En el barrio Juan XXIII de Buenaventura, en una calle conocida por sus habitantes como El Caguán, María Isabel Hurtado encontró una manera de hacerle frente a una realidad que durante años ha marcado la vida de su comunidad. En medio de las balaceras, el reclutamiento de menores y la falta de oportunidades, decidió abrir las puertas de su propia casa para que los niños y las niñas tuvieran un lugar donde leer, aprender y, sobre todo, sentirse seguros.

Lo que comenzó con unos estantes fabricados por su hermano, unas muñecas hechas por su cuñada y libros que consiguió vendiendo postres terminó convirtiéndose en el Club de Lectura Mariposas de Amor. Hoy, la iniciativa es el centro de una labor comunitaria que busca cambiar el futuro de cientos de menores y que llevó a María Isabel Hurtado Carabalí a participar en Titanes Caracol 2026, el reconocimiento que destaca a personas que trabajan por transformar sus comunidades.
La historia de Hurtado no empezó con una gran infraestructura ni con recursos abundantes. Nació de una preocupación que fue creciendo mientras veía las dificultades que enfrentaban los niños de su barrio, un sector de Buenaventura donde la violencia y las carencias educativas limitan las posibilidades de muchas familias.
Hurtado estudió Derecho en Cali con la intención de regresar a su territorio y contribuir a mejorar las condiciones de vida de la infancia. Antes de crear el club, trabajó con adultos mayores en la Fundación Por Un País Mejor y participó en la creación de Unidos Dejando Huellas, una organización enfocada en prevenir el consumo de sustancias psicoactivas entre jóvenes de otros sectores de la ciudad.
Sin embargo, sentía que todavía no estaba haciendo lo suficiente por el lugar donde había nacido y crecido. Fue entonces cuando decidió comenzar por lo que tenía más cerca: su propia casa.
Un club de lectura en medio de la violencia
El Club Mariposas de Amor empezó a funcionar en la sala de la vivienda de sus padres. La idea era sencilla, pero respondía a una necesidad urgente: ofrecerles a los niños un espacio para aprender y construir otras posibilidades de vida en un entorno donde la violencia hacía parte de la cotidianidad.

En la entrevista que concedió al Centro de Estudios Afrodiaspóricos de la Universidad Icesi, Hurtado recordó que algunos menores no estaban escolarizados y ayudaban a sus familias con actividades como cargar pescado o vender productos en la calle. También explicó que muchas personas de la comunidad veían la universidad como una posibilidad lejana, reservada para quienes tenían mayores recursos.
Por eso, su trabajo no se concentró únicamente en los libros. Antes de vincular a los niños, empezó a trabajar con las madres del barrio, muchas de ellas cabeza de hogar y víctimas de violencia basada en género. Organizó cursos de crianza, encuentros entre mujeres y actividades comunitarias que ayudaron a construir confianza alrededor del proyecto.
Poco a poco, el club dejó de ser solamente un lugar para leer y se convirtió en un punto de encuentro. La comunidad empezó a apropiarse del espacio, a participar en sus actividades y a entender que la educación podía abrir caminos distintos para los menores.
El propósito también era protegerlos de los riesgos que enfrentaban en las calles. En un territorio donde los enfrentamientos entre grupos ilegales y el reclutamiento forzado forman parte de las preocupaciones de las familias, el club busca que los niños puedan aprovechar su tiempo libre, fortalecer sus habilidades y construir un proyecto de vida.
La lectura se convirtió así en una herramienta para acercar a padres e hijos, recuperar relatos tradicionales del Pacífico y reconocer la riqueza cultural de la región. A través de cuentos, mitos, leyendas, bailes y actividades compartidas, Mariposas de Amor procura que los menores crezcan conectados con sus raíces y con la posibilidad de imaginar un futuro diferente.
La lucha por mantener vivo el proyecto
Con los años, la iniciativa creció y amplió su trabajo. En marzo de 2026, la revista Semana informó que el Club de Lectura Mariposas de Amor acompañaba a más de 350 niños, niñas y jóvenes, pero atravesaba una crisis financiera que ponía en riesgo la continuidad de su labor. La organización necesitaba aliados para mantener sus actividades y seguir ofreciendo acompañamiento a la comunidad.
Ese panorama muestra una de las dificultades que enfrentan las iniciativas sociales que nacen desde los propios territorios: aunque logran construir confianza y responder a necesidades que no siempre son atendidas por las instituciones, sostener su trabajo requiere recursos, alianzas y apoyo constante.
Para Hurtado, el club es más que una biblioteca. Es un entorno protector en el que los menores pueden recibir acompañamiento, fortalecer sus vínculos familiares y encontrar un espacio para aprender sin que las circunstancias del barrio definan por completo sus posibilidades.

Su trabajo también está atravesado por una reflexión sobre la desigualdad. La lideresa ha insistido en que los niños afrodescendientes del Pacífico no parten de las mismas condiciones que otros menores del país y que, por eso, necesitan una atención que tenga en cuenta su contexto, las dificultades educativas y la violencia que viven sus comunidades.
Ahora, su participación en Titanes Caracol 2026 pone su historia y la de Mariposas de Amor ante una audiencia más amplia. Según las reglas del reconocimiento, los nominados cuentan con difusión en las plataformas digitales de Titanes Caracol y en espacios de Noticias Caracol, mientras que la votación se realiza a través de la página oficial del programa.
La votación requiere un registro previo y permite emitir un voto por categoría cada día, con renovación del permiso al día siguiente. El reconocimiento a los ganadores es simbólico y no representa una remuneración económica.
Más allá del resultado, la historia de María Isabel Hurtado muestra cómo una iniciativa nacida en la sala de una casa puede convertirse en un refugio para cientos de niños. En Buenaventura, donde tantas familias buscan oportunidades en medio de la violencia y las carencias, ella apostó por los libros para abrir una puerta que muchos creían cerrada.
Su participación en Titanes Caracol también puede ayudar a visibilizar una pregunta que va más allá de una competencia: qué necesita una organización comunitaria para continuar protegiendo a la infancia cuando los recursos escasean y las necesidades siguen creciendo.
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