La demolición de la histórica Institución Educativa El Bagre despierta nostalgia, pero abre paso a un moderno edificio para las nuevas generaciones

 - Las viejas paredes del liceo de El Bagre dan paso al nuevo colegio, pero el legado de cuatro generaciones sigue en pie
Texto escrito por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares

“Por ahí acaba de pasar una máquina que, según me dicen, es una piloteadora y creo que va rumbo al colegio”. Así me habló un amigo a través del teléfono, mientras acercaba el móvil para recrear la noticia con el ruido ensordecedor que hacía el armatoste, mientras era conducido al sitio en donde se llevan a cabo los trabajos de demolición de lo que fue para más de cuatro generaciones el Liceo donde nos formamos como bachilleres.

Desde lejos me parece escuchar los ecos de las máquinas en su frenética actividad para derruir los muros de la institución; pero algo me dice que ellos se derrumbaron hace tiempo, y fue el día en que se dejó de escuchar el alboroto que hacían los estudiantes ante el llamado del timbre para que ocuparan las aulas respectivas.

Pero sé también, así no tenga las pruebas para decirlo, que existen construcciones que sobreviven a cualquier demolición, porque nunca estuvieron hechas únicamente de ladrillos. El viejo Liceo de El Bagre es una de ellas.

Ahora que sus paredes comienzan a desaparecer para abrirle paso a una nueva infraestructura, el municipio presencia mucho más que una obra de ingeniería. Asiste al final visible de un capítulo que durante décadas escribió la historia de miles de familias.

Para quienes cruzamos alguna vez su portón de hierro, el liceo nunca fue solamente un colegio. Era una pequeña ciudad donde cabían todas las versiones de nuestra venerada adolescencia.

Allí aprendimos que la amistad podía durar más que un año escolar; que un profesor exigente podía convertirse, con el tiempo, en uno de los recuerdos más agradecidos; que los primeros sueños de futuro nacían en un pupitre de madera mientras afuera el sol caía con todo el rigor sobre los patios desprovistos de vegetación.

En sus corredores quedaron las conversaciones que tuvimos antes de un examen y los afanes para llegar al salón antes de que cerraran la puerta.

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La misma suerte corrieron los partidos de fútbol improvisados a la mitad de un corto recreo, y las miradas tímidas que, para muchos, fueron el comienzo de una historia de amor.

Cada salón guarda una generación distinta, pero todos conservan el mismo eco: el de una juventud convencida de que el mundo empezaba justo después del último timbre de la tarde.

Hoy, las máquinas hacen su trabajo con la precisión de quien no conoce la nostalgia. Derriban columnas, levantan nubes de polvo y reducen a escombros lo que durante años fue un refugio para el conocimiento.

Sin embargo, hay algo que ninguna pala mecánica puede remover: la memoria colectiva de un pueblo. Porque el valor de una institución educativa nunca ha estado en el concreto, sino en las personas que ayudó a formar.

De aquellos salones que el tiempo arruinaba poco a poco, salieron médicos, ingenieros, abogados, comerciantes, docentes, mineros, servidores públicos, madres, padres y ciudadanos que aprendieron allí las primeras lecciones para enfrentar la vida.

Cada uno se llevó un pedazo del liceo consigo, y por eso resulta imposible demolerlo del todo.

La noticia de su desaparición física provoca una inevitable melancolía. Es natural sentir que una parte de la infancia o de la juventud también cae con esos muros.

Pero sería injusto quedarse únicamente en la tristeza, porque donde hoy se levantan montañas de escombros, mañana crecerá un nuevo liceo.

Más moderno, más seguro, con espacios acordes a los desafíos de una educación que ya no es la misma de hace treinta o cuarenta años. Las nuevas generaciones merecen laboratorios, bibliotecas, tecnología y ambientes dignos para aprender.

Sería una contradicción defender el pasado si eso significara negarle el futuro a quienes apenas comienzan a escribir su historia.

Porque la verdadera grandeza de un pueblo consiste precisamente en eso: en ser capaz de honrar su memoria sin convertirse en prisionero de ella.

Quizá dentro de algunos años los estudiantes que ocupen el nuevo edificio no sepan exactamente dónde quedaba aquel salón donde tantas promociones vivieron sus mejores días.

Tal vez ignoren qué tipo de árbol daba sombra durante los descansos o en qué esquina se reunían los amigos para hablar de fútbol, de la vida y sus milagros y de las conquistas.

Pero eso también forma parte del paso del tiempo. Cada generación tiene derecho a construir sus propios recuerdos. Mientras tanto, quienes vimos crecer aquel viejo liceo seguiremos pasando por el lugar con una mezcla de gratitud y nostalgia. No para lamentar lo que desapareció, sino para reconocer que hubo un edificio que cumplió su misión: educar, reunir y sembrar esperanzas.

Los muros caerán. Las aulas cambiarán de forma. Incluso el paisaje será otro. Pero el verdadero liceo —ese que vive en la memoria de quienes aprendimos a soñar entre sus paredes— seguirá en pie mucho después de que el último escombro haya sido retirado.

Quienes alguna vez cruzamos la puerta para ingresar a diario, sabemos que el liceo nunca fue solamente un colegio.

Allí estaban los salones donde los exámenes finales y los parciales, cuando existían, evaluaban, de alguna manera, nuestros conocimientos; los estrechos corredores donde nacían amistades que sobrevivieron al desquiciado tiempo; la cancha donde una derrota parecía el fin del mundo y una victoria era como tocar la gloria con las manos y sentirse invencible.

Fue en aquellas aulas donde aprendimos matemáticas, historia y gramática, - o al menos lo intentamos, - pero también aprendimos a perder, a ganar, a enamorarnos por primera vez y a descubrir que el futuro comenzaba justo después de graduarnos.

La historia de este plantel empezó antes de que muchos de nosotros naciéramos. Los relatos que hemos consultado para estas memorias, cuentan que en 1971 comenzó la construcción de la sede principal que hoy es pasto de las máquinas destructoras.

Seis años después, en 1977, egresaron sus primeros bachilleres y, con el paso del tiempo, el antiguo Liceo El Bagre terminó convirtiéndose en uno de los símbolos educativos más importantes del Bajo Cauca.

En el 2003 adoptó el nombre de Institución Educativa El Bagre, integrando otras sedes y ampliando su misión eMuchos tuvieron que marcharse para perseguir sus sueños, buscar nuevas oportunidades de vida, pero jamás dejaron de decir con orgullo dónde cursaron el bachillerato.

Ese es el extraño poder que tienen los colegios: nunca dejan de pertenecerles a quienes ya se fueron. Por eso resulta imposible mirar la demolición sin que algo se nos resquebraje por dentro. De tal suerte que sería injusto, por decir lo menos, convertir esta historia en un simple lamento.

Porque mientras el edificio desaparece, otro comienza a imaginarse. En su lugar se levantará una nueva sede de cuatro pisos, con laboratorios, biblioteca, espacios deportivos y aulas modernas, financiada mediante el mecanismo de Obras por Impuestos cancelados por la empresa minera, un proyecto que busca responder a las necesidades educativas de las nuevas generaciones.

Más de mil estudiantes serán los beneficiarios de esa transformación. La paradoja es hermosa. El viejo liceo tiene que desaparecer para darle paso a uno nuevo, pero con la misma misión que lleva en su piel: brindar educación a las nuevas generaciones. Es la ley darwiniana de la vida.

Hay quienes sienten tristeza al ver caer las paredes donde otrora musitaban las primeras palabras en idiomas extraños en aquel pueblo: en inglés o en francés.

Otros sienten ilusión al imaginar el edificio que vendrá. Ninguno está equivocado. La nostalgia y la esperanza pueden caminar de la mano porque los pueblos también crecen cuando son capaces de despedirse.

Dentro de algunos años, los estudiantes recorrerán pasillos nuevos. No conocerán las viejas baldosas, ni los pupitres gastados por generaciones enteras, ni el árbol que daba sombra en los recreos. Tendrán otros recuerdos, otros profesores inolvidables y otras historias que algún día también contarán con emoción.

Algunos buscarán con avidez los libros en la nueva biblioteca, y acaso encontrarán direcciones en los computadores para volverlos a leer con la misma emoción del que lo hizo por primera vez cuando apenas tenía 15 años de edad.

Así funciona la memoria: nunca compite con el futuro. Las máquinas seguirán su labor durante las próximas semanas y convertirán en escombros lo que durante décadas fue un hogar para el conocimiento. Pero cuando el último ladrillo desaparezca, habrá algo que seguirá intacto.

Ninguna máquina, por más retroexcavadora que sea, puede demoler una conversación entre amigos ocurrida hace treinta y tantos años. Ninguna máquina puede derribar la emoción de recibir el diploma de bachiller en una noche decembrina. Ninguna obra puede borrar el lugar donde un muchacho descubrió cuál sería el rumbo de su vida.

Quizá el destino de la Institución Educativa El Bagre siempre estuvo escrito como el del legendario ave Fénix. No porque el fuego haya consumido sus muros, sino porque el tiempo terminó cumpliendo la misma tarea: reducir a escombros aquello que ya había cumplido con dignidad su misión. Pero el Fénix no muere para desaparecer, lo hace y de qué hermosa manera, para renacer.

Eso es lo que ocurre hoy en este rincón del Bajo Cauca. Mientras el viejo edificio se desvanece entre el polvo y el estruendo de la maquinaria, comienza a levantarse la promesa de otro liceo, uno capaz de responder a los sueños de quienes apenas empiezan a escribir su historia.

Y quién lo creyera, pero en esta historia también hay nombres propios que merecen permanecer cuando el polvo de la demolición se asiente. Porque las instituciones no son únicamente ladrillos; son las personas que las sostienen.

Por esos corredores caminaron maestros que enseñaron mucho más que una asignatura. Algunos dejaron fórmulas y fechas; otros sembraron disciplina, carácter, curiosidad o el hábito de leer.

Todos, de una u otra manera, ayudaron a levantar una obra mucho más resistente que el concreto: la formación de generaciones enteras.

Y si hoy el viejo edificio se despide con dignidad, también es justo reconocer a quienes han tenido la responsabilidad de conducir la institución en sus distintas épocas. Entre ellos, el actual rector Willian Aldemar Machado Andrade, quien conoce este colegio desde adentro: primero como docente de Humanidades y, desde el 2008, como rector.

Él, en sus silencios personales sabe que le ha correspondido enfrentar momentos difíciles, recuperar la confianza de la comunidad educativa y, ahora, liderar la transición hacia la construcción del nuevo plantel, quizá el desafío más grande en la historia reciente de la Institución Educativa El Bagre.

Cuando el nuevo edificio abra sus puertas, las generaciones futuras verán paredes recién pintadas y aulas modernas. Pero detrás de cada salón seguirá latiendo el trabajo silencioso de quienes dedicaron su vida a enseñar.

Porque un colegio nunca se construye solo con cemento; se levanta, todos los días, con la vocación de sus maestros.

Y mientras unos observan la demolición del edificio, él ha tenido que imaginar, junto con la comunidad educativa, el nacimiento de una nueva casa para el conocimiento.

Insisto en esto: la Institución Educativa El Bagre se parece al ave Fénix. No renace porque olvide su pasado, sino precisamente porque lo honra.

De las cenizas de un edificio que durante más de cincuenta años acogió los sueños de miles de jóvenes surgirá otro más fuerte, más moderno y mejor preparado para las generaciones que vienen.

Los ladrillos cambiarán. Los corredores tendrán otro color. Las ventanas mirarán el mismo cielo del Bajo Cauca desde una arquitectura distinta.

Pero mientras exista un solo egresado que recuerde la voz de un maestro, una enseñanza que le cambió la vida o la emoción de haber cruzado por primera vez el portón del viejo liceo, la Institución Educativa El Bagre seguirá demostrando que hay obras que nunca terminan de construirse... porque permanecen para siempre en la memoria de un pueblo.

Cuando dentro de algunos meses el último muro de la Institución Educativa El Bagre termine de caer, no habrá retroexcavadora capaz de derribar el recuerdo de aquellos profesores que hicieron del aula un lugar para aprender a vivir.

Ahí seguirán, intactos en la memoria de sus alumnos, maestros como Alcides Alfonso Gómez Pérez, Manuel de Jesús Tovar Ruiz, Elvia Regina Galván de Mejía, Noelia Rúa, Francisco “Pacho” Escobar, Nohemí Arango, Olga Atencia, Mercedes Barreiro, Luz Miriam Vásquez, Ana Lucía Mercado, Gildardo Holguín, Carlos Mario Mesa Sierra, Ricardo Casadiego, Héctor Hoyos, Hildebrando Peña, Reinaldo Rodas, Joaquín Naranjo, Dubermary Gómez, entre tantos otros que entregaron su vida a la enseñanza.

Ellos entendieron que educar no consistía únicamente en dictar una clase. Era sembrar carácter, despertar preguntas, corregir con firmeza cuando era necesario y celebrar en silencio cada logro de quienes un día ocuparon aquellos pupitres.

La lista, gracias a Juana Elena, Marta Ligia y el profe Pedro, creció con los siguientes nombres: Isabel Herrera, Estela Toro, Fermín Mena, Pedro Nel Galvis, Lucy Ruiz, Alejandro y Fernando Aguilar, Julián Bedoya, Mirian Alvis, Yolanda Ruiz, Rocío Pineda y Eugenia Arévalo.

Con el respeto que se merecen, hago un pequeño alto en esta crónica para dedicarle unas letras a estos formadores de mejores personas: nuestros profesores. La labor del maestro en el Bajo Cauca antioqueño es un acto de resistencia, amor y profunda transformación social.

En una región tan marcada en la historia por la complejidad del territorio, el docente se convierte en el faro que disipa la incertidumbre y siembra esperanza en las aulas de Caucasia, El Bagre, Tarazá, Zaragoza, Cáceres y Nechí.

Su tarea trasciende los tableros y los libros de texto; son artesanos de paz que, con una paciencia infinita, rescatan los saberes de la tierra, acogen la diversidad de sus comunidades y moldean la arcilla del futuro en medio de las realidades ribereñas y mineras.

Formar generaciones enteras en esta hermosa esquina de Antioquia significa tejer un lazo eterno con la identidad y el progreso de su gente. Estos educadores no solo dictaron lecciones, sino que despertaron la conciencia crítica, sanaron heridas con la palabra y enseñaron a los jóvenes a mirar sus ríos, no como un límite, sino como un camino con infinitas posibilidades para conocer.

Hoy, miles de profesionales, líderes comunitarios y familias trabajadoras llevan en su memoria el eco de la voz de aquellos maestros rurales y urbanos, quienes con su entrega incondicional demostraron que la educación es la herramienta más poderosa para transformar el Bajo Cauca.

Especial agradecimiento a quienes tuvieron en sus manos la responsabilidad de conducir los destinos de nuestra amada institución: Mario Aníbal Valencia Valencia, Ramiro Restrepo Molina, Heriberto Stuart Montoya, Hernando del Castillo Ríos, Hermana María Moreno Chávez, Ciro Antonio Robledo Torres, Clara Eugenia Moore Acosta, Agustín Urrutia Mosquera y Jairo Ibargüen Perea.

"Y cuando la última pared del viejo liceo caiga, no caerán con ella don Alfonso “El “Teacher”, Manuel, la profesora Elvia, ni el rector Willian. Ellos, como tantos otros maestros, seguirán dando clases en el único salón que el tiempo nunca consigue demoler: la memoria de sus estudiantes".

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