Colombia conoce las heridas del Caquetá. Lo que todavía no conoce es todo lo que ese territorio puede aportar al país

 - EL CAQUETÁ QUE COLOMBIA NO HA SABIDO MIRAR
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Colombia tiene una manera particular de mirar al Caquetá. Lo recuerda cuando aparece la violencia, cuando la deforestación vuelve a los titulares, cuando se habla de cultivos ilícitos o cuando alguna estadística revela las dificultades de una región que parece demasiado distante para el centro del país. Después, el Caquetá vuelve a desaparecer de la conversación nacional.

Así se ha construido una imagen: un departamento lejano, amazónico, conflictivo, con pobreza y necesidades de inversión. Una región que reclama carreteras, oportunidades y presencia del Estado.

Esa realidad existe. Pero quedarse en ella termina produciendo una mirada incompleta.

El Caquetá ha sido mirado demasiadas veces desde lo que le falta y muy pocas desde lo que puede llegar a ser.

Cuando un territorio aparece permanentemente como receptor de ayudas, termina ocupando un lugar secundario en la conversación nacional. Se habla de lo que necesita, de lo que reclama, de lo que el Estado debe llevarle. Mucho menos de lo que puede producir, aportar, transformar y decidir.

Ahí comienza una discusión que el Caquetá tiene pendiente consigo mismo.

Un territorio no es la superficie coloreada en un mapa. El mapa permite ubicarlo, pero no explica la vida que sucede dentro de él. No muestra las relaciones entre quienes viven en el campo y quienes viven en la ciudad, las historias familiares, los conocimientos acumulados durante generaciones ni las razones que llevan a un joven a quedarse o a marcharse.

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El territorio empieza donde el mapa deja de explicar.

Esta diferencia también cambia la manera de pensar el desarrollo. Durante décadas hemos actuado como si todos los lugares tuvieran que recorrer el mismo camino para demostrar que progresaron: más infraestructura, más producción, más inversión, más crecimiento. Todo eso importa. Pero ninguna de esas variables, por sí sola, explica qué significa vivir mejor en un territorio como el Caquetá.

La pregunta merece ser formulada desde allí: ¿qué significa progresar en una región amazónica?

No es igual construir futuro en una gran ciudad que hacerlo en un departamento donde la riqueza ambiental forma parte de su identidad y donde miles de personas necesitan, al mismo tiempo, oportunidades concretas para estudiar, trabajar y prosperar.

El Caquetá obliga a mirar de frente una tensión que durante años hemos tratado por separado: proteger la naturaleza y generar bienestar. Como si hubiera que escoger.

No.

El verdadero desafío está en encontrar una forma de producir, crecer y generar oportunidades sin destruir aquello que hace estratégico al territorio.

La biodiversidad es una riqueza, pero no paga por sí sola la matrícula de un estudiante. La selva es un patrimonio, pero no reemplaza un empleo. Una carretera conecta lugares, pero no garantiza que una familia mejore su vida. Una cifra de inversión tampoco dice cuántas posibilidades nuevas tiene una persona.

El desarrollo empieza a tener sentido cuando amplía las posibilidades de la gente.

Por eso la conversación sobre los jóvenes resulta inevitable. ¿Qué encuentra un muchacho en Caquetá cuando termina el colegio? ¿Puede estudiar? ¿Puede trabajar? ¿Puede emprender? ¿Puede formar una familia? ¿Puede imaginar una vida digna sin que la única alternativa para progresar sea marcharse?

Una región que pierde a sus jóvenes pierde mucho más que población.

Pierde una parte de su futuro.

Durante años el país ha pensado las regiones desde el centro. Diseña políticas, asigna recursos, anuncia programas y espera resultados. Pero ninguna oficina puede conocer completamente un territorio que observa desde la distancia.

Quien vive allí sabe cosas que no aparecen en los informes. Conoce dónde está la oportunidad, dónde se quedó el Estado, qué funciona, qué fracasó y qué posibilidades siguen esperando una decisión.

Por eso el departamento necesita algo más que recursos nacionales. Necesita construir una conversación propia sobre su futuro: qué quiere producir, qué quiere proteger, cómo quiere educar a sus jóvenes, qué oportunidades quiere crear y qué relación quiere establecer con la Amazonía y con el resto del país.

Esa conversación también exige una responsabilidad hacia adentro.

Un territorio que se acostumbra a hablar solamente de lo que le deben termina olvidando lo que puede construir.

El Caquetá necesita mirarse con mayor ambición. No para parecerse a Bogotá, Medellín o Cali, sino para encontrar su propio lugar. Una región amazónica puede generar conocimiento, producir riqueza, crear oportunidades, proteger su patrimonio natural y participar activamente en la construcción nacional.

Colombia también necesita aprender a mirarlo de esa manera.

Quizá la pregunta ya no debería ser cuánto necesita el Caquetá de Colombia.

La pregunta debería ser qué puede aportarle el Caquetá a Colombia.

Ese cambio parece pequeño, pero modifica la conversación. Cuando un territorio deja de pensarse como periferia, empieza a reclamar otro lugar. Y cuando comienza a preguntarse qué puede aportar, también tiene que preguntarse quién será capaz de convertir esas posibilidades en realidad.

Ahí la discusión cambia de escala.

Del departamento tendremos que pasar a su capital.

Porque si Caquetá quiere discutir seriamente su lugar en Colombia, habrá que preguntarse si Florencia está preparada para asumir el lugar que le corresponde en ese futuro.

Y esa ya es otra conversación.

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Por Germán Alberto Bermúdez Ordoñez

Soy escritor, educador y veterano de guerra colombiano. Mi trayectoria integra liderazgo militar, pedagogía humanista y reflexión filosófica, orientada a comprender y transformar los procesos humanos y sociales en contextos de conflicto, posconflicto y construcción de paz.