Las denuncias de Angie, Leyva y otros cercanos a Petro reavivaron las sospechas sobre un presunto consumo de alcohol y drogas durante su mandato

- Petro gobernó el país trabado, a media caña y con la bragueta abierta
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“Antes de algunas reuniones, el presidente Petro se encerraba en un baño a consumir un polvo rosado que se llama tusi (la llamada cocaína rosada)”.

Esta fue una de las aseveraciones que hizo Angie Rodríguez, exsecretaria del Departamento Administrativo de la Presidencia, Dapre, en entrevista que le concedió a Danielo Samper.

En ese mismo encuentro, Rodríguez afirmó haber visto en el teléfono del entonces presidente fotos de mujeres “demasiado” jóvenes y señaló que podrían ser “niños travestis”.

Además, sostuvo que existía una red de mujeres muy jóvenes cercanas al mandatario que influían en nombramientos y contratos públicos. (Juliana Guerrero y compañía)

Esta aseveración coincide con la denuncia que hizo el actual director del Dapre, Carlos Andrés Ríos, en el sentido de que 48 mujeres habían sido instrumentalizadas, mediante contratos de prestación de servicios, para que estuvieran con Petro, realizaran actividades distintas a las funciones de gobierno y participaran en fiestas privadas.

Hasta el momento, ni Angie ni Ríos han presentado pruebas de sus denuncias. Ni hace falta,  la mayoría de los colombianos estamos convencidos de que Petro es capaz de hacer eso y mucho más.

Y es que el comportamiento personal de Gustavo Petro durante los cuatro años que gobernó a Colombia fue, por decir lo menos, grotesco.

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En varias intervenciones públicas apareció borracho, lo pillaron yendo a un prostíbulo en Lisboa, se desapareció varios días en Paris. Según el excanciller Álvaro Leyva, Petro estuvo consumiendo drogas durante los días que estuvo perdido.

A lo largo de su historia republicana Colombia ha tenido presidentes buenos, regulares y malos. Pero ninguno de ellos había sido acusado de tener un comportamiento personal tan escandaloso. 

Tal vez el antecedente más cercano sea el de Julio Cesar Turbay, cuya afición por las mujeres ajenas y por el licor, era públicamente conocida. Al punto de que monseñor Rubiano Sáenz, cuando era obispo de Cucuta, tuvo que llamarle la atención porque Turbay andaba tirándole los perros a una elegante dama en una reunión social.

Pero las andanzas de Turbay eran un juego de niños al lado de las de Petro.

Cada vez parece más claro que Petro tiene problemas de adicción al licor y a las drogas. Muchas actitudes que tuvo durante su mandato así parecían indicarlo. Las denuncias realizadas por Angie, Leyva y otras personas que estuvieron cerca al mandatario no hacen más que corroborar lo que los colombianos sospechábamos hace rato.

Hay que resaltar que esas denuncias no han provenido de opositores ni de enemigos sino de personas pertenecientes al entorno de Petro que pasaron muchas horas a su lado y que por lo tanto lo conocen bien. Lo cual les da más credibilidad a esas sindicaciones.

Del comportamiento extravagante de Petro se hablaba incluso antes de que llegara a la Presidencia. Siendo alcalde Bogotá llegó a urgencias de la Clínica Santafé, con conmoción cerebral producto de un golpe recibido en la cabeza.

Un médico de esa institución me contó que allegados a Petro le dijeron que ese golpe se lo había propinado su esposa Verónica Alcócer, tras sorprenderlo en actividades íntimas con una mujer trans.

Cualquier colombiano puede tener ese tipo de gustos y de comportamientos y eso pertenece a la esfera de su vida privada. Cualquiera menos el Presidente de la República que ejerce ese cargo durante las 24 horas y cuya vida está expuesta al permanente escrutinio público. 

Por ejemplo, cabe preguntarse si Petro estaba bajo los efectos de alguna sustancia cuando ordenó, a las tres de la madrugada, impedir el aterrizaje de unos aviones que venían de Estados Unidos transportando deportados.

Lo cierto es que él armó el lío, pero le tocó resolverlo a la entonces canciller Laura Sarabia y al embajador en Washington Luis Guillermo Murillo. Gracias a la oportuna intervención de esos personajes el tema no pasó a mayores. Dicen que mientras tanto el Presidente roncaba. ¡Cómo sería el guayabo!

Este incidente demuestra que el Presidente tiene que estar en sus cabales las 24 horas del día, porque cualquier orden que dé en medio de una traba o de una rasca puede tener implicaciones graves. Incluso irreparables.

Como será de escandaloso lo que se ha conocido de Petro en los últimos días que  Iván Cepeda, su más fiel escudero, ha querido desmarcarse de ese gobierno, reconociendo que en él se produjeron graves hechos de corrupción. 

No se refirió al comportamiento personal del entonces Presidente, pero el “timing” en el que hizo esa declaración muestra que Cepeda quiso dejar en claro que una cosa es Petro y otra muy diferente él.

Con estos precedentes cobra vigencia la propuesta que algunos congresistas hicieron hace unos meses para que se incluya en la Constitución la obligatoriedad de quien aspire a ser elegido presidente deba someterse a exámenes médicos y siquiátricos que demuestren que está en condiciones físicas y mentales de ejercer ese cargo.

Porque cada vez queda más claro que Petro no solo era un incapaz sino además un adicto a toda clase de vicios, que gobernó el país a media caña y en medio de una juerga permanente.

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Por Diego Martínez Lloreda

Nací en Bogotá y estudié comunicación social en la Universidad Javeriana. En marzo de este año completé 29 años de trabajo en El País y 39 de ejercicio profesional. En El País fui Editor de Cali, Director de Proyectos Especiales, Asistente de la Dirección, Jefe de Redacción, Director de la oficina de El País Bogotá, Editor General, Director de Información y Director General. En El País escribí los editoriales de los domingos y una columna semanal que se llamaba el Martillo. Dirigí y presenté el programa semanal Al Banquillo con Martillo. Durante siete años mi columna Martillo fue la más leída por los líderes de opinión del Valle del Cauca, según la encuesta de Cifras y Conceptos. Durante cinco años presenté y coordiné el programa la Hora del Martillo por Telepacífico y fui fundador del programa radial Oye Cali. Dirigí el equipo ganador del premio Simón Bolívar a mejor cubrimiento informativo en el 2008 y en el 2011 gané el premio al mejor periodista del año. En 2018 fui galardonado con el Premio Gabo al editor Ejemplar y en 2019 obtuve el premio Alfonso Bonilla Aragón, a la mejor columna periodística.