Desde 1986, el presidente de Estados Unidos debe presentar al Congreso un documento que formula su estrategia de seguridad nacional. El 5 de diciembre Trump presentó la suya:
Con China, competencia comercial y tecnológica.
Con Rusia, estabilidad estratégica en lugar de conflicto existencial.
Europa, de aliado a vasallo. Y no a la expansión de la OTAN.
Los cambios son de tal magnitud, al menos en la retórica, que, en lugar de demostrar superioridad, evidencian un reconocimiento de debilidad.
En medio de una narrativa tan diferente a la de anteriores estrategias, Trump mantiene los objetivos básicos de ellas: que Estados Unidos sea o permanezca como la nación más poderosa del mundo y que haga prevalecer fortalezas tales como su capacidad de innovación, su sistema financiero con el dólar como eje, el tamaño de su economía, su poder blando y su entramando de alianzas.
De una manera u otra, una parte importante de los gobiernos de Occidente comparten esta visión. La mayor parte de los países europeos que forman parte de la OTAN han hecho todo lo posible por lograr un mayor involucramiento de Estados Unidos en la guerra que adelantan contra Rusia en Ucrania. Ante el hecho cada vez más evidente de que la están perdiendo, se dan cuenta de que sin la participación de Estados Unidos en ella no podrán, no solo ganar sino al menos asegurar la sobrevivencia de Ucrania. Sin las armas, la inteligencia y el apoyo militar, financiero y político estadounidense no hubiera sido posible la continuación de la guerra y la permanencia de Zelensky en el gobierno. El propósito de vincular a Ucrania a la OTAN y usar a ese país como ariete para debilitar a Rusia ha sido compartido y estimulado por los europeos y las administraciones estadounidenses, incluida la anterior administración de Trump.
Anteriores estrategias de seguridad nacional calificaban a Rusia como una amenaza existencial o por lo menos como amenaza regional para sus aliados europeos, con quienes EU forma el corazón del bloque que ha determinado el predominio occidental en por lo menos las últimas décadas.
Rusia fue considerada parte fundamental del “eje del mal”. Ahora Trump cambia la perspectiva. Sus críticas a la guerra en Ucrania, a la que después calificó como “la guerra de Biden”, y que él nunca hubiera realizado, según sus propias palabras, están en la raíz de la narrativa de sectores demócratas que se han atrevido hasta a llamar a Trump agente ruso.
Trump contra Europa
La nueva estrategia, que ya se ha venido poniendo en práctica, plantea que Europa se encargue del conflicto con Rusia en Ucrania y aumente sensiblemente el gasto militar hasta llegar al 5% de su PIB en 2035. Dice Trump que, si Europa quiere ayudar a Zelensky, lo haga con su propio dinero y comprándole armas al complejo militar estadounidense.
Estados Unidos ya cumplió sus objetivos básicos en la guerra de Ucrania: logró romper los nexos entre Europa y Rusia y, principalmente, entre Alemania y Rusia. Y con la voladura del gasoducto Nordstream, cortó el suministro de gas barato de Rusia a cambio de volver dependiente a Europa del gas licuado estadounidense, tres veces más caro. Al mismo tiempo, restó competitividad a la industria europea y ofreció garantías y protección a las inversiones europeas que se trasladen a Estados Unidos.
Washington ha convertido a Europa en un vasallo, cuestionado a los gobiernos y menospreciado su capacidad de ser aliados confiables. Se ha atrevido a criticar hasta su sistema democrático. Ha dicho que la Unión Europea viola la soberanía de sus integrantes y que sus excesos regulatorios amenazan no solamente la soberanía de sus miembros sino también los intereses de Estados Unidos, refiriéndose veladamente a decisiones europeas que pueden afectar los intereses de las empresas tecnológicas estadounidenses.
La estrategia señala ahora que buscará una estabilidad estratégica con Rusia
Mientras que Biden veía a Europa como aliado estratégico por los valores compartidos y por el apoyo a la expansión de la OTAN, Trump condiciona sus relaciones con Europa a la utilidad que tenga para Estados Unidos y propone que se abandone la lógica de la expansión permanente de la OTAN. Es lo que explica el cese de su ayuda financiera a Ucrania y sus esfuerzos por buscar una ruta de salida de una guerra que está perdiendo. Pero como buen negociante, quiere en su salida del conflicto obtener ganancias, apoderándose de lo que quede de Ucrania, buscando negocios con los rusos y vendiendo Rusia
armas a los europeos, aun al costo de sacrificar a Zelensky y debilitar a Europa.
Y en lugar de considerar a Rusia una amenaza existencial, la estrategia señala ahora que buscará una estabilidad estratégica con Rusia. Trump ha reemplazado el objetivo de una derrota total de Rusia por la búsqueda de un alto al fuego y le exige a Ucrania a que haga concesiones territoriales en zonas que de todas maneras Ucrania ya tiene perdidas.
Los vaivenes y mensajes contradictorios de Trump y la oposición de Europa, de Zelensky y de los mismos sectores guerreristas de Estados Unidos han imposibilitado hasta el momento los acuerdos propuestos.
Lo que desnuda Trump es la irrelevancia de Europa, que ha perdido protagonismo geopolítico. Los ingentes recursos que el Viejo Continente ha destinado al apoyo de la guerra contra Rusia están llevando a los países a una tremenda crisis, visible en la desindustrialización, los recortes al gasto social, el aumento del gasto militar, la merma del apoyo social a sus principales líderes y el intervencionismo sin precedentes en los asuntos internos de los países que discrepan.
La guerra, para Estados Unidos, también está representando más costos que beneficios y su continuación puede afectar incluso el apoyo de sectores de la opinión pública que apoyaron a Trump en la campaña a la presidencia por la promesa de acabarla en pocos días. Círculos del trumpismo acarician incluso la idea de una retirada de la OTAN, cuya acción explica el mantenimiento de la guerra. No se olvide que más del 60% de los gastos de la organización son financiados por Estados Unidos ni que el comandante general de la OTAN es estadounidense.
La reorganización de la geopolítica mundial ha llegado al punto de que Estados Unidos está considerando sustituir al G7, integrado básicamente por países europeos y Estados Unidos, como entidad rectora de la política occidental, para instituir en su lugar un G5, con Estados Unidos, China, Rusia, Japón e India y sin participación europea.
La guerra en Ucrania es de lejos el mayor conflicto bélico desde la Segunda Guerra Mundial. Han perecido cerca de dos millones de ucranianos y un número mucho menor pero significativo de rusos. Occidente ha gastado en ella más de 300 mil millones de dólares. Para la OTAN, una derrota puede significar su disolución, pero Rusia se juega su sobrevivencia. La superioridad económica, militar y demográfica rusa es absoluta, pero si Ucrania ganara vinculándose a la OTAN, le seguirían en este camino Georgia, Rumania, Moldavia y Rumania, que pondrían sus ejércitos a las puertas de Moscú. Rusia ha manifestado que si ve en peligro su existencia no vacilará en acudir a su fuerza nuclear. Que, al parecer, la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos reconozca estos hechos puede llevar a que el gobierno prefiera hacer buenos negocios y postergue de alguna manera el objetivo de aplastar a Moscú.
La posición estadounidense obedece en suma al propósito de concentrar sus recursos en el enfrentamiento con China, a la que observa con razón como el principal competidor. La nueva estrategia de seguridad ubica esta competencia en el terreno tecnológico y comercial más que militar, con una activa presencia en el mar de China.
En la aplicación de la nueva estrategia, Trump tropieza con enormes dificultades. Además de los nubarrones que oscurecen el sistema financiero y la tendencia ya en marcha a la desdolarización, tiene profundos enfrentamientos internos, el affaire Epstein sigue pesando sobre él como una espada de Damocles, sus declaraciones son frecuentemente contradictorias, su tono es provocador y amenazante, sus mentiras son cotidianas y nadie cree en sus declaraciones sobre no intervención militar ni en la defensa de la democracia. Puede cambiar de opinión de un momento a otro y hacer todo lo contrario de lo que dice.
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