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Las ultimas jornadas de movilización estudiantil y juvenil en Francia, especialmente las del 17 y 24 de octubre, expresan el surgimiento de una nueva generación de luchadores sociales que comienza a transformar la coyuntura política internacional. Lo que inicialmente parecía una protesta contra las políticas neoliberales del gobierno de Emmanuel Macron adquiere dimensiones de una rebelión juvenil con posibilidades de extenderse hacia otros sectores populares.
No se trata de un fenómeno exclusivamente francés. Desde Nepal e Indonesia hasta Italia, España, Albania, Portugal, Argentina, Brasil, Estados Unidos y Colombia, una nueva generación irrumpe en las calles para cuestionar las desigualdades sociales, la precarización laboral, el autoritarismo, la corrupción y las promesas incumplidas del capitalismo neoliberal.
Desde hace algún tiempo, el estudio de la política internacional incluye las experiencias de las distintas generaciones como una herramienta para comprender las transformaciones sociales, políticas y culturales. Hace aproximadamente doce años, los millennials ocupaban un lugar destacado en ese debate. Se trata de la generación nacida, aproximadamente, entre comienzos de los años ochenta y mediados de los noventa, que creció durante la expansión del neoliberalismo, la consolidación del Consenso de Washington y la hegemonía económica, política y cultural de Estados Unidos después de la Guerra Fría. Conocieron internet desde edades relativamente tempranas, pero todavía conservan recuerdos de una época anterior a la hiperconectividad digital. Son, en buena medida, los jóvenes que vivieron el tránsito hacia el nuevo milenio.
La Generación Z, por su parte, comprende a quienes nacieron aproximadamente entre mediados de los años noventa y comienzos de la década de 2010. A diferencia de sus antecesores, crecieron inmersos en internet, las redes sociales y la comunicación digital permanente. Comparten códigos culturales, expresiones, imágenes y formas de comunicación que circulan simultáneamente entre jóvenes de diferentes países e idiomas. Expresiones como «farmear aura», que alude a ganar prestigio, reconocimiento o carisma ante los demás, ilustran la existencia de un lenguaje generacional global que muchas veces resulta incomprensible para personas de mayor edad.
Pero las diferencias entre ambas generaciones no son solamente culturales. Mientras los millennials crecieron bajo las promesas de prosperidad, movilidad social y bienestar difundidas por la globalización neoliberal, la Generación Z ha experimentado desde sus primeros años las consecuencias del incumplimiento de esas expectativas. El capitalismo les ofrece un horizonte de progreso que sus propias condiciones materiales de existencia les impiden alcanzar. Su experiencia histórica está marcada por las consecuencias de la crisis financiera de 2008, las guerras de Irak y Afganistán, la precarización laboral, el deterioro ambiental y, posteriormente, la profunda ruptura social provocada por la pandemia de 2020.
Las grandes movilizaciones feministas y las protestas contra el ascenso de figuras como Donald Trump y Jair Bolsonaro constituyeron algunos de los momentos más significativos de la participación política de los millennials. Sin embargo, la pandemia interrumpió buena parte de esa dinámica de movilización. Millones de jóvenes vieron restringidas sus posibilidades de estudio, trabajo y socialización, mientras las redes digitales se convertían en escenarios de frustración, confrontación ideológica y disputa cultural. La extrema derecha aprovechó esas circunstancias para difundir discursos autoritarios, racistas, misóginos y contrarios a los derechos de las diversidades sexuales.
No obstante, esas mismas redes también facilitaron nuevas formas de organización y resistencia. La Generación Z comenzó a transformar la inconformidad individual en acción colectiva, trasladando sus reivindicaciones de las plataformas digitales a las universidades, las plazas y las calles.
Hoy, esta generación toma el relevo de anteriores experiencias de movilización juvenil y emerge como uno de los protagonistas de la conflictividad social contemporánea. Su irrupción plantea una cuestión fundamental: ¿estamos ante una nueva oleada de protestas juveniles o frente al surgimiento de un sujeto político con potencial revolucionario, capaz de contribuir a transformar las relaciones de poder y el orden social existente?
Una generación que perdió la confianza en el neoliberalismo.
A diferencia de los millenials, que crecieron durante la expansión de la globalización neoliberal y sus promesas de prosperidad, la Generación Z se formó en un mundo marcado por las consecuencias de la crisis financiera de 2008, las guerras, el deterioro ambiental, la precarización laboral y la pandemia de 2020.
Para millones de jóvenes, el futuro prometido por el neoliberalismo nunca llegó. La educación universitaria dejó de garantizar estabilidad económica, el empleo se volvió precario, los salarios perdieron capacidad adquisitiva y el acceso a la vivienda se convirtió en una aspiración cada vez más difícil.
Esta generación, formada en la sociedad digital y la hiperconectividad, dispone de enormes capacidades de comunicación y organización, pero encuentra crecientes obstáculos para construir un proyecto de vida digno.
La pandemia profundizó estas contradicciones. Millones de jóvenes experimentaron el aislamiento, la frustración y la pérdida de oportunidades. Las redes sociales facilitaron la expansión de discursos autoritarios y de extrema derecha, pero también comenzaron a convertirse en instrumentos de organización y resistencia.
De esta manera, la inconformidad individual empezó a transformarse en movilización colectiva.
La Generación Z no solamente cuestiona a los gobiernos. También expresa una profunda desconfianza hacia los partidos tradicionales, las élites políticas y las dirigencias que administraron durante décadas las políticas neoliberales.
Francia y Europa: el despertar de una nueva rebeldía.
Francia ocupa un lugar destacado en este escenario. Las protestas estudiantiles contra el ajuste fiscal, el deterioro de la educación pública y la precarización laboral recuerdan, con las diferencias históricas correspondientes, las grandes movilizaciones de mayo de 1968.
La posibilidad de articular la rebelión estudiantil con las reivindicaciones de los trabajadores constituye uno de los elementos más importantes de esta coyuntura. La juventud francesa puede convertirse en un contrapeso social al avance de Marine Le Pen y las corrientes nacionalistas y xenófobas.
Pero esta inconformidad también atraviesa otros países europeos.
En Italia, estudiantes, movimientos feministas y organizaciones antifascistas cuestionan las políticas conservadoras del gobierno de Giorgia Meloni, la precarización laboral, las restricciones sociales y el crecimiento del discurso neofascista. Las movilizaciones universitarias en solidaridad con Palestina y en defensa de la educación pública recuperan una larga tradición de luchas juveniles y obreras.
En España, la juventud enfrenta una profunda crisis de vivienda, salarios insuficientes y empleos inestables. Las movilizaciones estudiantiles, feministas, ecologistas y por el derecho a la vivienda retoman parte del legado del movimiento de los indignados de 2011 y expresan el rechazo a las políticas neoliberales y al crecimiento del neofascista Vox.
En Albania, la inconformidad juvenil se relaciona con la corrupción, la desigualdad, la emigración y la falta de oportunidades. Las protestas estudiantiles y las demandas de democratización institucional reflejan el agotamiento de las expectativas de progreso de amplios sectores de las nuevas generaciones.
En Portugal, los jóvenes cuestionan la especulación inmobiliaria, los bajos salarios, la precariedad laboral y el avance de la extrema derecha. La memoria de la Revolución de los Claveles de 1974 continúa siendo una referencia histórica para quienes defienden la democracia y las transformaciones sociales.
Aunque presentan características diferentes, estas experiencias comparten una contradicción fundamental: una juventud que aspira a mayores libertades y derechos sociales, pero enfrenta un modelo económico que restringe sus posibilidades de realización.
Su potencial revolucionario reside en la posibilidad de articular estas reivindicaciones con las luchas de los trabajadores y otros sectores populares.
La rebelión juvenil se extiende por el planeta.
En Asia, las movilizaciones juveniles han adquirido una importancia creciente. En Nepal, las protestas contra la corrupción y los privilegios de las élites políticas mostraron la capacidad de organización de las nuevas generaciones. En Indonesia, las manifestaciones contra los privilegios de los funcionarios y la desigualdad expresaron el descontento de estudiantes y trabajadores jóvenes.
En estos escenarios, la cultura digital también se convirtió en un instrumento de movilización. La bandera pirata de los Sombrero de Paja, protagonistas del animé japonés One Piece, apareció como un símbolo de rebeldía frente al poder establecido.
En India, las protestas estudiantiles y los cuestionamientos a las políticas del gobierno de Narendra Modi reflejan las tensiones relacionadas con la educación, la desigualdad y los derechos democráticos. En eso consiste el movimiento de las “cucarachas” contra Modi y el régimen clerical brahamanista dominante.
Otro elemento común de estas movilizaciones es la solidaridad con Palestina. Su bandera se ha convertido en un símbolo internacional de resistencia frente a la ocupación, la violencia contra la población civil y la impunidad. Las protestas y acampadas universitarias en Estados Unidos y Europa muestran la dimensión internacionalista de esta nueva generación.
En América Latina, la juventud también ocupa un lugar central en las luchas populares.
En Argentina, estudiantes y trabajadores jóvenes participan en las movilizaciones contra las políticas de Javier Milei, particularmente en defensa de la universidad pública, los derechos laborales y las políticas sociales.
En Brasil, las organizaciones juveniles y estudiantiles mantienen una importante tradición de resistencia frente al bolsonarismo, el autoritarismo y las desigualdades sociales.
En Colombia, los jóvenes están en la primera línea de la movilización contra el gobierno neofascista de Abelardo, protagonizando una primera movilización de masas el pasado 14 de octubre y proyectando un paro general para el próximo 24 de noviembre que implique el cierre de grandes centros urbanos (Cali, Sur de Bogotá, Pereira y zonas del Valle del Aburra) en el que se refleje el rechazo al gobierno autoritario y oscurantista de Abelardo.
En Estados Unidos, estudiantes y trabajadores jóvenes participan activamente en las protestas contra el trumpismo, las movilizaciones de solidaridad con Palestina y las manifestaciones del movimiento No Kings, que cuestiona las tendencias autoritarias y la concentración del poder presidencial.
¿Una nueva generación revolucionaria?
La importancia histórica de la Generación Z no reside solamente en su juventud ni en su dominio de las tecnologías digitales. Su potencial revolucionario surge de la contradicción entre sus aspiraciones de libertad, igualdad y bienestar y las condiciones económicas y políticas que impiden realizarlas.
Es una generación que conoce las posibilidades de un mundo globalmente interconectado, pero enfrenta desigualdades crecientes; que dispone de enormes capacidades tecnológicas, mientras los beneficios de la innovación se concentran en grandes corporaciones; y que reclama derechos sociales, igualdad de género y sostenibilidad ambiental frente al avance del autoritarismo y la crisis climática.
Sin embargo, conviene distinguir entre rebelión generacional y transformación revolucionaria.
Las protestas pueden modificar gobiernos y políticas públicas sin transformar necesariamente las estructuras económicas y sociales que originaron el descontento.
La historia demuestra que el potencial revolucionario requiere organización, conciencia política, articulación con las clases trabajadoras y capacidad para construir alternativas de poder democrático.
En este sentido, las experiencias de Francia, Italia, España, Albania y Portugal, junto con las movilizaciones de Asia y América, muestran las posibilidades de un nuevo movimiento juvenil que enfrenta al neoliberalismo y a la extrema derecha.
La Generación Z no constituye un bloque político homogéneo ni una fuerza revolucionaria unificada. En su interior también existen tendencias conservadoras y contradicciones ideológicas. Pero sus sectores movilizados representan una importante posibilidad de renovación de las luchas democráticas y populares.
El mundo atraviesa una etapa de profunda polarización. Mientras las corrientes autoritarias y de extrema derecha buscan consolidar políticas excluyentes, millones de jóvenes cuestionan un orden económico y político incapaz de garantizarles un futuro digno.
No estamos necesariamente ante una revolución mundial en marcha. Sin embargo, sí existen señales de un nuevo ciclo internacional de movilización juvenil con capacidad para alterar los equilibrios políticos y revitalizar las luchas sociales.
La cuestión decisiva es si esta generación conseguirá convertir su indignación en organización, sus protestas en movimientos duraderos y sus reivindicaciones en proyectos de transformación estructural.
Como ocurrió en otros momentos históricos, la juventud puede convertirse en una fuerza decisiva cuando sus luchas confluyen con las aspiraciones de los trabajadores y los sectores populares.
La Generación Z no solamente se rebela contra el presente neoliberal y autoritario: comienza a disputar el derecho a construir otro futuro con equidad y justicia social.
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