Limitar las pantallas en las escuelas es acertado, pero el debate de fondo es reconstruir los vínculos reales que hoy faltan en la adolescencia

 - Sin el celular en los colegios, los jóvenes tendrán que enfrentarse a nueve horas de soledad
Texto escrito por: Diana Carolina Martínez Sánchez
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La creciente regulación del uso de teléfonos celulares en las escuelas, una tendencia que ya se ha extendido por varios países y que comienza a consolidarse también en Colombia, responde a una preocupación legítima. Los estudiantes necesitan aprender a gestionar el tiempo que dedican a estos dispositivos, tanto dentro como fuera del colegio. No es una inquietud infundada. El informe más reciente de la Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC) reveló que los adolescentes colombianos entre los 14 y los 17 años pasan, en promedio, casi nueve horas diarias frente al celular durante la semana.

Quise contrastar esa cifra con mi propia experiencia docente. Les pedí a mis estudiantes que revisaran la aplicación Bienestar Digital de sus teléfonos y el resultado confirmó el informe: la mayoría registraba entre seis y catorce horas diarias de uso. Ver que algunos adolescentes pasaban hasta catorce horas frente a la pantalla me llevó a replantear el problema. Dejé de pensar que se trataba únicamente de una adicción a la tecnología y empecé a preguntarme si esas horas no reflejaban una realidad más profunda: jóvenes que permanecen conectados porque, fuera de la pantalla, encuentran cada vez menos compañía. Una soledad que el celular no crea, pero que sí mantiene ocupada.

Desde esa perspectiva, la regulación del uso de los dispositivos móviles resulta necesaria, pero insuficiente. Limitar el tiempo de pantalla puede reducir la exposición al teléfono, pero difícilmente resolverá las condiciones que llevan a tantos adolescentes a buscar en él una compañía permanente. El riesgo de centrar el debate exclusivamente en el dispositivo es perder de vista el problema de fondo: el debilitamiento de los vínculos familiares, comunitarios y sociales que tradicionalmente acompañaban la adolescencia.

Zygmunt Bauman advirtió que vivimos en una época de vínculos cada vez más frágiles. Aunque escribió antes del auge de las redes sociales, su diagnóstico parece describir el presente. Las largas jornadas laborales, el agotamiento cotidiano, la transformación de las dinámicas familiares y el deterioro de la vida comunitaria han reducido el tiempo para conversar, compartir o simplemente estar presentes. El teléfono inteligente no produjo esa fragilidad; simplemente encontró un espacio que ya estaba vacío.

Como explica Sherry Turkle, la tecnología ofrece la ilusión de compañía sin las exigencias que implica construir una relación real. A ello se suma otro cambio profundo: los adolescentes casi ya no habitan la calle. La inseguridad, la desaparición del juego libre y la reducción de los espacios de encuentro han trasladado buena parte de la vida social a la pantalla. Jonathan Haidt señala que esta generación pasó de crecer en parques y barrios a hacerlo frente a un algoritmo.

Por eso, la pregunta no debería limitarse a cuántas horas puede usar un adolescente el celular sin afectar su rendimiento escolar. La cuestión de fondo es por qué tantos jóvenes encuentran en una pantalla aquello que antes ofrecían la familia, los amigos y la comunidad.

Regular el uso de los teléfonos es una decisión acertada y necesaria. Sin embargo, ninguna norma podrá sustituir una conversación pendiente con los hijos, un parque recuperado para el encuentro, una escuela que fortalezca el sentido de comunidad o una sociedad que vuelva a valorar el tiempo compartido. Los algoritmos han aprendido a captar nuestra atención porque nosotros hemos dejado de cuidar, con la misma intensidad, los espacios donde se construye la presencia humana. Quizá el verdadero desafío no consista únicamente en reducir las horas de pantalla, sino en reconstruir los vínculos que hagan posible que los adolescentes ya no necesiten buscar en un celular la compañía que deberían encontrar en la vida real.

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