La producción de un video que compara al caudillo Jorge Eliécer Gaitán con Abelardo de la Espriella desata una indignada crítica por su falta de rigor histórico

 - El peor insulto que le han hecho a Gaitán es compararlo con Abelardo de la Espriella

Que en Colombia alguien haya tenido la osadía —o la servil ignorancia— de producir un video titulado De Gaitán a De la Espriella no solo es un insulto a la inteligencia: es una obscenidad histórica.

No sé qué resulta más bajo: si el personaje que ordena semejante adefesio o el pobre diablo que lo ejecuta sin conocer ni una línea de la historia de este país. En un país respetuoso de su historia y de sus grandes hombres, el sujeto que se atrevió a hacer este adefesio grotesco y vil estaría ya capturado y condenado a varios años de prisión.

En una nación que se respetara, quien cometiera esta chacota infame estaría respondiendo ante la justicia. Pero vivimos en un país de opereta, donde lo burlesco y lo bufo se han vuelto cultura masiva, y donde cualquier villano ignorante puede comparar la grandeza moral con la pequeñez más ruin sin que pase nada.

Comparar a Jorge Eliécer Gaitán —patriota, intelectual portentoso, orador extraordinario, defensor del pueblo— con un personaje criado entre los edredones de la demagogia es un acto de bajeza que solo puede nacer de la ignorancia o de la mala fe.

Indigna, sí. Indigna profundamente ver cómo se pretende igualar lo grande con lo insignificante, lo honesto con lo delictivo, lo sublime con lo grotesco y la fineza de la decencia con la mueca de la desvergüenza. 

Como en el tango Cambalache: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador, Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor … 

Qué falta de respeto, qué atropello a la razón”, establecer un paralelismo histórico entre Gaitán, uno de los más grandes políticos, uno de los más honestos y honrados hombres entre quienes han pisado los estrados de la política en Colombia, el más grande orador que ha conocido nuestra historia, y, de otro lado, un  impostor insolente que miente a cada paso, que reniega del pueblo, que vocifera a falta de razones, que se ha paseado impunemente y con destreza por las alcantarillas llenas de los miasmas de la corrupción y que acomoda lo que dice a las conveniencias del momento.

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Por pudor histórico, por respeto a la decencia, hay que trazar límites. Límites claros. Límites que no se cruzan para que no se cometa el error obsceno de comparar lo incomparable:

Gaitán y De la Espriella: lo incomparable

Gaitán: es una de las cumbres morales y políticas del frontispicio nacional de Colombia.
De la Espriella: es un fondo de oscuridad ética.

Gaitán: era un orador fascinante, un gimnasta olímpico de la palabra.
De la Espriella: apenas escupe frases altisonantes, sin fondo ni belleza.

Gaitán: era un jurista serio, un abogado honesto. profundo conocedor de las leyes y de la filosofía del derecho.
De la Espriella: es un abogadillo menor; un rábula que se vende al mejor postor.

Gaitán defendía a los humildes, a colombianos que vivían en el mayor desamparo legal y social.
De la Espriella: representa a las mafias y al poder que compra conciencias.

Gaitán jugaba tejo y tomaba chicha confundido con el pueblo en barrios como Las Cruces, Belén o Egipto.
De la Espriella: posa en campos de golf y salones de la pseudoaristocracia criolla, donde se beben caros tragos extranjeros y en que, con mucha frecuencia, se desploman en sus prados como caricaturas de sí mismos y, embriagados a tope, luchan por encontrar un pensamiento que testifique su impostada aristocracia.

Gaitán era elegancia sencilla y decencia a un mismo tiempo.
De la Espriella: es vulgaridad perfumada y ostentación sin sustancia: lumpen enriquecido.

Gaitán era un intelectual de talla mundial.
De la Espriella: es un patán de corrillos judiciales y politiqueros en que la ley se convirtió en muñeco de feria pueblerina.

Gaitán bailaba bambucos, valses y guabinas;

De la Espriella: trota, histriónico y grotesco, taconeando sobre el tablado de una pesebrera maloliente.

Gaitán: desafiaba a la oligarquía y por eso lo mataron.
De la Espriella: se acurruca con ella y con las mafias que la sostienen.

• El grito de “a la carga; por la regeneración moral de la República” de Gaitán, en nada se parece al graznido de “firmes por la patria” de este indeseable que confunde patria con intereses impúdicos.

Gaitán defendía las tradiciones populares.
• El otro las desprecia desde su pedestal de cartón.

Gaitán jamás rompió una regla ciudadana.
De la Espriella: las dobla, las tuerce o las rompe según su conveniencia.

Gaitán no hacía política con la religiosidad de la gente.

De la Espriella: con hipocresía ofensiva, finge chillar en las iglesias suplicando el voto de la gente crédula.

Gaitán comía gallina criolla, ajiaco bogotano, changua con huevo, fritanga con plátano, morcilla, yuca y chicharrón toteado;

De la Espriella: es apenas un embaucador que cree que la distinción consiste únicamente en presumir que consume caviar, langosta y desabridos platillos mediterráneos.

Gaitán: criticaba a la prensa de la oligarquía que lo acusaba de todos los delitos sin prueba alguna. 

De la Espriella: es hoy el invitado estrella de esa pacotilla de gacetilleros criollos que ponen los mercaderes propietarios de las emisoras, de la televisión y de los periódicos y revistas para que difamen y mientan a cada momento y que viven siempre con la espada de Damocles sobre la cabeza si no hacen lo que sus amos les ordenan.

•En fin, Gaitán era la dignidad augusta de un país que soñaba con justicia.

De la Espriella: es apenas un espantajo advenedizo en el escenario de la politiquería nacional; un espectáculo cruel, apenas a la altura de muchos individuos impetuosos en su ignorancia, instalados en los intereses más ordinarios, en el chisme ruin, en la falta de educación política, en la desbordada ambición del dinero, en la ilusión de que el valor de las personas reside en el dinero que se posea.

•No hay comparación posible ni pertinente entre la decencia y lo canallesco; y es un acto atrevido y pornográfico tratar de establecer un paralelo entre estas categorías que son antípodas entre sí.

Es como comparar a Mandela o a  Malcom X  con Trump. Mejor, ni hablar.

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