En el sur del municipio de Ayapel, entre ciénagas, caños y extensas tierras fértiles, existen dos poblaciones que guardan una riqueza natural y humana pocas veces narrada fuera de su territorio: el corregimiento de Cecilia y la vereda Seheve.
Rodeados por paisajes donde el agua dibuja el ritmo de la vida, estos pueblos han aprendido a convivir con los ciclos de la naturaleza. En épocas de invierno, los caminos desaparecen y los cultivos enfrentan grandes desafíos. Sin embargo, cuando las aguas se retiran, la tierra vuelve a florecer y con ella renace también la esperanza de sus habitantes.
Cecilia y Seheve no solo destacan por su entorno natural, sino por la fortaleza de su gente. Agricultores, pescadores, jóvenes estudiantes y líderes comunitarios han construido, generación tras generación, una cultura basada en el trabajo, la solidaridad y el profundo amor por su territorio.
A pesar de las dificultades ambientales que han marcado su historia —inundaciones, erosión y limitaciones de infraestructura— estas comunidades continúan avanzando. Cada temporada difícil ha sido también una oportunidad para reorganizarse, fortalecer sus lazos y demostrar que la resiliencia es parte esencial de su identidad.
Hoy, mientras muchas zonas rurales del país luchan por visibilizar sus necesidades, Cecilia y Seheve siguen siendo ejemplo de persistencia silenciosa: pueblos donde la naturaleza impone retos, pero donde la gente responde con valentía.
Más que un relato informativo, esta crónica representa una muestra de amor por sus raíces y un intento por visibilizar la historia, la belleza y la importancia cultural de estos pueblos, donde cada generación ha aprendido a resistir sin perder la esperanza.
Contar la historia de Cecilia y Seheve es también recordar que Colombia está llena de territorios donde la identidad sigue viva, donde la naturaleza marca el carácter de su gente y donde el futuro se construye sin olvidar el origen.
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