En las más recientes noticias internacionales, gobiernos de países como España, Australia y Francia han optado por prohibir las redes sociales a menores de 16 años. La razón es clara: los jóvenes se encuentran expuestos a una cantidad de información descontrolada que incluye pornografía, contenidos de autolesión y retos virales peligrosos.
Para los sectores más liberales, esta medida es absurda. Argumentan que es mejor instruir a los menores en el buen uso de las plataformas en lugar de coartar el libre desarrollo de su personalidad. Según ellos, el debate debería centrarse en por qué las grandes tecnológicas no filtran la información nociva, en lugar de imponer restricciones que consideran ineficaces.
Sin embargo, surge una pregunta incómoda: ¿cómo un menor que aún no puede votar o conducir, y que carece de madurez para discernir, puede enfrentar un algoritmo diseñado para generar adicción? El famoso scroll infinito nos mantiene atrapados incluso a los adultos con mayor capacidad crítica. ¿Dónde queda la responsabilidad de los padres que, por falta de tiempo o creatividad, entregan un “celular niñera” para que los hijos "maten el tiempo"?
Paralelamente, las preferencias están cambiando. Entre la Generación Z y los centennials empieza a tomar fuerza la tendencia denominada “posting zero”. Consiste en dejar de subir información, borrar publicaciones antiguas y consumir redes de manera pasiva, sin buscar la validación del like ni la sobreexposición. Es un regreso a lo básico: utilizar el teléfono para lo que fue creado originalmente.
Aunque es difícil deshacerse de las plataformas, es indiscutible que debemos ponerle un freno a la adicción. Es un buen momento para que mayores y menores recuperemos el tiempo de calidad, nos miremos más a los ojos y hablemos en familia. ¡Que viva la vida sencilla y no la que nos consume, idealiza y nos deprime cuando no podemos alcanzar lo que otros aparentan tener!
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