Texto escrito por: Carlos Enrique Vargas Vergara
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El miércoles 15 de octubre de 2026, mientras el presidente Abelardo de la Espriella visitaba oficialmente el Ministerio de Cultura para anunciar el inicio de su “contrarrevolución cultural”, una orden paralela se ejecutaba en el Museo Nacional de Colombia. El secretario general del Ministerio, Julián Sterling, mano derecha de la ministra Paola Holguín, llegó al museo acompañado de la directora encargada, Katia González. A puerta cerrada, y sin pasar por el Comité Curatorial —la instancia que define las exhibiciones—, eligieron a dedo las obras que serían retiradas.
El resultado: al menos 30 afiches, fotografías y objetos fueron desmontados de tres salas. En la sala “Hacer Sociedad” desaparecieron la bandera del orgullo gay que perteneció a la activista Elizabeth Castillo, la campaña publicitaria de la marcha LGBT de 2006, un impreso sobre derechos reproductivos de la Fundación Sí Mujer, y un ejemplar de la revista La Ventana Gay del activista Manuel Velandia. También fue retirado el afiche de campaña de Carlos Pizarro, excomandante del M-19 asesinado en 1990 tras desmovilizarse y aspirar a la presidencia. En la sala “Memoria y Nación” desapareció por completo la sección de gráfica política, con grabados de maestros como Alfonso Quijano, Luis Paz y Carlos Granada.
Las paredes quedaron con las marcas de los cuadros y los letreros descriptivos como único rastro de lo que había allí
La justificación oficial: “adoctrinamiento político”
La ministra de Cultura, Paola Holguín, defendió la medida en la red social X. “El Museo Nacional, como parte del Estado, tiene el propósito de conservar, restaurar, proteger y socializar nuestra cultura. Su vocación institucional NO consiste en servir como instrumento de adoctrinamiento político, foco de difusión de versiones sesgadas de nuestra historia, ni mucho menos como multiplicador de la agenda gubernamental”, escribió. Añadió que la museología y la curaduría del museo están siendo “evaluados y revaluados” para “cumplir la misión de salvaguardar” el patrimonio.
El presidente De la Espriella fue más allá. Durante su visita al Ministerio, ordenó retirar de todos los espacios públicos del Gobierno las imágenes y elementos vinculados con Carlos Pizarro, al considerar que representan una apología del terrorismo. “Aquí nunca más los terroristas tendrán un lugar como si de próceres de la patria se tratara”, declaró. “El Estado tiene el deber moral, insoslayable y político de impedir que los espacios culturales sean captados por el socialcomunismo ateo y enemigo de los valores fundamentales por los cuales se erige la nación”.
El mismo día, el presidente anunció que el Ministerio de Cultura pasaría a llamarse “Ministerio de Cultura y Patrimonio” y presentó oficialmente el concepto de “contrarrevolución cultural”.
La reacción: “Es un intento de borrar la memoria”
La respuesta de la sociedad civil fue inmediata. La Casa de la Mujer, una de las organizaciones feministas más reconocidas del país, denunció el desmonte de uno de sus afiches emblemáticos. “Bajar de una sala del Museo Nacional uno de los afiches emblemáticos de nuestra lucha por el derecho a vivir libres de violencias no es un acto administrativo. Es un intento de borrar la memoria. Y no lo lograrán”, advirtió la organización en X.
Caribe Afirmativo, que defiende los derechos LGBTIQ+, señaló que fueron retiradas piezas relacionadas con los derechos de las personas LGBTIQ+, los movimientos feministas y los procesos de paz. “Nos preocupa profundamente que, en el marco de la denominada ‘contrarrevolución cultural’… estén tomando decisiones que pueden conducir a la exclusión de relatos, experiencias y luchas fundamentales para comprender nuestra historia”, indicó en un comunicado.
La senadora María José Pizarro, hija de Carlos Pizarro, rechazó la decisión y acudió al museo con sus hijas. “Hoy traje a mis hijas al Museo Nacional para enseñarles la historia”, declaró. La Asociación de Estudiantes Alemanes de 1933 habría entendido el gesto.
El paralelo histórico: 1933 y 2026, la misma lógica de “purificación”
La decisión del gobierno colombiano no ocurre en el vacío. La escala de tiempo que va de enero a octubre de 1933 en la Alemania nazi y de agosto a octubre de 2026 en Colombia revela una secuencia que, salvando las abismales diferencias de escala y consecuencia, comparte una lógica estructural: la construcción de un “enemigo interno” al que se atribuye la decadencia nacional, el uso del poder estatal para “purificar” las instituciones culturales, y la presentación de la acción como una “restauración” de valores.
En 1933, el enemigo era el judío, el comunista, el pacifista y el “degenerado”. La quema de libros del 10 de mayo fue un acto ritual de purificación: estudiantes nazis arrojaron a las llamas más de 25.000 volúmenes de autores como Marx, Brecht, Hemingway y Helen Keller. En septiembre de ese mismo año se fundó la Cámara de Cultura del Reich, que controlaba toda la actividad cultural y de la cual quedaban excluidos judíos y opositores.
En 2026, el enemigo es el “wokismo”, la “ideología de género”, el “socialcomunismo ateo” y la “extrema izquierda”. La remoción de obras del Museo Nacional no es una quema física, pero es una operación de borrado selectivo: se retiran las piezas que contradicen el relato oficial y se dejan las paredes vacías como advertencia. El cambio de nombre del ministerio a “Cultura y Patrimonio” replica, en miniatura, la lógica de la Cámara de Cultura del Reich: alinear la institucionalidad cultural con el nuevo relato.
La advertencia de Weimar: cuando la democracia se usa para vaciarla
La comparación más inquietante no está en los actos, sino en el método. Hitler no llegó al poder mediante un golpe de estado. Fue nombrado canciller el 30 de enero de 1933 por el presidente Hindenburg, tras que su partido obtuviera el 37 % de los votos en las elecciones de 1932. En menos de seis meses, la Ley Habilitante de marzo le permitió legislar sin el parlamento, todos los partidos fueron prohibidos, y para octubre de 1933 Alemania ya era una dictadura de partido único.
De la Espriella también llegó al poder por la vía democrática. Ganó la segunda vuelta electoral de 2026 con 12,9 millones de votos. Y en sus primeros meses de gobierno ha utilizado un estado de emergencia —decretado tras el terremoto de agosto— para legislar por decreto, ha modificado el protocolo de uso de la fuerza en protestas, y ahora ha intervenido directamente el principal museo del país.
La diferencia crucial es que Colombia aún cuenta con contrapesos que Weimar ya había perdido en 1933: una Corte Constitucional que aún no se ha pronunciado sobre la constitucionalidad de la emergencia, una sociedad civil movilizada que convocó un paro nacional el 14 de octubre, y una prensa que sigue publicando investigaciones críticas. Pero la lógica es la misma: el uso del poder democrático para vaciar la democracia desde dentro.
Lo que estaba en el museo: una historia que incomoda
Las obras retiradas no eran piezas cualquiera. La renovación de las salas permanentes del Museo Nacional comenzó a gestarse hace más de una década, durante el gobierno de Juan Manuel Santos, con el objetivo de que el museo diera cuenta de “la historia de un país tan diverso (y tan violento) como el nuestro”. El museo ya no se organizaba por colecciones, sino que ponía a conversar piezas de todas las colecciones para contar un relato más complejo.
Lo que el gobierno ha retirado es precisamente lo que hace incómoda esa historia: las luchas LGBTIQ+, el feminismo, las víctimas de la Unión Patriótica, el Acuerdo de Paz de 2016, la gráfica política de los años ochenta. Son las piezas que hablan de un país que no se deja reducir a un relato único de “valores fundacionales”.
“El museo no respondía a un país pluriétnico, multicultural. Tampoco a una nación atravesada por un conflicto armado de larga duración”, explica una de las fuentes consultadas por Cambio Colombia que conoció el proceso curatorial. Ese era, precisamente, el punto.
El precedente que no debe repetirse
La quema de libros de 1933 no fue un acto aislado. Fue el primer eslabón visible de una cadena que condujo a la eliminación física de millones de personas. Los nazis no empezaron quemando personas; empezaron quemando ideas. Y lo hicieron con la complacencia de una sociedad que creyó que se trataba de una “limpieza” necesaria.
En Colombia, hoy no se queman libros. Pero se retiran de las paredes del museo más importante del país. Se borran los rastros de las luchas que han construido la nación. Se reescribe el relato oficial. Y se hace, como en 1933, invocando la “restauración” de unos valores que se presentan como eternos e incuestionables.
La pregunta que queda flotando en las salas vacías del Museo Nacional no es si Colombia se convertirá en la Alemania de 1933. Es si la sociedad colombiana, sus instituciones y su prensa tienen la fuerza suficiente para impedir que la lógica de la “purificación” cultural siga advancing. Porque la historia enseña que, cuando se empieza por borrar la memoria, lo que viene después es mucho peor.
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