Todo indica que el resultado electoral de las votaciones del 3 de noviembre en Estados Unidos no serán muy agradables para Trump y su MAGA

- La bancarrota del trumpismo: las fracturas del MAGA y la amenaza de un colapso electoral el próximo 3 de noviembre
Es es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas

Estados Unidos se aproxima a las elecciones legislativas del próximo 3 de noviembre en medio de una profunda crisis política del gobierno de Donald Trump y de las fuerzas ultraconservadoras agrupadas alrededor del movimiento MAGA (Volver a hacer grande a América). Lo que inicialmente apareció como una poderosa ofensiva de la nueva derecha estadounidense para reorganizar el Estado, restaurar la hegemonía imperial y derrotar culturalmente al progresismo comienza a mostrar importantes signos de agotamiento.

La posibilidad de una derrota republicana en las elecciones de medio término constituye un riesgo inminente para la continuidad del proyecto fascista de Trump. Una pérdida de la mayoría en la Cámara de Representantes, acompañada de un retroceso significativo en el Senado, podría trastornar las relaciones de poder en Washington, enredar la agenda presidencial y agravar las disputas por la sucesión política de Trump.

Sin embargo, la crisis del trumpismo no puede verse como un asunto de coyuntura electoral. Sus raíces son más hondas y se asocian con las contradicciones económicas, sociales, ideológicas y geopolíticas de un proyecto estratégico que prometió devolverle la grandeza a Estados Unidos, pero que enfrenta grandes dificultades para ofrecer soluciones a los problemas estructurales de la sociedad gringa.

La actual bancarrota del MAGA es una crisis de hegemonía política y cultural.

El límite de la estrategia trumpista.

Donald Trump logró reorganizar una parte amplia de la derecha gringa con un discurso nacionalista, proteccionista y profundamente conservador. Su proyecto político se construyó sobre la denuncia de las élites globalistas (Soros y demócratas), el cuestionamiento de la inmigración, la repulsa al progresismo (woke) y la promesa de devolver la prosperidad a los trabajadores golpeados por la desindustrialización.

El trumpismo consiguió construir una coalición diversa integrada por sectores empresariales, organizaciones religiosas fundamentalistas, nacionalistas blancos, grupos conservadores, movimientos conspirativos y segmentos de las clases medias y trabajadoras descontentas con el régimen político tradicional.

Sigue a Las2orillas.co en Google News

Sin embargo, esa alianza estaba atravesada por contradicciones desde su inicio.

Al tiempo que Trump denunciaba el poder de las élites económicas, su gobierno construía sólidas relaciones con poderosas corporaciones financieras y tecnológicas. Al tiempo que prometía defender a los trabajadores estadounidenses, impulsaba una orientación económica favorable a grandes sectores del capital. Al tiempo que cuestionaba las intervenciones militares en el extranjero, afianzaba la utilización de la fuerza como instrumento privilegiado de la política exterior.

Estas contradicciones ya están erosionando la credibilidad y legitimidad de un movimiento que se ofreció como una alternativa a las camarillas políticas de Washington, pero que reprodujo numerosas prácticas de las mafias políticas que decía combatir.

El discurso populista del MAGA se estrelló contra la realidad del poder económico estadounidense.

La economía y el deterioro de las condiciones sociales.

Uno de los principales problemas del trumpismo es su ineptitud para resolver las dificultades sociales y materiales que afectan a millones de estadounidenses.

Los altos costos de la vivienda, el encarecimiento de la atención médica, la fragilidad laboral, las deudas de los hogares y los desequilibrios sociales siguen siendo problemas centrales de la inconformidad ciudadana.

Las medidas arancelarias de Trump, presentadas como un instrumento para recuperar la industria nacional, agregan tensiones adicionales en las cadenas productivas, en los vínculos comerciales internacionales y en los precios, afectando tanto a consumidores como a empresas.

El nacionalismo económico no constituye, en sí mismo, una fórmula que permita resolver las contradicciones centrales del capitalismo gringo.

Lo que ocurre es que la combinación de proteccionismo, privilegios corporativos y confrontación comercial puede agravar la incertidumbre económica sin garantizar una recuperación sostenida de los ingresos de los trabajadores.

Tal problema adquiere mucha relevancia en vísperas de las elecciones legislativas.

Los ciudadanos electores pueden comenzar a evaluar al trumpismo no por sus retoricas ideológicas, sino por sus resultados concretos en materia de salarios, empleo, inflación, vivienda y mejores condiciones sociales.

La brecha entre los anuncios de grandeza nacional y las condiciones sociales objetivas de la población es uno de los elementos que podrían llevar a una derrota electoral republicana y del propio Trump.

La guerra contra Irán y la crisis del America First.

Las relaciones internacionales constituyen otro plano determinante de la bancarrota republicana.

Trump construyó su identidad política impugnando las prolongadas guerras de Estados Unidos en Irak y Afganistán. Su lema America First planteaba que los recursos propios debían canalizarse hacia la recuperación económica interna y no hacia operaciones militares de resultados inciertos.

Sin embargo, la guerra con Irán ha puesto al gobierno frente a una contradicción excepcional.

¿Cómo explicar nuevas empresas militares en Oriente Medio cuando millones de ciudadanos demandan soluciones a sus difíciles problemas económicos y sociales?

La guerra contra Irán ha agudizado las diferencias y enfrentamientos entre las corrientes nacionalistas que rechazan las guerras exteriores y el ala conservadora partidaria de sostener una estrategia bélica agresiva.

Estas disparidades no son simples diferencias tácticas. Reflejan distintas visiones sobre el modo de proteger la hegemonía gringa en una coyuntura internacional marcada por el fuerte ascenso económico y tecnológico de China, la rivalidad entre potencias y el decaimiento relativo de la preponderancia occidental.

Trump se ha propuesto restaurar el predominio global gringo utilizando una combinación de presión económica arancelaria, amenazas militares y patriotismo político.

Pero esa estrategia tiene límites que difícilmente se pueden superar con la retórica presidencial o con demostraciones militares de fuerza.

Los problemas y vacíos de la política exterior gringa terminan reflejándose en la política doméstica y refuerzan la inconformidad de sectores que apoyaron a Trump justamente por su compromiso de evitar nuevos conflictos bélicos.

Israel y las fracturas ideológicas de la nueva derecha.

La relación con el Estado sionista de Israel y el gobierno de Netanyahu es una de las áreas más sensibles de las fracturas al interior del MAGA.

Un sector bastante amplio del conservadurismo evangélico gringo asume la defensa del Estado israelí como un compromiso religioso y estratégico ineludible. Para esas corrientes pentecostales, el apoyo a Israel es parte de la defensa de la cultura occidental y de una interpretación específica del actual orden internacional.

Otros grupos nacionalistas se oponen a que Trump comprometa recursos económicos y bélicos en conflictos que consideran ajenos a las necesidades prioritarias de la sociedad gringa.

Las fuertes rivalidades entre figuras conservadoras como Tucker Carlson, Ben Shapiro y Mark Levin reflejan la profundidad de estas disputas.

A ello se suman las manifestaciones de la ultraderecha nacionalista blanca, como las representadas por Nick Fuentes, que incluyen discursos abiertamente antisemitas y teorías conspirativas.

La coexistencia de estos grupos confirma que el MAGA trumpista no tiene una orientación única sobre aspectos centrales de la política exterior gringa.

El conflicto bélico con Irán ha contribuido a transformar esas diferencias faccionales internas del trumpismo en enfrentamientos políticos cada vez más notorios y visibles.

La guerra cultural y los límites de la hegemonía conservadora.

La conocida guerra cultural se ha convertido en uno de los más importantes dispositivos del trumpismo y de la ultraderecha, mediante una instrumentalización invertida del análisis político gramsciano.

La impugnación del feminismo, de los derechos de las personas LGBT+, de las estrategias de diversidad y de las fuerzas de izquierda progresistas facilitó la construcción de una identidad común entre sectores ultraconservadores con intereses económicos y orientaciones internacionales diferentes.

La ultraderecha reaccionaria transformó dichas controversias en instrumentos de polarización social y movilización electoral.

Desde luego, esa guerra cultural no alcanza para sustituir de manera permanente las respuestas a las necesidades sociales más apremiantes de la población.

No se puede desconocer que las afugias económicas, los reclamos laborales, la vulnerabilidad social y las demandas de acceso a servicios públicos generan conflictos que no desaparecen mediante campañas contra la izquierda y el movimiento woke.

Esa es, justamente, una de las debilidades más sobresalientes del proyecto trumpista.

Su plan de construir una hegemonía política y cultural de corte fascista tiene que enfrentarse con una sociedad atravesada por agudas desigualdades, una floreciente diversidad social y amplios procesos de resistencia democrática.

En una lectura gramsciana, podría decirse que el trumpismo enfrenta dificultades para transformar su capacidad de movilización electoral en una dirección política y moral sólida sobre el conjunto de la sociedad.

La prioridad otorgada a la confrontación, la coerción y la violencia policial no garantiza la construcción de consensos de largo plazo.

La crisis ética del trumpismo y el repugnante caso Epstein

El escándalo público de Jeffrey Epstein abrió otro frente de polémicas para el movimiento trumpista.

Durante largos años, vastos segmentos de la derecha radical denunciaron la actividad de poderosas redes de corrupción y privilegios entre las camarillas políticas y económicas gringas.

El compromiso de desenmascarar tales vínculos se convirtió en uno de los aspectos centrales del discurso de Trump contra el establecimiento de Washington.

Pero las polémicas sobre la divulgación de documentos y archivos vinculados con Epstein han propiciado enfrentamientos dentro del propio espacio ultraderechista.

Las divergencias entre Trump y Marjorie Taylor Greene indican la dificultad de sostener la unidad de una alianza construida sobre la denuncia de la corrupción de las castas políticas cuando las demandas de transparencia también se dirigen hacia personajes cercanos al poder.

El registro de nombres en documentos relacionados con Epstein no confirma, por sí mismo, responsabilidad criminal. Lo políticamente trascendental es la exigencia de transparencia, el esclarecimiento de los hechos y la aplicación de los mismos criterios de investigación a todas las personas involucradas.

Para un movimiento que proclamó su superioridad moral frente al establecimiento, estas discusiones representan un delicado problema de credibilidad.

Vance, Rubio y la lucha por la sucesión.

Las tensiones del trumpismo también se reflejan en la competencia por el liderazgo posterior a Donald Trump.

La prohibición constitucional de una nueva reelección presidencial en 2028, bajo las reglas vigentes, ha generado una disputa entre diferentes facciones republicanas.

El vicepresidente J. D. Vance expresa una corriente nacionalista que combina conservadurismo social, proteccionismo económico y cuestionamientos a determinadas intervenciones militares de larga duración.

Marco Rubio, por su parte, recoge una tradición más injerencista de la política exterior estadounidense, especialmente en relación con América Latina.

Aunque ambos coinciden en elementos fundamentales del proyecto conservador, sus diferencias indican que el futuro del MAGA está lejos de encontrarse despejado.

La pelea no se refiere únicamente a la definición de quién será el sucesor del liderazgo personal de Trump.

De lo que se trata es de establecer qué orientación económica, geopolítica y cultural predominará en la nueva ultraderecha gringa.

Un fracaso electoral republicano el próximo 3 de noviembre podría precipitar estas luchas internas y cercenar la autoridad de Trump para imponer una solución sucesoria.

América Latina frente a la ofensiva imperial.

La bancarrota del trumpismo no implica necesariamente una disminución de las presiones gringas sobre América Latina.

Todo lo contrario: los problemas para mantener su predominio internacional pueden fomentar una política más agresiva y violenta hacia los países de la región.

La doctrina Donroe, las presiones arancelarias, las amenazas diplomáticas y las acciones intervencionistas contra gobiernos considerados adversarios, como los de México, Cuba, Brasil y Nicaragua, hacen parte de un engranaje dirigido a preservar la influencia gringa en el hemisferio occidental.

Desde ese ángulo, Latinoamérica continúa siendo un espacio estratégico inmediato para Washington, especialmente por sus recursos naturales, minerales estratégicos, mercados, reservas energéticas y ubicación geopolítica.

La política hacia Venezuela, Cuba, México, Nicaragua, Brasil y otros países latinoamericanos debe interpretarse dentro de esa disputa por la hegemonía regional.

Así, un hipotético fracaso electoral de los republicanos no atenuaría automáticamente las tensiones entre Estados Unidos y América Latina.

El 3 de noviembre: ¿será el comienzo del colapso electoral del trumpismo?

Las elecciones legislativas de medio término del 3 de noviembre de 2026 pueden convertirse en un punto de inflexión para la administración de Trump.

Los republicanos enfrentan el reto de mantener sus posiciones mayoritarias en el Congreso en medio de las contradicciones de su coalición, las disputas sobre la política exterior y la inconformidad de sectores de la población con las presiones inflacionarias.

Un fracaso electoral importante tendría consecuencias políticas que superarían la simple pérdida de escaños parlamentarios.

En primera instancia, reduciría el margen presidencial para desarrollar su programa legislativo y daría pie a investigaciones y controles parlamentarios más fuertes sobre la administración.

En segundo lugar, agudizaría las peleas entre las distintas facciones del Partido Republicano, que podrían responsabilizarse mutuamente por los malos resultados.

También se abriría una nueva etapa en la pelea por la sucesión presidencial de 2028.

Finalmente, podría indicar que la capacidad de movilización del trumpismo no asegura una mayoría política estable cuando sus iniciativas y ofertas chocan con las dificultades cotidianas de la población.

Claro está, sería un error equiparar una derrota electoral con la desaparición inmediata del trumpismo.

Los movimientos políticos de ultraderecha pueden conservar influencia social, capacidad de movilización y poder institucional incluso después de experimentar retrocesos electorales importantes.

El trumpismo es mucho más que la persona de Donald Trump. Es, más bien, una articulación de intereses económicos, fuerzas ideológicas, grupos religiosos, corporaciones mediáticas y movimientos nacionalistas que no se extinguirán por el resultado de una sola elección.

Su hipotético fracaso en las urnas sería la expresión de su crisis política, pero no necesariamente de su extinción histórica.

La resistencia popular y la urgencia de una alternativa democrática

La crisis del trumpismo también debe analizarse desde las crecientes movilizaciones sociales y populares que cuestionan sus políticas.

Las protestas y el rechazo contra las acciones violentas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), las luchas de comunidades migrantes, las movilizaciones y huelgas sindicales y las manifestaciones asociadas con la consigna No Kings reflejan diferentes formas de oposición popular al autoritarismo y a las políticas gubernamentales.

Estas acciones populares muestran que la sociedad estadounidense no es un bloque homogéneo bajo la influencia reaccionaria.

Se conservan importantes tradiciones democráticas, sindicales, feministas, antirracistas, socialistas y progresistas que desafían el sentido de la vida política nacional impuesto por la ultraderecha.

Aun así, el movimiento popular que resiste tiene el desafío de superar su división y proyectar alternativas capaces de conectar las demandas democráticas con las exigencias económicas de la clase obrera.

La protección de los derechos civiles, la defensa de los migrantes, la profundización de las libertades públicas y la acción contra las desigualdades exigen una articulación política que trascienda la simple oposición electoral a Trump.

Desde una perspectiva radical, superar el trumpismo demanda impugnar también las estructuras económicas y sociales que facilitaron su aparición.

La precarización laboral, la concentración de la riqueza, la crisis de representación política democrática y la pérdida de expectativas de amplios sectores populares fueron condiciones que facilitaron el ascenso de la derecha neofascista.

Sin remover esas condiciones, la inconformidad social seguirá siendo aprovechada por nuevos movimientos de corte neofascista.

La bancarrota de un proyecto de poder ultraderechista

El trumpismo atraviesa en estos momentos una grave crisis que alcanza su cohesión política, sus bases ideológicas y su capacidad para sostener una hegemonía política y ética duradera.

Los antagonismos entre nacionalismo económico y poder corporativo, entre aislacionismo retórico e intervencionismo militar, entre oscurantismo religioso y radicalismo nacionalista, así como las peleas por la sucesión presidencial, muestran las complicaciones de un proyecto construido alrededor de la figura mesiánica de Donald Trump.

El MAGA prometió recuperar la grandeza estadounidense, pero enfrenta los límites de una potencia sometida a profundos cambios económicos, sociales y geopolíticos.

La idea de resolver esas contradicciones con proteccionismo, belicismo, autoritarismo y guerra cultural no ha conseguido construir una respuesta coherente a los problemas estructurales del país.

Las elecciones del próximo 3 de noviembre pueden convertirse en el escenario de una severa derrota republicana y precipitar la crisis del movimiento.

El desenlace permanece abierto.

La bancarrota política del trumpismo no debe medirse exclusivamente por los resultados electorales, sino también por su capacidad —cada vez más cuestionada— para ofrecer un futuro de bienestar social, estabilidad democrática y legitimidad política.

En ese contexto, la tarea de las fuerzas democráticas y progresistas consiste en transformar el rechazo al despotismo de Trump en una propuesta política capaz de disputar el actual rumbo económico, social y cultural de Estados Unidos.

El próximo 3 de noviembre podría marcar el comienzo de una nueva etapa en la crisis del trumpismo. Pero su derrota histórica dependerá de la capacidad de las fuerzas sociales y políticas para construir una alternativa que erradique las condiciones sociales que hicieron posible su existencia. 

También le puede interesar:

Anuncios.

Edit