La verdadera batalla cultural no es imponer un relato, sino encontrar uno capaz de mantener unida a una sociedad diversa

 - Más allá de la batalla cultural

Más allá de la batalla cultural: del patriotismo constitucional al florecimiento constitucional

“Las constituciones pueden impedir que una sociedad se destruya. Pero, por sí solas, no garantizan que esa sociedad aprenda a florecer.”

Al finalizar mi artículo de la semana pasada dejé planteada una pregunta que considero decisiva para el futuro de Colombia. Si una democracia no puede sostenerse sobre una batalla cultural permanente, ¿sobre qué puede sostenerse? Es una pregunta mucho más profunda de lo que parece.

Porque, después de escuchar el debate sobre la llamada batalla cultural promovida por el nuevo gobierno y de reflexionar sobre las ideas de Yuval Noah Harari acerca del enorme poder de las narrativas, comprendí que el verdadero desafío no consiste en decidir cuál relato debe imponerse. El desafío consiste en descubrir qué tipo de relato permite que una sociedad profundamente diversa siga viviendo unida. Y para responder esa pregunta vale la pena acudir a uno de los filósofos políticos más importantes del último siglo.

La respuesta de Habermas

Jürgen Habermas dedicó buena parte de su vida a responder una inquietud nacida de una tragedia histórica: ¿Cómo podía Alemania volver a construir una democracia después del nazismo? ¿Cómo podía una sociedad evitar que una identidad nacional terminara convirtiéndose nuevamente en una herramienta de exclusión?

Su respuesta fue revolucionaria. Las democracias modernas ya no podían fundarse sobre una única religión. Ni sobre una única ideología. Ni sobre una identidad cultural homogénea. Las sociedades contemporáneas son demasiado diversas. Pretender uniformarlas conduce inevitablemente a la exclusión.

Por eso propuso una idea extraordinariamente sencilla y poderosa. Los ciudadanos no necesitan compartir la misma cultura. Necesitan compartir el mismo compromiso con la Constitución. A esta idea la llamó patriotismo constitucional.

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No significa amar menos al país. Significa amarlo desde un lugar diferente. No porque todos pensemos igual. Sino porque todos aceptamos las reglas democráticas que hacen posible convivir siendo distintos. Quizá esta sea una de las ideas políticas más importantes del último siglo. Porque desplaza el centro de gravedad de la identidad nacional. La unidad deja de construirse alrededor de una identidad única. Empieza a construirse alrededor de derechos compartidos.

Colombia ya dio ese paso

Tal vez sin utilizar ese lenguaje filosófico, Colombia hizo algo semejante en 1991. Nuestra Constitución reconoció que el país no era una comunidad uniforme. Era una nación plural. Con pueblos indígenas. Con comunidades afrodescendientes. Con diversas religiones. Con múltiples corrientes políticas. Con distintas formas de entender la familia, la cultura y la vida.

En lugar de exigir una única identidad nacional, decidió construir un marco común donde todas esas diferencias pudieran coexistir. Fue un salto extraordinario. Pero hoy empiezo a preguntarme si, treinta y cinco años después, esa respuesta sigue siendo suficiente.

El nuevo desafío del siglo XXI

Vivimos en una época muy distinta a la de Habermas. Las redes sociales fragmentan las conversaciones. La inteligencia artificial transforma la información. Los algoritmos fortalecen las cámaras de eco. La confianza en las instituciones disminuye. La polarización aumenta. Las personas ya no solamente discrepan. Empiezan a vivir en realidades distintas.

Y entonces aparece una nueva pregunta. No basta con preguntarnos cómo convivir. Tenemos que preguntarnos cómo prosperar juntos. Porque una sociedad puede respetar formalmente los derechos humanos y, sin embargo, vivir atrapada en la desconfianza, el aislamiento, la polarización y el deterioro del tejido social. Puede coexistir sin florecer.

Del patriotismo constitucional al florecimiento constitucional

Aquí quisiera proponer una idea que apenas comienzo a desarrollar. Creo que las democracias necesitan dar un paso adicional. Si el patriotismo constitucional permitió responder la pregunta sobre cómo convivir siendo diferentes, el siglo XXI nos obliga a formular otra: ¿Cómo construimos las capacidades culturales que permitan a esas diferencias convertirse en una fuente de aprendizaje colectivo y no de confrontación permanente?

A esta evolución la llamaría florecimiento constitucional.

No sustituye el patriotismo constitucional. Lo completa. Porque las constituciones garantizan derechos. Pero no producen confianza. Protegen libertades. Pero no enseñan a colaborar. Organizan el poder. Pero no crean comunidades. Reconocen la diversidad. Pero no generan automáticamente un sentido de propósito compartido. Todo eso pertenece al mundo de la cultura.

Una democracia también necesita capacidades

Quizá durante demasiado tiempo pensamos que fortalecer la democracia consistía únicamente en fortalecer las instituciones. Hoy sabemos que no es suficiente. Una democracia necesita ciudadanos capaces de escuchar. De deliberar. De cooperar. De resolver conflictos. De verificar información. De ejercer pensamiento crítico. De cuidar bienes comunes. De construir confianza con quienes piensan distinto.

Esas capacidades no aparecen espontáneamente. Se aprenden. Y si no las cultivamos, ninguna Constitución será suficiente para proteger la democracia de la polarización permanente.

Aquí aparece Colombia es buena

Precisamente allí encuentro el sentido más profundo del movimiento Colombia es buena y vale la pena cuidarla.

Nunca lo imaginé como una campaña de optimismo. Ni como una estrategia de comunicación. Mucho menos como una narrativa que buscara derrotar otra narrativa. Empiezo a verlo como algo diferente. Como una infraestructura cultural para el florecimiento constitucional.

Cuando promovemos educación cívica estamos fortaleciendo capacidades democráticas. Cuando construimos comunidades de liderazgo estamos fortaleciendo capacidades democráticas. Cuando conectamos universidades, empresas, organizaciones sociales, conjuntos habitacionales y gobiernos locales estamos fortaleciendo capacidades democráticas. Cuando enseñamos pensamiento crítico estamos fortaleciendo capacidades democráticas. Cuando promovemos una cultura del cuidado estamos fortaleciendo capacidades democráticas. Todo forma parte del mismo proyecto.

Una democracia que aprende

Cada vez estoy más convencido de que las democracias del siglo XXI deberán parecerse menos a máquinas perfectamente diseñadas y más a organismos vivos que aprenden continuamente. Eso significa pasar de instituciones que simplemente administran conflictos a comunidades capaces de generar confianza. Pasar de ciudadanos que únicamente reclaman derechos a ciudadanos que también desarrollan capacidades. Pasar de una cultura centrada en la confrontación a una cultura orientada hacia la colaboración.

Ese tránsito no depende solamente del Estado. Depende de escuelas. Universidades. Empresas. Medios de comunicación. Familias. Organizaciones sociales. Conjuntos habitacionales. Redes de liderazgo. Todos educamos. Todos producimos cultura. Todos contribuimos —para bien o para mal— al tipo de democracia que heredarán las siguientes generaciones.

Una nueva pregunta para Colombia

Durante décadas nos preguntamos quién debía gobernar. Después aprendimos que la pregunta más importante era bajo qué reglas debía gobernarse una sociedad libre. Hoy creo que estamos entrando en una nueva etapa.

La pregunta ya no es solamente quién gobierna. Ni siquiera cómo convivimos. La pregunta decisiva es otra: ¿Cómo construimos una cultura capaz de hacer florecer nuestra democracia?

Creo que allí se encuentra la verdadera tarea de nuestro tiempo. Porque una Constitución puede impedir que un país se rompa. Pero solo una cultura cívica puede ayudarlo a florecer. Y quizá esa sea la mayor responsabilidad del liderazgo contemporáneo. No ganar la próxima batalla cultural. Sino ayudar a construir las condiciones para que, siendo profundamente distintos, descubramos que todavía somos capaces de cuidar juntos la misma casa común.

A partir de hoy todo eso puede entenderse como la infraestructura del florecimiento constitucional.

Es un concepto que no sustituye al patriotismo constitucional de Habermas; lo toma como punto de partida y propone el siguiente paso: una democracia no solo necesita reglas comunes, sino también las capacidades culturales, relacionales y cívicas para convertir esas reglas en una vida compartida que genere confianza, cooperación y bienestar colectivo.

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Por Francisco Manrique

Presidente Concejo Directivo y de la Alianza Universidad Empresa Estado en CONNECT Bogotá