Una necesidad urgente es formar ciudadanos capaces de habitar y vivir con libertad, en medio de la responsabilidad que se tiene frente a los entornos tecnológicos. Se insiste en que esa formación debe ser integral, para que el desarrollo humano incorpore competencias digitales articuladas con los valores y la vida comunitaria.
Es fácil decir: “Ninguna acción es demasiado extrema cuando el destino de la humanidad está en juego” (Dario Amodei). Y, en efecto, hay que reconocer y hacer accesibles las lógicas que sean esenciales para actuar con conciencia y responsabilidad en la construcción de un discurso público que no fracture la sociedad, y mucho menos a las poblaciones que observan cómo las políticas —en especial las económicas— no satisfacen sus necesidades y los obligan a sobrevivir con el mínimo vital. Claro está que este valor es diferente en todos los países y depende de circunstancias diversas. De ahí que no solo los gobiernos, sino también las grandes empresas desempeñen un papel crucial en este proceso: debemos ser actores comprometidos de primera línea y no convidados de piedra frente a ese silencio cómplice.
La economía como arma de guerra
“Los aranceles son un desastre, pero lo más decepcionante es la capitulación de Europa”, denuncia el economista estadounidense Joseph E. Stiglitz en su discurso de investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP). El movimiento económico mundial se encuentra hoy enfrentado con las armas de los aranceles, aplastando a países pobres y enriqueciendo a otros o, como si fuera poco, utilizados como mecanismos de poder para gobernar, dejando de lado el concepto social de democracia y alejándose de los planteamientos de Platón y otros pensadores clásicos.
¿Cómo pensar que hay libertad cuando se está sujeto a las variaciones del mercado, al escaso acceso a las energías productivas, a salarios mínimos irrisorios o a aumentos decretados por encima de los índices de inflación que terminan perjudicando a comerciantes de todo tipo? Aquí no hay un sesgo ideológico: lo que se configura es un sistema que afecta a la economía en todos los sentidos. En consecuencia, no se trata de hablar de libertad, sino de la posibilidad de capitalizar ganancias o excedentes, de sobrevivir con dignidad, humildad y orgullo, sin desdibujar ese privilegio concentrado en unos pocos. Este modelo opera, en el fondo, como un mecanismo de control social.
Hay miedo en el ambiente, dibujado desde la incertidumbre que provoca tanto en lo humano como en lo académico ese diálogo entre líderes “increíbles”, cada quien apuntando a lo suyo, mientras los observadores se preguntan: ¿a quién y a qué hay que temer? Cuando se escucha a las personas hablar de clases de economía, surge la duda de si estas representan intereses nacionales o partidistas, o si las ideas lanzadas al azar encajan en la realidad de quienes no son libres debido a la pobreza y la desigualdad.
“La libertad de vivir es más importante que la libertad de llevar un arma”, sentenció Stiglitz, reprochando con picardía cómo pensadores que alguna vez estuvieron comprometidos con la justicia social terminaron cediendo ante la presión de los aranceles, los cambios climáticos, las variaciones monetarias y, sobre todo, ante la entrega de la soberanía del Estado a intereses supranacionales. Lo externo pasa a importar más que los problemas internos.
Ahora bien, la misión esencial de la academia es emocionar y reconfortar a los actores públicos, ayudándolos a comprender cómo las políticas externas afectan las economías locales, nacionales e internacionales. Defender el conocimiento es clave para asegurar que la sociedad trabaje en beneficio de toda la humanidad. Es fundamental alimentar esa red de saberes para evitar regímenes autoritarios y, al mismo tiempo, para sostener la idea —aún inconclusa— de un capitalismo social.
El hambre: una enfermedad del alma social
El hambre es una afección mundial, presente en todos los continentes, en unos con mayor intensidad que en otros. Es sinónimo de desigualdad social y consecuencia directa de la falta de intervención efectiva del Estado. Sacrifica la libertad al socavar derechos fundamentales, dejando atrás a millones frente al avance de los más ricos y poderosos, o cuando las políticas económicas no dialogan con las políticas sociales. Por eso se habla de quienes “no tienen ni la salud ni la educación que merecen”.
Reforzar esa libertad es una tarea incesante para que quienes mueren de hambre puedan, al menos, sobrevivir dignamente. Implica romper los límites impuestos al pensamiento, dejar de reducir el debate a ataques entre derechas e izquierdas y aprender a pensar de forma crítica y constructiva. Implica también vacunarnos —en sentido literal y simbólico— para no poner en riesgo la libertad de los demás, y llegar a acuerdos programáticos y concesiones que permitan construir país y no deconstruirlo.
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