Opinión

El mundo en manos de un poder sin freno

El mayor riesgo del planeta proviene del liderazgo de un individuo que no reconoce límites éticos, desprecia la verdad y parece incapaz de mostrar empatía básica

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enero 26, 2026
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El mayor riesgo global no proviene hoy de una guerra declarada ni de una crisis económica, ni de una pandemia, sino de algo más difícil de lidiar: el carácter y la mente del individuo de mayor poder en el mundo.

Donald Trump, que nos agobia a diario con sus decisiones y sus palabras, no solo pone en riesgo la estabilidad internacional a partir del peso geopolítico de los Estados Unidos.

Más allá de la ruptura del orden internacional que prevaleció desde la posguerra, lo que asombra es la forma en que ejerce el poder: sin límites éticos, con un descarado desprecio por la verdad y con la ausencia de empatía por la vida humana, sin precedentes en un líder de su rango.

El frente internacional: el mundo como extensión del ego

Cuando un presidente afirma que ya no se siente obligado a pensar prioritariamente en la paz porque no recibió un reconocimiento personal —el Premio Nobel de Paz—, el mensaje es inequívoco: los principios dejan de ser universales y pasan a depender de su estado emocional.

Cuando ese líder sostiene que el mundo no estará seguro sin el “control total y completo” de Groenlandia, nos hallamos ante una perspectiva alarmante: el poder entendido como derecho natural, no como mandato limitado por las normas y el equilibrio de poderes. 

Suena increíble: es una concepción del poder que convierte al planeta en escenario de una pulsión individual. En este insólito caso, de un tipo ignorante que no lee, rodeado de áulicos incondicionales, que enriquece a su familia sin rubor, que indulta narcotraficantes y a los asaltantes del capitolio en 2021, y que fabrica la verdad a su antojo.

El frente interno: cuando el Estado pierde humanidad

Los hechos recientes en Minneapolis revelan la otra cara del mismo fenómeno.

Dos ciudadanos —Alex Jeffrey Pretti y Renee Good— murieron, indefensos, a manos de agentes federales (ICE) en el contexto de protestas relacionadas con la manera en que se aplica la política migratoria en la vida cotidiana de las ciudades norteamericanas, particularmente aquellas regidas por gobernantes demócratas.  La reacción de Washington fue inmediata y brutal: estigmatizar a las víctimas, calificarlas de “terroristas domésticos”, de “asesinos”, sin investigación previa y en abierta contradicción con la evidencia.

Un editorial publicado el 25 de enero de 2026 por The New York Times fue categórico: lo ocurrido constituye una perversión de la justicia y un comportamiento propio de regímenes autoritarios. Resulta absurdo que Trump y sus segundos exijan que los ciudadanos nieguen lo que pueden ver con sus propios ojos.

Ausencia total de empatía: No hubo palabras para las familias de los civiles asesinados, ni prudencia institucional, ni un llamado a la calma. El mensaje: el Estado no siente, no duda y no tiene por qué dar explicaciones.

Los colaboradores: el eco que agrava el daño

Nada de esto ocurre solo por Trump. Su línea directa de reporte no ha actuado como contrapeso. Sus segundos son amplificadores del incendiario discurso presidencial. Con ello, alimentan la propagación de la ira. Miles de manifestaciones se han organizado en EEUU en protestas que se multiplicarán con la ejecución del enfermero Pretti.

Es un sistema que normaliza la deshumanización.

La discusión, por eso, no es si Trump está “loco”, una simplificación inútil.

La pregunta es otra:

¿Qué riesgo corre el mundo cuando el mayor poder del planeta está en manos de un liderazgo que no reconoce límites éticos, desprecia la verdad y parece incapaz de mostrar empatía básica?

Las democracias no colapsan de golpe; se degradan cuando la mentira se institucionaliza, la violencia se justifica y la vida humana pierde valor en la escena política.

América Latina: sin voto, con consecuencias

América Latina no elige al presidente gringo, pero paga parte del costo de sus decisiones: endurecimiento migratorio, volatilidad económica, debilitamiento del multilateralismo y el regreso inquietante de la ley del más fuerte.

Muchos creyeron que la “extracción” del infame dictador Nicolás Maduro el pasado 3 de enero conduciría al restablecimiento de la democracia en Venezuela. Esa es una expectativa aplazada por ahora. El poder en la vida cotidiana lo maneja el chavismo en su versión 3.0. María Corina Machado no logró entrar por la puerta grande a la Casa Blanca y su lamentable gesto de ofrecer el Premio Nobel de Paz a Trump no fue compensado.

El mayor peligro de nuestro tiempo no es un enemigo externo ni una ideología rival. No es un asunto de derecha o izquierda.

Cuando el carácter de un solo hombre se convierte en un factor de riesgo global, nadie está lo suficientemente lejos como para sentirse a salvo. Ni de izquierda ni de derecha.

Esperemos si el creciente descontento de la gente que está saliendo a las calles en EE. UU. y el rechazo en alza que las encuestas revelan pueden frenar a Trump y su equipo de bárbaros.

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