Texto escrito por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares
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Recuerdo que ese año estábamos en plena celebración de las fiestas aniversarias de la municipalidad de El Bagre y el alcalde, Harold Alonso Echeverri Avendaño, contrató a Tomás Alfonso Zuleta Díaz como el principal cantante de aquellas celebraciones.
De esas cosas que uno tiene como funcionario, los acompañé a un almuerzo sencillo en la plaza de mercado y, en un descuido del alcalde, mientras pagaba la cuenta, me dirigí al cantante con el respeto debido y le dije: “Maestro, me ha dolido mucho lo de su hermano Héctor”.
Entonces me miró y me dijo: “Ese dolor lo llevaré para siempre hasta la eternidad”.
Se trataba de Héctor Arturo Zuleta Díaz, un acordeonero que estaba destinado en la historia para ser el mejor, pero las cosas del destino marcaron otro camino. De allí la letra de la canción, de autoría de Juan Segundo Lagos, que comienza con esta maravilla:
“Había un muchacho querido por todo el mundo, que en pocos años demostró lo que iba a ser, grande como sus hermanos, como Poncho y Emiliano, pero Dios mandó por él”.
En el folclor vallenato de los años 70 y principios de los 80, llevar el apellido Zuleta Díaz era una bendición y, al mismo tiempo, una sombra gigante. Sin embargo, Héctor Arturo no necesitó colgarse del prestigio de su padre, "El Viejo Mile", ni de la fama de sus hermanos Poncho y Emiliano. Él tenía su propia luz.
Quienes lo conocieron en su natal Villanueva, La Guajira, lo recuerdan como un muchacho que tocaba el piano de oído, que dominaba la caja y las tumbadoras con un instinto natural antes de rendirse por completo al fuelle del acordeón.
No solo ejecutaba el instrumento con una madurez impropia de su edad; Héctor Arturo improvisaba versos con rapidez mental y componía con la hondura de un viejo sabio.
Con apenas 15 años de edad ya había firmado clásicos imborrables como aquella inolvidable canción titulada “Homenaje a la vieja Sara”, que desde ese momento comenzó a forjar su dimensión como compositor, aparte de ser acordeonero.
Todavía se recuerda la época dorada que comenzó cuando hizo pareja musical con el cantante Adanies Díaz. De esa unión nacieron páginas doradas del vallenato auténtico y parrandero en álbumes como Pico y Espuela, así como canciones de su autoría: Flor de mayo, Me deja el avión y Vendo el alma, que se convirtieron en verdaderos himnos de reconciliación para aquellos amores que empezaban a estropearse, pero que con esas letras se curaban en menos de una semana.
La crónica de su vida está marcada por una coincidencia mística e inquietante que los viejos parranderos de Valledupar aún comentan en voz baja: Héctor compuso la letra de Penas de un soldado, una canción grabada por Diomedes Díaz, que es una desgarradora historia que narra el infortunio y la tragedia que sufre un militar que prefiere salirse de las filas para estar con su amada, pero que termina muerto por ese mismo destino caprichoso y cruel.
Salgamos de esto y vamos a la mañana del domingo 8 de agosto de 1982, cuando para muchos se partió en dos la historia del vallenato. Fue en Valledupar cuando las balas silenciaron el corazón del joven acordeonero que apenas rozaba los 21 años de edad, que de paso le cortó el futuro a su joven pareja Luz Eneida Amaya y a un hijo de escasos meses nacido de ese amor.
Alguna vez Juan Rincón Vanegas, un purista del folclor, escribió: “Poco o nada hay que agregar a El Difunto Trovador buscando reconocer sus dotes de acordeonero prodigioso de estilo transgresor, abridor de caminos y escuela perdurable en el tiempo. Sólo falta decir que ha sido, intencionalmente o no, silenciado, relegado a un segundo o tercer plano en los cuadros de honor de la industria cultural en la que se ha convertido la música vallenata, a pesar de su completitud y originalidad”.
La primera composición, como ya se dijo, fue una elegía llamada Homenaje a la Vieja Sara, grabada por Los Hermanos Zuleta en el álbum El Reencuentro de 1975, en donde quedaba clara la sensibilidad del joven juglar que en ese profundo lamento buscó consolar a su padre y al maestro Escalona por la pérdida sensible de la matrona de El Plan.
De todas sus canciones, hay una que siempre busco que me la repitan y se llama Vendo el alma, grabada por Diomedes y Juancho Rois en el álbum La Locura de 1978. Se trata de una pieza que describe las angustias que uno siente a cierta edad: “El alma de un hombre joven la están vendiendo, si alguien quiere negociarla puede buscarme, yo no la quiero tener porque soy cobarde, por falta de valentía me está enloqueciendo”.
Sin embargo, no se puede olvidar una letra como Flor de Mayo, grabada por Jorge Oñate y el Chiche Martínez en el álbum Siempre Unidos de 1979.
En algunas estrofas dice así:
“Como yo sólo me hice flor de mayo, no tengo nada que pedirle a nadie. No tengo ni raíz ni tallo, ni ramita pa guindáme. A mí no hay pa qué agarrarme, yo sólo soy flor de mayo”.
Sus composiciones más recordadas, aparte de las antes nombradas, están enmarcadas en el desamor, siendo estas grabadas por Diomedes Díaz en diferentes épocas y mostrándonos a un compositor y amante de carácter fuerte y decidido.
La que primero se grabó fue Me deja el avión, incluida en el álbum De Frente de Diomedes y el Debe López de 1977 y es, a la vez, la más orgullosa de todas en la forma de vivir la afrenta de amor:
Ay, me importa un carajo que te hayas quedado con ese señor. Yo sé que tú piensas que yo ando borracho y llorando por ti, me da mucha pena tener que decirte que no ha sido así: ¡pues yo soy un hombre y hay muchas mujeres mejores que tú!
En el registro de la auténtica música vallenata quedó el nombre del célebre acordeonero Héctor Arturo Zuleta Díaz, quien nació en Villanueva el jueves 29 de septiembre de 1960, y durante su corta vida, 21 años y 10 meses, escribió una historia propia que todavía tiene injerencia por su calidad interpretativa y por sus canciones.
Hoy, a más de cuatro décadas de su partida, la memoria vallenata se niega a ponerle canas a Héctor Arturo. Sigue siendo ese muchacho sonriente, de dedos ágiles y alma libre, cuyo acordeón nunca dejó de sonar.
Había un muchacho querido por todo el mundo,
que en pocos años demostró lo que iba a ser,
grande como sus hermanos, como Poncho y Emiliano,
pero Dios mandó por él.
Por todas partes se hablaba de su talento,
y era un prodigio para tocar su acordeón,
era un músico completo, todos le tenían respeto,
porque sabían de su don.
Los primeros versos eran un lamento que nació del alma,
con qué sentimiento le cantaba estos
a su vieja Sara.
Y así comenzó su fama y creciendo todo el tiempo,
solo con cantar un verso los aplausos se robaba.
El pueblo orgulloso contento con su lira
decía satisfecho: al fin llegó el mejor.
… y no era mentira, él era la esperanza del folclor.
Era preciso que pasaran muchos años,
para que el tiempo demostrara que hoy por hoy
nadie ha superado a Héctor, nadie ha tenido el talento
del difunto trovador.
En el recuerdo de muchos quedó una escuela,
generaciones aprenden su estilo fiel y aunque el fundador se fuera,
los alumnos siempre llegan a escuchar las notas de él.
Y hoy reconocemos que hay valores nuevos
dignos exponentes, y también es cierto que hay músicos buenos
y otros excelentes.
Pero de todas maneras nunca estamos satisfechos,
porque el vallenato sueña
que ojalá volviera Héctor.
Era provinciano, de alma sencilla,
amaba la vida, amaba a su región,
y no era mentira,
él era la esperanza del folclor.
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