Siguiendo el mandato constitucional, la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, presentó el informe anual que el titular, Nicolás Maduro, no pudo realizar debido al arresto al que viene siendo sometido desde el 3 de enero.
Fue un discurso alejado del pesimismo y la frustración que muchos vaticinaban. Por el contrario, estuvo cargado de dignidad y compromiso por restaurar la fe en el proceso revolucionario, que muchos creían definitivamente truncado, así como de un marcado deseo de unidad entre todos los sectores interesados en fortalecer la soberanía patria, el amor por su historia y la felicidad de sus hijos.
De igual manera, su intervención dejó en evidencia lo infundado del mensaje de debacle insuperable que la oposición más extrema y el imperialismo han difundido por el mundo; una visión que contrasta con la vitalidad que ha venido cobrando la economía en los últimos años.
La producción de petróleo, por ejemplo, supera ya el millón de barriles diarios, y durante el último lustro se ha venido registrando un crecimiento anual promedio del PIB del 8,2 %, la cifra más alta del continente. Este repunte ha permitido impulsar avances en programas de salud, educación y vivienda, entre otros, que presentaban rezagos debidos a la oposición interna y al asedio de Estados Unidos y la Unión Europea.
Podría argumentarse que resulta relativamente más sencillo superar los porcentajes de crecimiento de economías de mayor escala, como las de Brasil o México, cuyas mediciones parten de techos comparativamente altos. Sin embargo, haber alcanzado las mencionadas cifras pone en evidencia que el largo proceso depresivo en el que estuvo sumido el país estaba llegando a su fin y que sí es posible revertirlo de manera definitiva, siempre que se logre sortear con éxito las nuevas y más agresivas amenazas que acompañaron la acción criminal del pasado 3 de enero.
¿Qué puede ocurrir ahora que el país parece haber retornado a la calma? Este es un interrogante cuya respuesta aún está por verse. Ante el parecer de quienes añoran el retorno a las condiciones de la IV República y sugieren la existencia de acuerdos de sumisión ante Washington, la aspiración patriótica es la contraria: que cualquier entendimiento preserve intacta la dignidad del bravo pueblo hijo de Bolívar.
Esto es lo que razonablemente debe esperarse y deducirse de lo expresado por la mandataria encargada en una frase que rezuma dignidad y patriotismo y condensa su postura soberana: “Si algún día me tocase, como presidenta encargada, ir a Washington, lo haré de pie, caminando; no arrastrada, sino con la bandera tricolor”. Esta es una actitud que marca contraste con la genuflexión de la derecha.
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