Texto escrito por: Cristian Camilo Rendón Hoyos
Como advertía Umberto Eco en su recopilación de textos A paso de cangrejo, las sociedades modernas avanzan tecnológicamente mientras retroceden en conciencia crítica. Y quizá no exista un panorama más preciso de esa regresión que un centro comercial lleno de personas buscando desesperadamente la lámina 327 de Mbappé mientras ignoran o rechazan cualquier conversación relacionada con política.
Siempre nos dijeron: “evitemos hablar de política, religión o fútbol para no irnos a las trompadas”. Bauman lo habría resumido como una consecuencia natural de la sociedad líquida: vínculos frágiles, intereses inmediatos. Hoy los ciudadanos están más comprometidos con completar el álbum Panini que con construir una sociedad mínimamente justa.
La fiebre mundialista convirtió nuevamente a los ciudadanos en comerciantes medievales. Ellos, ellas y hasta elles, negociando láminas brillantes como si estuvieran negociando petróleo en Dubái. Familias enteras reuniéndose en plazoletas para intercambiar papelitos con la pasión con la que antes se discutían revoluciones.
“Te cambio dos escudos y una lámina de Coca Cola por Messi”. Y curiosamente, esa frase contiene más capacidad de negociación que muchos debates presidenciales en Colombia.
Porque llenar el álbum Panini ya no es un pasatiempo: es una inversión emocional de alto valor. La famosa caja cuesta 520 mil pesos y trae alrededor de 100 paqueticos, cada uno con siete láminas. Figuritas que producen exactamente la misma sensación que estar cerca de ganarse el Baloto: adrenalina, ansiedad y la permanente ilusión de que ahora sí vendrá la difícil.
El problema es que el álbum tiene más de 600 láminas y uno se puede gastar medio millón de pesos y aun así seguir buscando el escudo de Senegal. Entre repetidas, brillantes imposibles y el ego de querer “llenarlo primero”, completar el álbum puede costar fácilmente entre 800 mil y más de un millón de pesos.
Sumado a esto, las aplicaciones para encontrar personas que tengan la lámina faltante están en su apogeo y se propagan con más rapidez que las propuestas de campaña. Existen mapas, grupos de WhatsApp, comunidades, alertas y hasta inteligencia colectiva para ubicar a alguien que tenga la figurita difícil.
Pero basta preguntar quién es el candidato Abelardo, qué propone Paloma o cuál es la postura de Cepeda sobre seguridad, educación o transporte, para descubrir que el silencio ciudadano aturde. Nadie sabe, nadie entiende. Y, peor aún, a casi nadie le importa.
Hoy hay más gente madrugando a intercambiar laminitas que ciudadanos interesados en discutir el futuro del país. Es más interesante conseguir la edición limitada de Haaland que entender cómo funciona una reforma tributaria, agraria, pensional, entre otras. Y es comprensible. Los políticos también dan “papaya” y bastante. Después de décadas prometiendo puentes que terminan siendo elefantes blancos, hospitales en obra blanca y discursos populistas y tiktokeros, la ciudadanía desarrolló una alergia crónica a creer.
La política perdió credibilidad mientras Panini perfeccionó el algoritmo de la esperanza
Porque el álbum sí cumple algo: usted sabe exactamente cuántas laminitas le faltan. En cambio, en campaña uno nunca sabe cuántas mentiras vienen pegadas detrás de la sonrisa del candidato.
Tal vez por eso las personas prefieren persuadir para intercambiar una figurita que intercambiar ideas sobre el país. Discutir de política se volvió incómodo, aburrido, tóxico; hablar de laminitas, en cambio, produce dopamina, abrazos y amistades instantáneas entre desconocidos que hace diez minutos estaban dispuestos a pelear por una brillante de Vinícius Jr.
Es muy bello, pero aterrador al mismo tiempo. Es una maravilla saber que todavía somos capaces de reunirnos alrededor de algo colectivo. Aterrador porque pareciera que solo nos une aquello que nos entretiene.
Los centros comerciales llenos de gente intercambiando láminas parecen una metáfora perfecta de nuestra época: una sociedad capaz de memorizar alineaciones completas de selecciones europeas, pero incapaz de recordar quién redacta las leyes que afectan su salario, su seguridad o su futuro.
Y mientras alguien celebra haber conseguido la última figurita para llenar el álbum, el país sigue incompleto, lleno de espacios vacíos que nadie parece dispuesto a llenar. Y con esto cierro paréntesis, porque debo seguir intercambiando laminitas para llenarlo antes que lo hagan mis compañeros de oficina, de lo contrario la vergüenza será mundial.
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