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Son curiosas las palabras nuevas y fofas para reeditar el ruido de hechos viejos. Sucedió el 9 de junio de 1954 cuando un número de estudiantes que las cifras oficiales sitúan en 11, pero los testimonios de quienes lo presenciaron recuerdan en decenas, fueron asesinados por soldados, a fuego y a sangre que decir fría resulta poco.
Ocurrió en la dictadura de Rojas Pinilla quien aprovechó la manifestación estudiantil que protestaba por el asesinato policial de Uriel Gutiérrez el día anterior en la Universidad Nacional en Bogotá, todo para sentar autoridad, para decir que no cedería al comunismo ni al terrorismo, al desorden, todo para reiterar eso que resulta un prurito fuera de lugar y peligroso de que las universidades públicas son “santuario de la violencia”.
Tras la masacre, no es, pero parece broma, sin ningún gesto humano Rojas Pinilla cargado de engreimiento nombró rector de la Universidad a un coronel y fue abriendo así su propio y merecido abismo.
La memoria borrada es más peligrosa, sin duda alguna, que los delincuentes, incluso que los delincuentes que puede haber parapetados en los campus de universidades públicas. Porque es indudable que los hay, pero no es tildando a las universidades de peligrosas, acusando a las universidades de “estar dominadas por estructuras criminales”, como suelta al viento el alcalde de Medellín para arrojar más fuego al fuego, ni arremetiendo contra ellas, como puede enfrentarse eficazmente el problema.
No es posible, entonces, no es posible que un gobierno en estreno, el gobierno de ADLE, un gobierno nuevo que dice denunciar el mal gobierno anterior (que, en efecto, resultó fallido en muchos sentidos y turbio en redes de corrupción), acuda a palabras agrias; no es apropiado que se concentre en esto, mientras por otra parte el país vive las consecuencias de un terremoto devastador que ya parece olvidado y sigue viviéndose en pleno.
Si en las universidades se cometen o preparan delitos, las fuerzas del Estado pueden acudir a evitarlos, eso no está prohibido; pero eso es totalmente distinto a hacer caer sobre aquellas la tacha de espacios dominados por delincuentes, pues que se sepa, estudiantes, profesores, trabajadores, investigadores, científicos, familias alrededor del mundo universitario no son un grupo homogéneo que pueda catalogarse así.
Con estremecimiento se oyen testimonios de personas que vivieron el terremoto en Pereira. Cómo es que no podían sostenerse en pie durante minutos en la tierra ondulante, cómo vieron colapsar edificios, y vieron gente llorar, y seguir llorando, porque la magnitud del desastre se prolonga, sin viviendas, con viviendas que deben ser derruidas, con comercios cerrados del todo, sin trabajo, con dinero y sin posibilidad de comprar alimentos, con muertos por llorar y toda una suerte de penurias inimaginables que en la descripción distante simplemente pueden resultar amarillistas.
Igual que siempre, da la impresión de que el país, y con ello me refiero a la sociedad en su conjunto y a los gobiernos, a algunos y a muchos de nosotros, tenemos esa capacidad mimética de abrumarnos en un primer momento, hablar, gritar, dictar normas, hacer anuncios, rasgarnos vestiduras, y ya pasados unos días olvidar, simplemente pasar al siguiente punto del orden del día. El olvido, este sí en extremo peligroso.
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