En Colombia el debate político se deterioró hasta un punto alarmante; ya no se discuten ideas, se destruyen personas. Las redes sociales se convirtieron en trincheras donde ciudadanos comunes se insultan con una violencia que hace apenas unos años habría sido impensable. Hoy cualquiera llama “bruto”, “ignorante”, “guerrillero”, “paraco”, “parásito” o “vendido” a quien no comparta su postura política.
Pero quizá una de las expresiones más preocupantes de este fanatismo es el uso de una frase que se repite cada vez con más frecuencia: “personas de bien”. En apariencia suena inofensiva, incluso moralmente superior. Sin embargo, en la práctica se ha convertido en una etiqueta peligrosa, usada muchas veces para marcar una frontera social: unos que valen y otros que no.
Detrás de esa expresión se esconde con frecuencia una forma disfrazada de clasismo y, en no pocos casos, de racismo. Se usa para insinuar que hay ciudadanos más legítimos que otros, que la pobreza equivale a criminalidad, o que quienes piensan distinto son menos dignos. Es una manera elegante de decir lo que antes se decía de forma abiertamente discriminatoria.
Lo grave es que este lenguaje no solo divide, deshumaniza. Cuando alguien se autoproclama “persona de bien” para descalificar a otro, deja de verlo como ciudadano y empieza a verlo como enemigo inferior. Ese es el terreno perfecto para el fanatismo, porque convierte la política en una lucha moral absoluta, donde el otro no merece ser escuchado sino derrotado y humillado.
Y ahí aparece la contradicción más evidente: quienes dicen defender valores terminan actuando con odio, intolerancia y desprecio. En nombre de la moral, justifican insultos, agresiones verbales y estigmatización social. Se creen superiores, pero en realidad están contribuyendo a una degradación profunda del tejido democrático.
Mientras tanto, los políticos —a quienes muchos defienden con furia casi religiosa— siguen en sus cargos, ajenos a esas peleas entre ciudadanos. Son los de abajo los que se enfrentan, se insultan y rompen relaciones, mientras los problemas reales del país siguen sin resolverse.
Es necesario decirlo con claridad: ninguna ideología, ningún líder y ninguna supuesta superioridad moral justifican tratar a otros ciudadanos como si valieran menos. Una democracia no se sostiene sobre etiquetas excluyentes, sino sobre el reconocimiento de la igualdad.
Colombia no necesita más fanáticos ni más “personas de bien” autoproclamadas. Necesita ciudadanos capaces de disentir sin odiar, de debatir sin insultar y, sobre todo, de entender que nadie es más digno que otro por su voto, su origen social o su forma de pensar. Porque cuando la política se convierte en una excusa para despreciar al otro, lo que se está perdiendo no es una discusión, es la humanidad misma.
También le puede interesar:
Anuncios.


