Todes están hablando sobre la 'e' y la inclusión

La lengua se rige por un sentido de ahorro, concisión y precisión, que la aproxima a las matemáticas; sin perder su magia de variedad, imaginación y creatividad

Por: Luis Eduardo Parra Rosas
noviembre 06, 2021
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Todes están hablando sobre la 'e' y la inclusión
Foto: Pixabay

Algunas personas y agrupaciones, preocupadas por la discriminación a que se han visto expuestas sistemáticamente las mujeres y las minorías sexuales en todos los espacios de la vida social, propugnan para que también en el ámbito de la lengua les sea reconocida su orientación sexual y, en este nivel, sean tratadas en las mismas condiciones que los demás.

Por tal motivo, a las formas 'todos y todas', 'él y ella', 'nosotros y nosotras', 'ellos y ellas' han querido agregar una nueva, consistente en remplazar la 'o' y la 'a', establecidas para designar los géneros masculino y femenino, respectivamente, por la llamada 'e' neutra a fin de incluir con ella una denominación distinta de las que usamos habitualmente en nuestro léxico diario para referirnos exclusivamente a hombres y mujeres.

Ahora, según ellos, para cumplir tal propósito, además de 'todos' y 'todas', 'él y ella', 'ellos y ellas', 'nosotros y nosotras', debemos decir y escribir 'todas', 'todos' y 'todes', 'él', 'ella' y 'elle', 'ellos', ellas' y 'elles', 'nosotros', nosotras' y 'nosotres'.

Aunque de uso en ámbitos reducidos de hablantes, esta novedad llama la atención por la radicalidad con que sus usuarios la defienden, motivados, comprensiblemente, por la necesidad de luchar en todos los frentes contra siglos de hegemonía de machismo y patriarcado.

Pero no es en el lenguaje donde principalmente debería darse esta discusión, pues son muchos los campos en los que es más pronunciado, amplio y evidente el maltrato a que se ven sometidas las mujeres y, aún más, los colectivos mencionados. Su histórica subordinación reclama llevar al primer plano de lo social, económico, cultural y poĺítico sus reivindicaciones para que sean verdaderamente reconocidos como sujetos con plenos derechos en pie igualdad con los demás integrantes de la sociedad.

Característico de la la lengua es que muy difícilmente se deja modificar por decretos, voluntarismos e iniciativas particulares. Baste recordar que, en algún momento, Gabriel García Márquez propuso “jubilar la ortografía”, pero finalmente, nadie le hizo caso.

Para que un término adquiera carta de ciudadanía social, por así decirlo, requiere su uso extendido entre prácticamente la totalidad de los hablantes. Si estos no lo adoptan como suyo, no pasará de ser parte de una jerga de moda, que, como todas las modas, desaparecerá sin dejar casi ningún rastro.

Todo lo contrario ha pasado con el empleo del masculino como genérico inclusivo para referirse tanto a hombres como a mujeres. Bien en el registro escrito, bien en el registro oral, este plural y su significado están tan firmemente establecidos que resulta difícil imaginar que tantas personas de épocas, lugares y culturas tan diferentes hayan acordado usarlo intencionalmente para discriminar y excluir a las mujeres y que estas no se hayan dado cuenta de que tal cosa estuviera ocurriendo contra ellas mismas.

Si nuestro idioma ha optado por este camino no ha sido porque los hombres hayan querido, al margen de las mujeres, controlarlo o dominarlo –algo que está completamente fuera de su alcance, pues nadie en particular tiene el poder para manipularlo a su antojo, ya que entre todos lo gobernamos y decidimos qué voces perduran y cuáles no–, sino porque, para preservar su integridad, su utilidad y su eficacia como medio de comunicación, rechaza lo que sobra, lo redundante, lo innecesario, lo superfluo, lo que suene mal.

Y para cuidarse de estos vicios, la lengua siempre tiende a corregirse y a regirse por un riguroso sentido del ahorro, la concisión, la precisión, la coherencia, en fin, por un uso que la aproxima mucho a la exactitud y sobriedad de las matemáticas, sin que por ello no se abra con todo su poder a la magia de la variedad, la imaginación y la creatividad.

Como construcción histórica, evoluciona al ritmo de los cambios sociales, pero lo hace siguiendo patrones que la enriquecen, la perfeccionan y la hacen cada vez más apta para optimizar la comunicación humana, atendiendo sus propias dinámicas, que son, en últimas, las que entre todos nosotros determinamos.

Ahora, no lo hacemos a nuestro arbitrio ni mucho menos al arbitrio de unos pocos, cuyas propuestas, aunque inspiradas en buenas intenciones, pero formuladas con poco sentido de realidad y animadas por una convicción más pasional que racional, que los lleva a creer vanamente en su originalidad y su carácter innovador, caerán en el olvido, ahogadas, como un cuerpo extraño, por el torrente impetuoso por el que discurren cantidades ingentes de palabras que, como peces milenarios, se han ganado el derecho histórico a navegar libremente por las aguas límpidas e incontenibles de nuestro bello idioma.

A las iniciativas de los propulsores del lenguaje inclusivo y la e inclusiva se les augura una vida corta, a la que están condenados todos los esnobismos de grupos sociales desligados de las vidas de los comunes mortales, a los que, por más que quienes los quieran obligar a adoptar sus engendros, amparándose en una suspuesta superioridad moral o intelectual, seguirán diciendo 'todos', 'ellos', él', 'nosotros' para referirnos a todos sin exclusiones.

En el siguiente enlace se encuentra una entrevista con una filóloga mexicana, que deja las cosas en su lugar: https://www.letraslibres.com/mexico/revista/entrevista-concepcion-company-company-el-lenguaje-incluyente-es-una-cortina-humo

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