Hay derrotas que invitan a la autocrítica. Otras llevan a buscar responsables. Pero existen algunas que producen un fenómeno más curioso: obligan a desempolvar los estatutos.
Eso parece estar ocurriendo en el Centro Democrático. Después de perder la Presidencia y cuando Abelardo de la Espriella impulsó Defensores de la Patria como una nueva fuerza política, algunos dirigentes comenzaron a sostener que la verdadera identidad del partido siempre estuvo contenida en el preámbulo y en el artículo 2 de sus estatutos. La invitación es leerlos con atención, como si allí hubiera permanecido oculta una verdad que Colombia nunca descubrió.
La explicación resulta interesante, pero también plantea una pregunta inevitable: ¿por qué ahora?
El artículo 2 de los Estatutos no define al Centro Democrático como un partido de derecha, centroderecha o centro. Lo presenta como una organización democrática, popular, diversa, incluyente y moderna, inspirada en cinco pilares: seguridad democrática, confianza inversionista, cohesión social, Estado austero y descentralizado y diálogo popular. Si esa era su definición doctrinal,
¿Por qué nunca se convirtió en el eje de su estrategia política y electoral?
Quince años de silencio
Durante más de una década el petrismo logró imponer la narrativa de que el Centro Democrático era la expresión de la derecha colombiana e incluso, para muchos de sus críticos, de la "extrema derecha". Esa caracterización se repitió en universidades, medios, redes sociales y campañas electorales.
Sin embargo, pocas veces el partido respondió acudiendo a sus propios estatutos para desmontar esa interpretación.
Si allí estaba definida su verdadera identidad, ¿por qué no fueron utilizados como la principal herramienta pedagógica? ¿Por qué se permitió que fueran los adversarios quienes definieran la imagen ideológica del partido?
Si los estatutos contenían desde el comienzo esa identidad, la explicación debió llegar mucho antes de la campaña electoral. Debió formar parte de la preparación de los candidatos al Congreso y convertirse en un elemento central de la campaña presidencial de Paloma Valencia. Los candidatos necesitaban un discurso uniforme sobre lo que realmente representaba el Centro Democrático. Resulta difícil entender por qué esa pedagogía aparece únicamente después de la derrota.
En política también pesan los silencios. Cuando una organización no explica quién es, otros terminan haciéndolo por ella, como lo hizo polarizantemente Gustavo Petro.
Las fracturas que ya existían
La discusión sobre los estatutos tampoco surge en cualquier momento. Aparece después de varios años de tensiones internas que fueron visibles para la opinión pública.
Las diferencias protagonizadas por María Fernanda Cabal, Paola Holguín y Miguel Uribe Londoño evidenciaron que dentro del partido coexistían visiones distintas sobre la seguridad, la autoridad y el rumbo económico.
Muchos militantes consideraron que las posiciones asumidas por José Obdulio Gaviria y, en algunos momentos, por el propio Álvaro Uribe frente a esas controversias fueron especialmente severas con quienes representaban una línea ideológica más definida.
A ello se sumó la afirmación de José Obdulio Gaviria de que ninguno de los precandidatos presidenciales del Centro Democrático tenía condiciones para ganar la Presidencia, mientras promovía el nombre de Juan Carlos Pinzón, quien ni siquiera pertenecía al partido. Para muchos, ese episodio profundizó la sensación de división interna.
Vistas en perspectiva, esas diferencias parecen ir más allá de conflictos personales. Hoy muchos se preguntan si reflejaban un debate de fondo sobre la identidad del partido.
Lo que defendieron los militantes
Durante quince años miles de militantes defendieron al Centro Democrático con una convicción inquebrantable. En muchas familias hubo discusiones, amistades se rompieron y las redes sociales se convirtieron en escenarios de fuerte polarización. Para muchos ciudadanos, respaldar al partido y al expresidente Álvaro Uribe implicó asumir costos personales y políticos.
Hoy descubren que algunos dirigentes presentan una interpretación doctrinal mucho más matizada de la que predominó durante todo ese tiempo.
La pregunta es legítima: ¿la imagen que el partido proyectó durante años coincidía realmente con la identidad que hoy algunos afirman encontrar en sus estatutos?
Porque un partido político no se define únicamente por el documento que registra ante la autoridad electoral. También se define por su discurso, sus voceros, sus decisiones y las causas que decide defender.
Cuando aparece un nuevo competidor
La coincidencia resulta difícil de ignorar. Los estatutos cobran protagonismo precisamente cuando aparece un nuevo competidor dentro del mismo espacio político.
Defensores de la Patria no solo representa un nuevo partido; representa también una nueva narrativa para una parte del electorado de centroderecha. Sus postulados coinciden ampliamente con los cinco pilares descritos en el artículo 2 de los estatutos del Centro Democrático: seguridad democrática, confianza inversionista, cohesión social, Estado austero y descentralizado y diálogo popular.
Entonces surge la pregunta de fondo: ¿quién definió realmente la identidad del partido durante estos quince años: sus estatutos o su estrategia política?
Porque si hoy hay que volver a explicar quiénes eran, quizá el problema no sea que los colombianos nunca leyeron los estatutos.
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