Después de cinco años de construcción, de múltiples adiciones presupuestales y de una inversión que ya supera holgadamente los 200 mil millones de pesos, el Centro Cultural de la Música Vallenata sigue cerrado. El edificio está prácticamente terminado, con un avance cercano al ciento por ciento, pero no ha podido ser inaugurado por una razón tan básica como alarmante: no cuenta con una subestación eléctrica que garantice la energía necesaria para su funcionamiento. La obra más ambiciosa del Cesar permanece a oscuras, mientras crece el temor de que termine convertida en otro elefante blanco.
La historia de este centro cultural es, en realidad, la historia de una disputa de poder. No solo es un proyecto de infraestructura cultural, sino una pieza clave dentro de una larga pugna entre dos de las familias más influyentes de Valledupar y del Cesar: los Araújo y los Gnecco. Durante décadas, la familia Araújo fue la gran guardiana del vallenato institucional, a través de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata y del Parque de la Leyenda, escenario emblemático que lleva el nombre de Consuelo Araújo Noguera. Desde allí se organizó, durante años, un festival que no solo consolidó el género musical, sino que también movió cifras millonarias y atrajo a la élite política y económica del país.
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Ese dominio empezó a resquebrajarse con los cambios políticos del departamento y con los procesos judiciales que golpearon a varios miembros del clan Araújo. En paralelo, la familia Gnecco fue consolidando su poder en la Gobernación del Cesar. Luis Alberto Monsalvo —quien fue condenado en 2024 a 21 años de cárcel por corrupción— llegó al cargo por primera vez en 2012, impulsado por la estructura política de su madre, Cielo Gnecco, figura central del clan. Desde entonces, la idea de crear un gran centro cultural dedicado al vallenato comenzó a tomar forma como una apuesta por disputar el liderazgo simbólico del folclor.
El proyecto fue concebido como algo muy distinto al Parque de la Leyenda. No sería una plaza al aire libre, sino una edificación monumental, de varios pisos, con salas de exposiciones, estudios de grabación, restaurantes, locales comerciales y espacios para eventos de gran formato. La Gobernación decidió ubicarlo en un lote de más de tres hectáreas, en una zona céntrica de Valledupar, lejos del río Guatapurí y del circuito tradicional del festival. La apuesta era clara: trasladar el corazón cultural del vallenato a un nuevo escenario, bajo el sello político de los Gnecco.
La financiación llegó principalmente de las regalías. En 2020, cuando Monsalvo regresó a la Gobernación tras un periodo en el que un aliado político mantuvo el control del cargo, se puso la primera piedra de la obra. El valor inicial rondaba los 138 mil millones de pesos, pero con el paso del tiempo, los ajustes, las interventorías, la dotación tecnológica y otros costos asociados elevaron la cifra por encima de los 200 mil millones. En medio de la pandemia, el proyecto fue priorizado, a pesar de las críticas por su magnitud y por el momento económico que atravesaba el país.
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La construcción quedó en manos de la empresa Barranquillera A Construir S.A.S., que también levantó obras emblemáticas como la Ventana al Mundo y el Museo del Carnaval en Barranquilla, tras un proceso en el que, pese a la participación inicial de varias firmas, solo se presentó un oferente final. Desde el inicio, el proyecto estuvo rodeado de cuestionamientos técnicos y políticos, entre ellos el uso de estudios elaborados años atrás y las denuncias sobre posibles conflictos de interés en la cadena de proveedores. Nada de eso, sin embargo, detuvo el avance físico de la obra.
Mientras tanto, el Parque de la Leyenda entraba en una etapa de deterioro. Tras decisiones judiciales, la administración pasó a manos del municipio y el escenario comenzó a mostrar signos de abandono. Para muchos, ese declive no fue casual, sino parte de una disputa más profunda por el control del relato cultural del vallenato. En ese contexto, el Centro Cultural de la Música Vallenata aparecía como la gran revancha del clan Gnecco y como el símbolo de un nuevo orden.
Hoy, ese símbolo está en entredicho. El problema de la subestación eléctrica, que no fue previsto a tiempo, dejó al descubierto fallas de planeación y de articulación entre las distintas fases del proyecto. No se trata solo de un asunto técnico, sino de un vacío de información y de gestión que ha alimentado la desconfianza ciudadana. La falta de explicaciones claras sobre costos adicionales, plazos y soluciones ha hecho que cada nuevo tropiezo se perciba como una señal de improvisación.
El riesgo de que el centro termine siendo un elefante blanco ya no es una exageración. Columnistas, ciudadanos y sectores culturales advierten que una obra de este tamaño no puede sostenerse solo con concreto y vidrio. Requiere energía, operación, programación cultural, sostenibilidad financiera y, sobre todo, legitimidad social. Sin eso, el edificio corre el riesgo de convertirse en un monumento al exceso y a la disputa política, más que en un verdadero espacio para la música vallenata.
El Centro Cultural de la Música Vallenata aún puede cambiar su destino. Tiene el tamaño, la infraestructura y la inversión para convertirse en un referente cultural y turístico. Pero el tiempo juega en contra. Cada día cerrado, cada silencio oficial y cada nuevo obstáculo alimentan la idea de que la obra nació más como un trofeo político que como un proyecto colectivo. Si no se corrige el rumbo, el gran sueño de inmortalizar el vallenato podría quedar atrapado en la paradoja más dolorosa: un templo sin luz para la música que pretendía celebrar.
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