Cuando el pastor reemplaza al Evangelio por una ideología, la espiritualidad deja de liberar para convertirse en mecanismo de dominación. Esa es la reflexión que propone este texto.

 - Opio político para pueblos de Dios

No es la religión el opio del pueblo como lo afirmó Marx, lo son las iglesias politizadas. Especialmente, las evangélicas lideradas hoy algunas veces por pastores histriónicos, verbosos y dramáticos. Verdaderos mercaderes de la fe espiritual; han hecho de Cristo una jugosa fuente de ingresos económicos y poder político. Nunca Dios estuvo más muerto como en sus recintos donde abunda la teatralidad y escasea lo sagrado.

Proliferaron exponencialmente en Latinoamérica a partir de los años setenta como estrategia de la CIA para neutralizar el comunismo, la otra cara de la polarización durante la guerra fría. Algunas de ellas hacían parte de una batalla cultural para combatir el ascenso de sacerdotes afines a la teología de la liberación. Incomodaban socialmente el padre Camilo Torres en Colombia, Ernesto Cardenal en Nicaragua, Leonardo Boff en Brasil y muchos otros.

Su batalla cultural consistía en promover los viejos valores conservadores -homofobia, xenofobia, machismo, tradición, patria- para convertirlos en programas políticos de las derechas latinoamericanas. Privilegiaban la justicia celestial en detrimento de la terrenal, la salvación individual sobre la colectiva, la obediencia a las Escrituras en lugar de su lectura crítica.

Según sus postulados, Dios aprueba la familia tradicional de padre proveedor, madre dedicada al hogar e hijos ejemplares. Rechazan las diversas identidades sexuales y el derecho al aborto. Condenan una educación con enfoque de género porque homosexualiza a los estudiantes. Reivindican el modelo político autoritario donde prevalecen las fuerzas brutas en vez del amor y la justicia.

Principios que muchos consideran superados tras siglos de luchas por una comprensión más humana del ser humano, que inspiran a sectores de la extrema derecha norteamericana representada por Trump y Marco Rubio. Su eco en Colombia es la figura de Abelardo de la Espriella quien, durante su campaña, afirmó sentirse llamado por Dios para aspirar a la Presidencia.

La religiosa estrategia le permitió obtener respaldo de la iglesia “Casa sobre la Roca” fundada por Darío Silva-Silva quien ya fue senador de la República. De esa misma comunidad surgieron Carlos Alonso Lucio, encargado del proyecto "El Arca de Noé" o programa de gobierno del presidente electo, y Viviane Morales futura Ministra de Educación. Por su parte, la iglesia “Ministerio Evangelístico Camino a la Libertad” aportó su pastor, Jaime Andrés Beltrán, futuro ministro de Vivienda.

Otras iglesias cristianas están vinculadas a la política distorsionando su misión religiosa. “La Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional” se emparenta con el partido MIRA de María Luisa Piraquive. “Misión Carismática Internacional”, fundada por César Castellano y Claudia Rodríguez, ha apoyado al Centro Democrático. El partido Colombia Justa y Libre surgió de la unión de varios movimientos evangélicos.

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Mientras algunas iglesias actúan como el opio de los pueblos, tergiversan la semántica original de la palabra religión: religare, volver a ligarse al flujo natural o sagrado del universo y de la vida. De allí la voz de Francisco de Asís llamando hermano al sol, hermana a la luna y hermanas a las estrellas. De allí el hermoso verso de Rilke: "La tierra, ¿no es esto lo que quiere: renacer invisible en nosotros?". Y el luminoso verso de José Eustasio Rivera: "... lo que los astros callan mi corazón lo sabe".

Ninguna de esas voces poéticas parece importar mientras persista la falacia de pastores histriónicos que usufructúan políticamente la necesidad espiritual de millones de seres humanos. El propio Cristo pagó con su crucifixión el desafío lanzado contra esa confusión entre religión y poder. Alguna vez dijo: "Dad al César lo que es del César -política- y a Dios lo que es de Dios" -religión.

Nada me impide sospechar, diría yo, que seguimos crucificándolo cada vez que esas iglesias abandonan su vocación espiritual para convertirse en maquinarias de poder; más que religiones, son instituciones privadas para proveer el opio político a comunidades anhelantes de espiritualidad.

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