VIDEO. El tópico del Profe. Nos repiten una palabra como si fuera explicación, como si fuera diagnóstico, como si fuera consuelo: polarización. Nos dicen que el país está dividido, que todos somos responsables, que hay extremos iguales enfrentados con la misma culpa y la misma rabia. Pero esa palabra —tan repetida, tan cómoda— no explica nada. Al contrario: sirve para ocultarlo todo.
Porque cuando se revisa la realidad con cuidado, cuando se dejan a un lado los titulares fáciles y los discursos de empate moral, aparece algo mucho más antiguo y mucho más concreto. Esto no es un choque de extremos idénticos. No es una pelea simétrica. No es una guerra de odios equivalentes. Lo que hay es un conflicto real entre quienes concentran el poder y la riqueza, y quienes solo cargan con las consecuencias de ese modelo.
Llamar polarización a esa tensión no busca reconciliar al país ni sanar heridas. Busca desactivar el conflicto, neutralizar la pregunta incómoda y deslegitimar cualquier intento de transformación. Porque cuando una lucha de intereses se disfraza de polarización, el mensaje es claro: no cambie nada, no cuestione nada, resígnese. Y precisamente de eso vamos a hablar hoy.
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