A las 11:42 de la mañana, trece pasajeros y dos tripulantes del vuelo NSE 8849 de la aerolínea Satena despegaron del aeropuerto Camilo Daza, en Cúcuta, rumbo a Ocaña. Según el itinerario, la aeronave debía aterrizar a las 12:05 p.m. Sin embargo, el último contacto registrado por los radares de la Aeronáutica Civil ocurrió a las 11:54 a.m. de aquel fatídico miércoles 28 de enero de 2026. Desde ese instante, la preocupación de las autoridades y la angustia de los familiares se hicieron insoportables.
Lo que parecía un viaje rutinario se transformó en pesadilla. Desesperados, familiares y amigos marcaban una y otra vez los teléfonos de los pasajeros, mientras las administraciones municipales activaban planes de contingencia en las zonas donde se presumía la pérdida de contacto. Los testimonios de campesinos aumentaban la incertidumbre: algunos aseguraban que el avión giraba en círculos sobre el cielo.
Horas más tarde, la tragedia se confirmó. La aeronave se precipitó a tierra en la vereda Curasica, jurisdicción del municipio de La Playa de Belén. Quince vidas se apagaron en un instante; quince familias quedaron sumidas en un dolor inconsolable. Entre los pasajeros se encontraba Diógenes Quintero Amaya, representante por la curul de paz del Catatumbo y aspirante a la Cámara por el Partido de la U. Hijo de Hacarí, conocido cariñosamente como Chichi, fue un líder comprometido desde su juventud con la defensa de los derechos humanos. Personero en su municipio natal, Defensor Regional del Pueblo y congresista por la circunscripción especial de paz, Quintero era considerado un hijo insigne del Catatumbo. Hoy no solo Hacarí llora a su hijo más ilustre: el Catatumbo, Norte de Santander y Colombia entera sufren una pérdida irreparable.
El hombre de la eterna sonrisa, el amigo, el defensor incansable, jamás imaginó que aquel 28 de enero abordaba un avión que lo llevaría en un viaje sin retorno, acompañado de catorce almas que partieron con él hacia la eternidad. Quince vidas que se elevaron a la cita sagrada con Dios, dejando tras de sí una profunda soledad en sus familias, amigos y en toda una región que llora la tragedia.
Su partida nos deja una lección: la vida es apenas un instante. Lo que creemos que será un trayecto breve puede convertirse en la despedida definitiva. La rehabilitación de los vuelos en Norte de Santander había sido recibida con entusiasmo en un departamento marcado por la precariedad de sus vías y los peligros de sus carreteras: grupos armados que despojan a los viajeros, precipicios que acechan al menor descuido.
Hoy se siente un vacío inmenso. Quince vidas se fueron sin el abrazo final, sin el adiós de manos entrelazadas. Pero quizá aquel vuelo no estaba destinado a regresar a Ocaña: tal vez ya estaba escrito que esas almas volarían hacia el infinito. Vuelen alto, porque quienes quedamos en la tierra los recordaremos por siempre.
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