La columna recuerda que el verdadero infierno no está en el más allá, sino en un sistema donde la ambición se disfraza de patriotismo y el diablo cotiza en bolsa

- El diablo cotiza en bolsa
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Horrenda pesadilla tuve después de una frijolada antes de ir a la cama, soñé que la Tierra entera era el infierno que algún dios arrepentido había instalado en el Universo. Ardía el Oriente y el Occidente, el Norte y el Sur, Colombia e Irán. ¡Mayúscula estupidez, pensé, un planeta en llamas y la humanidad discutiendo quién tenía la culpa!

Me recibió el Diablo, de aspecto muy diferente. Era alto, blanco, fornido, de pelo anaranjado. Nada de cachitos, ni rabo, ni ojos incandescentes. Reía con la seguridad de quien nunca duda de sí mismo, ni siquiera cuando se equivoca.

—Te mostraré los condenados —dijo riendo con sarcasmo—. Aquí hay pecadores de todas las ideologías, pues la estupidez es democrática.

En el círculo de los frustrados vi a Petro.

—A ése lo condené por su logorrea: el pecado de discursear bien en plazas públicas y actuar mal en privado. Por predicar un cambio de Estado y gobernar con el mismo Estado de derecha, pero con más subsidios populistas.

A su alrededor gritaban furibundos los petristas, los brazos arriba, los dedos en agitación.

—¡Oh! —exclamó el Diablo—. A ellos los condené por negarse a pensar, pues para pensar ya tenían jefe.

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En el círculo de la decadencia, vi a Uribe, mano en el corazón, jefe de la decadente derecha.

—Oh, no —exclamó— Ese lo condené por votófago, devorador insaciable de votos. En las pasadas elecciones quiso devorar los votos de los jóvenes imberbes del centro. Pero mis muchachos de extrema derecha no resisten un vicepresidente homosexual como Oviedo, mutaron a las toldas del tigre.

También estaban los uribistas adorándolo como los petristas al suyo.

—¡Pobre gente! Los condené por la misma razón: confunden política con insultos matutinos por chismes. Creen que eso es democracia. ¡Pobrecitos! Son babosos con micrófono.

En el círculo de los fatuos vi al presidente Abelardo. 

—¡Ah! —Exclamó emocionado—. Ese es mi avatar favorito: muy obediente, demasiado visajoso, altamente pendenciero, absurdamente convencido de su grandeza. Lo tengo allí para aterrorizar colombianos, aunque admito que algunos no necesitan ayuda.

En el círculo de los de cara sin rostro, elites económicas, estaban quienes tiran piedras y esconden la mano. 

—¡Ah! Mis verdaderos patriotas de extrema. A ellos los condené a votar por mi fantoche favorito. Jajaja.

En el círculo de los invisibles estaban los políticos del centro tradicional. 

—¡Qué vergüenza! Solo aparecen en elecciones con un papelito, escriben tres pendejadas y lo llaman pomposamente programa de gobierno. Jejeje. Si les suena la flauta, celebran; si no, desaparecen hasta la próxima subienda del voto.

—Pero, entonces —pregunté—, ¿Colombia no tiene modelo real de Estado? El diablo soltó una carcajada. Jajaja. 

—¡Claro que sí! El modelo que implementó Isabel la Católica en 1492: terratenientes con alma de empresarios, empresarios con alma de terrateniente, con mentalidad colonial, espíritu militar, cultura religiosa, hipocresía social y proclives al terror. 

Por curiosidad pregunte:

—Hola míster Diablo… ¿Y por qué ya no tiene cachos ni rabo terminado en punta? Sonrió, acomodándose el pelo anaranjado.

—Porque, a diferencia del Estado colombiano, yo me modernicé. Antes era un diablo feudal, ahora soy un diablo capitalista. —Hizo una pausa y remató—: Ya no necesito tentar a nadie. ¡Ahora cotizo en bolsa! ¡Jejeje!

Me desperté horrorizado. Palpé todo mi cuerpo, pensé repentinamente en “La metamorfosis” de Kafka. Me prometí escribir una novela que comenzara así: “Al despertar Jorge Guebely una mañana después de una pesadilla con políticos a causa de una frijolada nocturna, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto”.

Nota: “Las dos orillas” no responden por el contenido de esta columna, ni yo por las palabras del Diablo.

Jorge Elías Guebely Ortega

Egresado de la Escuela Normal de Barranquilla, de la Universidad libre de Bogotá, del Instituto Caro y Cuervo, doctor en Literatura Hispanoamericana de La Sorbona en París, profesor de Literatura durante 30 años en la Universidad Surcolombiana de Neiva. Autor de varias novelas, libros de cuentos y ensayos literarios.

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