Un examen estandarizado no borra las brechas sociales: la discusión sobre cómo la prueba Saber 11 mide el desempeño pero no el mérito real

 - El Icfes muestra los puntajes, pero no cuenta la historia de quienes presentaron la prueba con el estómago vacío
Texto escrito por: Jonathan Rincón Prieto
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Un estudiante del Gimnasio Moderno y uno de la Institución Educativa El Crucero, una escuela rural de Sogamoso, pueden presentar la misma prueba Saber 11. Responden las mismas preguntas, bajo las mismas reglas y son evaluados con la misma escala. Hay en ello una forma evidente de igualdad: el instrumento es común.

Pero la igualdad del instrumento no significa igualdad de las condiciones desde las cuales ese instrumento adquiere significado.

Los dos estudiantes no necesariamente han tenido los mismos profesores, recursos, oportunidades de aprendizaje, capital cultural o condiciones familiares. Tampoco han recorrido trayectorias educativas equivalentes. Por eso, aunque podamos comparar legítimamente sus resultados en la prueba, resulta más problemático convertir esa comparación en una medida del mérito de cada uno.

Aquí la crítica de Michael Sandel a la meritocracia resulta especialmente pertinente. El éxito individual nunca es únicamente producto del esfuerzo individual. Los talentos, las oportunidades y las condiciones que permiten transformar el esfuerzo en resultados también dependen de circunstancias que nadie escogió. El problema aparece cuando una sociedad convierte el éxito en mérito moral y, por extensión, el fracaso en responsabilidad individual.

Esto adquiere una importancia particular cuando el resultado del examen interviene en el acceso a la educación superior. La prueba no solo mide: puede contribuir a distribuir oportunidades. Y entonces aparece una pregunta que deberíamos tomarnos en serio: ¿qué significa utilizar una medición común para distribuir oportunidades entre estudiantes que no han tenido condiciones comunes para producir aquello que estamos midiendo?

No se trata de afirmar que el ICFES sea inútil ni de negar el valor del desempeño. Se trata de distinguir entre igualdad de medición y justicia de interpretación. Podemos aplicar exactamente la misma prueba a todos y, al mismo tiempo, interpretar sus resultados dentro de una estructura social profundamente desigual.

John Rawls ya había señalado que muchas de las ventajas que determinan nuestras posibilidades no son mérito de quienes las poseen. El problema educativo aparece cuando olvidamos esta distinción y transformamos una ventaja acumulada en una explicación individual del éxito.

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El puntaje debería decirnos cuánto obtuvo un estudiante en una prueba. No debería decirnos cuánto vale ese estudiante.

Cuando una cifra comienza a funcionar como identidad —«soy inteligente porque obtuve un puntaje alto», «no soy capaz porque obtuve uno bajo»— la evaluación ha dejado de ser solamente un instrumento de medición. Se ha convertido en una arquitectura de significado.

Por eso la discusión sobre el ICFES no debería limitarse a preguntar si la prueba es igual para todos. La pregunta más profunda es qué hacemos con esa igualdad cuando las condiciones de partida no lo son.

La estandarización iguala el instrumento, pero no necesariamente iguala las condiciones desde las cuales el instrumento adquiere significado.

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