de ser una esfera separada de la política, convirtiéndose en su extensión “simbólica”.
El COI se encontró en un dilema en el cual no había salida. Ya que si excluía por completo a los deportistas rusos, dañaba trayectorias individuales que no eligieron la guerra. Y si los aceptaba sin condiciones, podría verse como indiferencia ante una agresión internacional hacia otro país. En esta tensión no solo están en juego las medallas: también está en cuestión la credibilidad del ideal olímpico y la validez real de la tregua que alguna vez puso fin a los conflictos.
La historia revela que los Juegos jamás han estado libres de la influencia geopolítica. En los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980, más de 60 naciones, lideradas por Estados Unidos, obstaculizaron el evento en protesta por la invasión soviética a Afganistán. Cuatro años después, el bloque socialista respondió ausentándose de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984, durante la Guerra Fría. En ese momento, el conflicto se manifestó en grandes ausencias. Hoy, se manifiesta en restricciones selectivas, criterios de participación y deportistas obligados a competir bajo identidades despojadas de sus símbolos nacionales.
En este contexto, la neutralidad que el COI sostiene resulta ser, paradójicamente, una postura inherentemente política. Si bien permitir que un atleta participe sin los símbolos de su nación (bandera o himno) puede interpretarse como un acto de equidad, esto no resuelve la compleja realidad de los países en conflicto. Lo que realmente se consigue es desviar la atención del problema central: las guerras en curso.
La supuesta división entre deporte y política resulta ser un objetivo difícil de sostener, más que un principio sólido. La Tregua Olímpica, lejos de ser una norma fija, se ha convertido en un acuerdo que se tiene en papel, pero que se ignora en la práctica sin mayores consecuencias. Su alcance ya no es detener conflictos armados o movimientos militares como en sus inicios; en el mejor de los escenarios, su propósito es evitar que la guerra se mezcle completamente en el ámbito deportivo. De esta manera, el espacio deportivo ha perdido su función de refugio contra la violencia, transformándose en un espejo de la misma.
El reto del COI en el siglo XXI no es recuperar una neutralidad ideal que probablemente nunca existió, sino redefinir su función en un mundo conectado. Si el olimpismo desea seguir siendo un símbolo de esperanza, no debe limitarse a disfrazar identidades con banderas blancas ni a repetir mensajes de paz ajenos a la realidad. La neutralidad, en situaciones de agresión abierta, corre el riesgo de confundirse con una falta de principios morales.
La incómoda realidad sobre el destino de la tregua olímpica es que ha quedado relegada a un plano meramente simbólico. Los Juegos de París, y los venideros, serán recordados no solo por los logros deportivos, sino por evidenciar que el deporte no está aislado del mundo, sino inmerso en él. Quizás el verdadero triunfo del olimpismo moderno ya no radique en detener los conflictos, una misión que excede sus límites, sino en preservar, incluso en medio de las hostilidades, un espacio donde el "otro" sea percibido como un rival en la competencia y no como un enemigo.
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