¡Se nos fue una caballona muy hermosa!

¡Se nos fue una caballona muy hermosa!

Magaly venía manejando su camioneta por la carretera entre Sincelejo y Magangué cuando algo imprevisto pasó. Crónicas de nuestro pueblo

Por: RICARDO MEZAMELL
marzo 10, 2021
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¡Se nos fue una caballona muy hermosa!
Foto: Las2orillas

Conocí a Magaly una mañana de principios de abril de 1977 cuando junto con su esposo, el famoso Quique Hernández, se presentó en las oficinas del Comité de Algodoneros —ubicado en el corregimiento de Camilo Torres— a inscribir 50 hectáreas para cultivo de algodón.

Al Quique lo conocía desde el año 1970 cuando por razón de la campaña presidencial fue, junto con don Gabriel Zea, uno de los oradores en la reunión política organizada por don Medardo Amell en el patio de su casa ubicada en el barrio Pueblo Nuevo. En esa oportunidad, los mencionados se apartaron de los lineamientos del Directorio Nacional Liberal de apoyar al candidato conservador del último cuatrienio del Frente Nacional, optando por favorecer a su paisano costeño Evaristo Sourdis Juliao.

El Quique era un personaje desparpajado en su manera de comportarse, no le gustaba que lo trataran de doctor, siempre creyó que este título era apropiado para los médicos, no para abogados como lo era él. Se caracterizaba por su trato cordial y generoso con quienes interactuaba. No hacía distingo de ninguna naturaleza entre las personas. A leguas de distancia su estruendosa carcajada delataba su presencia en el lugar.

Magaly era una mujer despampanante, con una cara bellísima y un cuerpo escultural armonioso: alta, esbelta, caderona, de piernas largas y robustas.

Siempre estuvo al frente de los quehaceres propios de su cultivo de algodón, en una tierra perteneciente a su familia paterna. Por eso frecuentaba las oficinas del comité, ya fuera facturando semillas, herbicidas para controlar las malezas o pesticidas para combatir las plagas que lo asolaban, al igual que repuestos para su maquinaria agrícola. Llegaba vestida de jean, suéter y sandalias, conduciendo una camioneta de platón de color azul marca Ford.

Mientras atendíamos sus requerimientos nos deleitaba con su presencia y las historias que contaba con su voz encantadora.

Por eso considerábamos absurdo que su esposo frecuentara el burdel de doña Celia. La verdad, por más que nos esforzáramos no encontrábamos razón para justificarle ese comportamiento. Un día después de verla, al hablar entre nosotros de esa situación, el celador José Ulpiano Bonivento nos sorprendió con esta simple explicación: “el que es no deja de ser; es igual, así como las putas, los putañeros nunca dejan de putear”.

Era tanta la adicción del Quique a esa clase de compañías que, según contaban las muchachas del servicio doméstico de esa casa, en varias ocasiones bajo el pretexto de estar trabajando esperó que su mujer se quedara dormida para escaparse en piyama para el prostíbulo. Las veces que ella se percató, se levantó, fue a buscarlo y con revolver en mano lo sacaba del lugar y se lo llevaba para la casa.

La última vez, furioso por el bochornoso episodio ocurrido frente a sus amigos de juerga y las respectivas cortesanas de compañía, al regresar a casa, en un descuido de su mujer tomó el revólver y le propinó un balazo en una pierna, lo cual obviamente hicieron pasar por un desafortunado accidente producto de la impericia con el arma de fuego por parte de la lesionada. No tanto por lo que llegaran a pensar y decir los amigos cercanos de la pareja, si no por el miedo que tenía la propia Magaly de que su hermano, El Pichirilo, al saber la verdad, matara a su esposo.

Es que ella era la dama más hermosa de la prestigiosa familia Fernández, oriunda del Carmen de Bolívar, quienes unidos con los Pérez mantuvieron una confrontación bélica con sus paisanos los Méndez, la cual duró alrededor de seis años y dejó muchos muertos.

Todo comenzó dentro de la corraleja durante las fiestas de noviembre de 1962, cuando los Fernández usurparon el honor de garrochar los toros que sus dueños —los hermanos César y Rafael Fieri—, como era usanza en ese tipo de festejos, habían deferido a los Méndez. Frente al furioso reclamo de estos, El Pichirilo, junto con miembros de la familia Pérez, asesinó a tiros a Ezequiel Méndez.

Esa disputa familiar culminó en 1968 dentro de la corraleja de las fiestas de San Pedro Sucre, donde se enfrentaron a tiros y garrochazos, con saldo de dos y un muerto, respectivamente.

Disputa parecida protagonizaron las familias guajiras Cárdenas Ducatd contra los Valdeblánquez Mena, la cual se inició el 17 de agosto de 1970, cuando en Dibuya Guajira José Antonio “Toño” Cárdenas Ducatd mató de un disparo a su primo Hilario Valdeblanquez Mena, por el amor de Rebeca Brito, pretendida por ambos; y, terminó el 11 de abril de 1989 cuando los Valdeblánquez asesinaron en Santa Marta al último varón de los Cárdenas, el menor de 13 años Hugo Nelson, hijo de José Antonio Cárdenas Ducatd con su prima Libertad Cárdenas.

Conocí personalmente a El Pichirilo cuando, no recuerdo por qué razón, acompañé a un amigo a visitarlo en la casa donde ocasionalmente se alojaba cuando venía al pueblo. Allí observé que en la sala solo había una hamaca y una estera en el piso pegada a la pared de la ventana hacia la calle, sobre la cual estaba una almohada, una sábana gruesa y una mochila, de donde sobresalían los dos cañones de una escopeta.

Al adivinar mis pensamientos, me comentó lo del problema con la familia Méndez, que lo obligaba a estar alerta y preparado a toda hora con sus armas listas para responder a cualquier ataque. Agregó que en igual forma vivía y dormía en su casa ubicada en El Carmen de Bolívar.

Pocos años pasaron, cuando por la confianza que se tenía Magaly como una experta conductora, venía manejando su camioneta por la carretera de Sincelejo para Magangué, a 120 km/hora, y le salió de improviso por el carril contrario, detrás de un bus, un camión repartidor de gaseosas de la empresa Kola Román, el cual la colisionó causándole las múltiples y graves lesiones que desencadenaron su fallecimiento.

Como propio de nuestra jeringonza popular Caribe, don Alberto Arrieta, muy dado a referirse a las mujeres de cuerpos esculturales, como “es una hermosa potranca” si era joven, o “es una bonita yegua” si era adulta, esta vez nos sorprendió con una nueva acepción de su repertorio, al comentar sobre tan lamentado desenlace: “Se nos fue una caballona muy hermosa”.

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