Pronto después de su fundación con la toma de Simacota - Santander a comienzos de 1965 (justamente hace 61 años), el ELN de Fabio Vásquez Castaño, sus hermanos y otros jóvenes estudiantes y campesinos (varios de ellos fusilados más tarde por esa guerrilla) adoptó la consigna ”Ni un paso atrás, liberación o muerte”, para quedarse así, a sangre, fuego y radicalismo, en la historia de la política y la violencia colombiana.
Esa consigna, a decir verdad, había sido proclamada dos siglos atrás durante el Virreinato de la Nueva Granada por el líder comunero José Antonio Galán, lo que simple y duramente deja ver que la sangre, la confrontación y la pugnacidad política irreconciliables a causa de desigualdades y abusos, empezaron en este país quizá desde el mismo momento en el que empezó el país.
En su devenir aquella guerrilla se hizo pétrea, opuesta no solo al régimen sino a cualquier otra forma de protesta o incluso organización insurgente que no coincidiera con su visión. El apetito militar opacó la reflexión política, mientras la premisa de no dar un paso atrás se asumió como imposibilidad para considerar fórmula de conciliación cualquiera, a pesar de que ha sostenido diálogos “de paz” con casi todos los gobiernos de este siglo.
Como siguiendo al pie de la letra los mandatos del Catecismo Revolucionario de Serguei Nechayev, los líderes de esta organización, muchos de ellos ya envejecidos en esas seis décadas de monte, parecen recitar al pie de la letra y hacer recitar a los suyos: “Severo consigo mismo, el revolucionario debe ser duro con los demás. Todos los sentimientos blandos que estropean, como el parentesco, la amistad, el amor, la gratitud, e incluso el honor, deben ser sofocados por la única pasión de la causa revolucionaria. Día y noche no debe tener más que un pensamiento, un solo objetivo: la destrucción despiadada. Aspirando fría e infatigablemente a ese objetivo, siempre tiene que estar dispuesto a perecer y a destruir con sus propias manos todo lo que obstaculice su consecución.”
Pero incluso, aunque parecería que se trata de una agrupación radical e inclaudicable, la esencia de ese catecismo revolucionario fue deshaciéndose en el tiempo, un tiempo en el que pasaron por allí Camilo Torres, Jaime Arenas o Manuel “el cura Pérez”, así que el ELN dejó de ser una guerrilla insurrecta para convertirse en lo que corre de este siglo en un grupo viscoso en el que se mezclan múltiples formas de violencia y negocio sucio: secuestro, extorsión, reclutamiento de menores, signos de trata de personas, narcotráfico, o la alianza conveniente con un régimen execrable como el de Maduro en Venezuela.
Claramente se trata ya de un grupo que no busca tomar el poder por métodos revolucionarios, sino de una agrupación que se satisface ahora con controlar a puro miedo territorios, negocios y sobrevivir para sí misma.
El ELN vuelve otra vez a pedir tiempo, a invitar a un diálogo nacional que nunca es diálogo ni es nacional.
Por eso, por todo lo que se ha desteñido en ella, no es extraño que pareciendo amedrentada por la ferocidad amenazante de Trump que ya vino con todo y promete venir con más, se apresure otra vez el ELN a pedir tiempo, a invitar a un diálogo nacional que nunca es diálogo ni es nacional.
Todo está enrarecido, más enrarecido que antes. Ningún desenlace es predecible pero da más que la impresión de que a este ELN de hoy nadie le cree (como antes creímos) y nadie le ofrecerá una mano.
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