Duele en verdad la complejidad de las situaciones que nos rodean, frente a las cuales se llega a sentir desánimo. Es como si la humanidad en su conjunto fuera conducida a la contemplación impotente. El horror crece con prepotencia a nuestro alrededor, consiguiendo normalizar sus consecuencias, invitándonos a aceptarlo sin discusión o a mirar simplemente hacia otro lado, porque nada se puede hacer para detenerlo.
La reacción de Donald Trump ante la Corte Suprema de los Estados Unidos, que consideró inconstitucionales e ilegales los aranceles decretados bajo el único amparo de su voluntad individual, es apenas una muestra de la realidad que se nos impone. Entonces el máximo organismo jurisdiccional de su país es un vendido a los intereses extranjeros. Y por encima de la decisión, rebuscando argumentos en la nada, vuelve a imponer aranceles a todos los países.
Ese yo soy la única ley y nadie puede interponerse en mi camino, pese a resultar intolerable desde cualquier punto de vista, se torna cotidiano y por lo mismo no genera reacción distinta a acomodarse pasivamente a ello. Tal y como lo declaró recientemente Stephen Miller, subsecretario jefe del Gabinete de la Casa Blanca, el poder de la fuerza es lo que gobierna el mundo real, una de las leyes de hierro que existen desde el comienzo de los tiempos.
En esas condiciones, ya no se requieren argumentos, manda quien tiene las armas y la decisión de emplearlas sin la menor contemplación. El más poderoso soy yo y por consiguiente se hace lo que yo diga, o asuman las consecuencias. Exactamente eso le están diciendo abiertamente al estado iraní y a su gobierno. Cualquier conversación tiene que producir el resultado que queremos, o alístense para lo que vendrá.
Mientras, ubican a su alcance un tercio del total de su poder naval y aéreo, sin disimular la intención de usarlo. Las razones del otro no importan, u obedece o lo destruimos. Desde los tiempos del Sha Reza Palevi, puesto al frente de Irán mediante un golpe en 1953, ese país adoptó planes para producir energía nuclear con fines eléctricos y médicos. Francia lo apoyó y los Estados Unidos lo consintió. Hasta que la revolución iraní tumbó al Sha.
En adelante, las nuevas autoridades, apoyadas por la inmensa mayoría de la población, se convirtieron en demonios. Entre otras cosas porque Israel vio los cambios como una amenaza para sus planes de expansión territorial y militar en el oriente medio. Y todo el mundo sabe que prácticamente Israel controla al Congreso de los Estados Unidos. Son los intereses de esta alianza militar y política los que han conducido a este grave momento.
Pero no es sólo el golfo Pérsico. También aquí, en nuestro vecindario. Tras una decena de años de sanciones económicas y bloqueo a Venezuela, durante la cual no faltaron los más diversos intentos por tumbar su gobierno, Donald Trump toma la decisión de bloquearla marítimamente, apoderarse de su petróleo y asaltar su capital a sangre y fuego, para secuestrar a su presidente y a su esposa, acusándolos de las peores infamias.
No hay más remedio que lidiar al toro bravo pacíficamente
Surge la pregunta. ¿Qué puede, en términos reales, hacer Venezuela en esas condiciones? ¿Debería declarar la guerra a los Estados Unidos, en una disparidad absoluta de poderío militar, y someter a su pueblo a los bombardeos y la ocupación que sin duda sobrevendrían? No hay más remedio que lidiar al toro bravo pacíficamente, con singular talento, a la espera de que algo suceda y cambie la balanza, soportando incluso los rumores de traición.
Y sigue Cuba. Bloqueo inhumano, todo un pueblo sometido a la falta de alimentos, medicamentos y energía, condenado al hambre, la enfermedad, la muerte y la oscuridad en medio del caluroso Caribe. La determinación no es ni siquiera la de atacarlos o invadirlos, sino la de rendirlos mediante el cruel asedio. La violación abierta de todos los principios y leyes internacionales. Frente a la cual sólo se puede, no sin riesgos, enviar alguna ayuda humanitaria.
Palestina, todos sabemos del genocidio que comete Israel contra ese pueblo. Apoyado por los Estados Unidos y las mayores potencias de la Unión Europea. La sinrazón absoluta encubierta de designio religioso. Al tiempo que, en el este de Europa, la OTAN no cesa en su empeño de aniquilar a Rusia y convertirla en una veintena de estados débiles. Francia y Reino Unido acaban de anunciar su apoyo a Zelensky para que desarrolle y use armas nucleares.
La ultraderecha colombiana, que apoya orgullosa todos esos crímenes, no cesa su permanente procesión a Washington, invocando el apoyo para derrocar y ojalá capturar al presidente Petro, incluso a su posible sucesor de ganar en las urnas, Iván Cepeda. Como en todos esos lugares del mundo, apela también a la más sucia propaganda. Al menos aquí podemos enfrentarla y vencerla, pacíficamente, en las votaciones. Tenemos que conseguirlo.
Del mismo autor: La lógica que insiste en imponerse
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