Los artistas convierten esa pasta húmeda de la humanidad en pan, y el pan en vino y el vino en canción

 - Flores y lechugas

 

No es frecuente encontrar en el mismo equipo a Mesi, Ronaldo y Zidane, todos en su mejor momento. Pero es Cali y en Cali todo es posible.

La tarde ha sido lluviosa y la noche se abre desde el comienzo alucinada por lo que entramos al bar restaurante Flores y Lechugas a través de un espejo que se vuelve ascensor y llegamos al sitio en el que Hugo Candelario en la marimba, Harlinson Lozano, en el Saxofón, Yiyo Andrade, bombo golpeador y Andrés Sánchez en una guitarra llena de blues lo meten a uno en un túnel de música que durará sonándole por varios días.

Flores y Lechugas es algo así como el Blue Note de New York

Flores y Lechugas es algo así como el Blue Note de New York, solo que con mejor comida y un halo más cálido porque la gente se va introduciendo y hablando la música en una especie de cardumen en el que un pez danzara con otro. De acá uno ya no quiere salir.

Juan Carlos Quintero, su anfitrión, es todo un anfitrión dionisiaco que afirma la vida, la noche, el éxtasis que envuelve la buena comida y la fiesta. Pasarse unos días en el combo de este chef que ha andado por el más lejano oriente de la tierra, con Caro su compañera, César y muchos músicos, es todo un ritual para el  que hay que tener entrenamiento y que desemboca en la Comitiva, un sitio suyo también clave en Cali para la buena mesa.

La noche en el sitio, desde el que se ve como un gigante la Torre de Cali, es de música, miradas hermosas, uno empieza a moverse como el humo y a escarbar de un lugar a otro sin pensar o darle mucho espacio ya a la maquinaria crujiente de la humanidad que habita afuera.

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Más adelante, entre otros músicos a la guitarra, se unirá Esteban Copete con quien compartimos mesa y carcajadas y es invitado a acompañar con un tambor alegre en un rumor del lugar, porque cuando este tipo con sus 1.90 y la mirada de príncipe zulu avanza, vaya si genera revuelo.

Codo a codo con la raza humana, dice H Miller, corre otra raza de seres, los inhumanos, la raza de los artistas que, estimulados por impulsos desconocidos, toman la masa inerte de la humanidad y, mediante la fiebre y el fermento de que la imbuyen, convierten esa pasta húmeda en pan, y el pan en vino y el vino en canción.

Los artistas, decía Miller, tienen esa tarea de derrocar los valores existentes, convertir el caos en un orden propio, sembrar rivalidad y fermento para que, mediante la liberación emocional, los que están muertos puedan ser devueltos a la vida.

Durante varios días, después de lo de Flores y Lechugas, a uno le resuena el ritmo de Rumba Chonta, de Remanso inicial, un dúo de saxos, y esa nota aguda de la marimba que es como ir en un sueño que uno haga a su medida, una alucinación poderosa por el Atrato o por el mismo mar muerto en una barca, con la mujer de todos los cuadros de los pintores antiguos, pan y vino, y una sensualidad que jamás se rinda.

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