Opinión

Mis primeras impresiones de Taipéi (I)

Por:
diciembre 01, 2013
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Luego de dieciséis no tan agradables horas de vuelo en clase económica, teniendo que soportar de la manera más cívica posible a dos culicagados que usaban mi espaldar como mesa de juegos  —pantalla táctil, no pantalla golpeadora por favor—, que de un momento a otro soltaban unas nauseabundas flatulencias casi tóxicas y que aparentemente solo yo olía pues nadie más se quejaba (¿será que eran míos?); el dolor casi artrítico de mis rodillas futboleras; el olorcito como a ancianato de la comida oriental que ofrecían en el avión y que supuestamente era pollo o carne o qué se yo; la gordita de al lado que me atarugó de manzanas que tenía que terminar antes de llegar a aduanas y que además se apoderó del apoyabrazos completamente; las treinta y dos películas que me vi de principio a fin pues no pude pegar el ojo más de media hora seguida… por fin llegue a Hong Kong, a una parada de mi destino final: Taiwán. ¡Qué tortura! Creo que me quedaré acá un buen tiempo solo por el hecho de tener que montarme en un avión más de medio día seguido otra vez (en total fueron 24 horas de vuelo más escalas).

Ya por fin en Taipéi tuve mi primer contacto con alguien oriundo de esta isla. El viejito de inmigración no pudo haber sido más antipático, ni un Ni hao o Hello o Hi. Nada. Ni levantó una ceja. A duras penas alzó la cabeza para recibir mi pasaporte y ya. ¡Qué buena forma de recibirlo a uno, de hacerlo sentir bienvenido! Recogí mi maleta y me encontré con mi novia a la cual no veía ni besaba desde febrero. Ocho meses en ascuas y yo imaginándome un beso enorme, chorreante de babas y dolores pélvicos. Pero no. Se le subió a la cabeza que las muestras de afecto para los chinos son incómodas y me volteo la cabeza. Un piquito y ya ¿Pueden creerlo? ¡¿24 horas en un avión y ese fue mi premio?! Después me darían mi recompensa pero ya empezaba a arrepentirme de haber salido de mi Cali bella. Ya en el bus la comida de avión empezó a surtir efecto. “Me atacó el monstruo” y me estaba ganando la batalla. Concentrado enteramente en controlar mis esfínteres, ni puse atención al paisaje y a la increíble cantidad de scooters que rondan las calles, la vibrante actividad nocturna de los taiwaneses. Nada, un baño era lo único que podía divisar en mi horizonte próximo. El trancón de la hora pico me recibió con toda. Cuarenta minutos después de sudar, gemir, casi que llorar de dolor,  estaba ya en el apartamento descansando el estómago, por fin. Hasta ahora Taipéi solo había sido un embrollo de olor a sopa y motos por todos lados.

Después de pasar el sábado metidos debajo de las cobijas, desatrasándonos de meses de inactividad mientras el sol brillaba intensamente afuera, de noche salimos a comer y a reponer energías. ¿Qué comer? Buena pregunta. Uno pensaría que en Taipéi solo hay comida china: escorpiones y cucarachas y demás asquerosidades, que la carne es de gato o perro o rata. Pero no. Hay de todo. Bueno, no de todo. Ni un restaurante colombiano por ningún lado. Era hora de probar algo nuevo así que dejé que mi novia guiara. Al fin y al cabo ya lleva siete años acá y me conoce hace cuatro, pensaría que ya sabe qué me gusta. Comida vietnamita fue su elección después de haber pasado por enemil restaurantes en los cuales tocaba esperar más de una hora para que le sirvan a uno. Así sucede con casi todos los restaurantes famosos aquí en Taipéi: hay que tomar turno y esperar. O sea, hay que salir sin hambre para que cuando lo llamen a uno ya se haya acrecentado. Pero el caso era de hambre pues la actividad había sido extenuante. La carta del restaurante vietnamita estaba toda escrita en palitos y casitas así que decidí que ella escogiera. Craso error. Siendo ella vegetariana de nacimiento dejé que escogiera algo solo vegetariano. Me las piqué de mente abierta y salí perdiendo. Trozos enormes de esa carne vegetariana en una sopa picante con noodles perfumados, no es mi definición de delicioso. Pero no todo fue pérdidas, durante mi visita al restaurante pude apreciar una pequeña muestra de algo bizarro en las costumbres de la gente en Taipéi. Mirando por encima del hombro de mi novia, creí ver al primer niño chino con pelo mono. “Como se mueve de extraño” pensé. Cuando de repente, sentado en la mesa como si fuera un bebé, había un pequeño perro feliz y campante compartiendo la comida con sus amos. De corbatín y chaleco, el chande tenía su propio plato y todo. Esa fue la tapa del día. La comida pasó a un segundo plato y se me arregló la velada…

Después seguiré contando las excentricidades de los taiwaneses, la vida y mercados nocturnos y demás pendejadas que me vaya encontrando por ahí pues ya me pasé del espacio que me otorgan para dar mi opinión. Próximo domingo… misma hora, mismo canal.

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