Por qué da tanta jartera vivir en Bogotá

Con un pequeño recorrido por las calles de la capital, es fácil detectar por qué es una ciudad que hastía a muchos y aísla a otros tantos

Por: Juan Carlos Camacho Castellanos
agosto 10, 2021
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Por qué da tanta jartera vivir en Bogotá
Foto: Leonel Cordero

Es incorrecto e inmoral tratar de escapar de las consecuencias de los actos propios

Gandhi

Recorriendo las calles de Bogotá y observando el caos citadino me puse a reflexionar en la libertad y el libertinaje.

Lo primero que pensé fue que, para algunos de nosotros, las enseñanzas de nuestros padres fueron equivocadas: respetar al otro y a sus propiedades, no consumir drogas, no arrojar basura en el espacio público, respetar la paz y la tranquilidad del otro, no escuchar música con parlantes y ruido molesto, conducir un vehículo (de bicicleta en adelante) respetando al peatón, no colarse en las filas o el transporte, atender con respeto al cliente y ser respetuoso como cliente... Bueno, en fin, ser una persona honesta, respetuosa y responsable es un error que nació de las enseñanzas morales de nuestros padres.

En medio de la humareda de marihuana que se respira en parques, calles y espacios variados pensaba que eso de “no a la droga” era tan solo una estupidez promovida en ciertos hogares y en algunas inútiles campañas de los medios de comunicación. Lo In es fumarse un pucho de mafafa y gritar, con toda la incoherencia posible, “narcoestado”. Lo triste de ese momento fue tratar de explicarle a un niño de 11 años (hijo de un amigo) que ese desagradable olor era parte de un malentendido concepto llamado “libre desarrollo de la (poca) personalidad”.

Mientras pasaba frente a un Congreso inoperante, unas cortes de poca actividad real, un palacio presidencial ostentoso e inútil, y muchas oficinas públicas que son un criadero de corrupción, clientelismo y demagogia, pensaba que eso de la honestidad son paparruchas. Es mejor ser corrupto y tener estabilidad económica que estar en constante angustia por un trabajo, un techo, una comida o morir en una posible indigencia, mientras que el Estado voraz se sigue alimentando para mantener una caterva de parásitos (de cualquier color político) que son felices sembrando odios y discordia en un país ya hastiado de ellos.

Por ahí, por esas calles, veía grafitis absurdos, paredes llenas de pintadas absurdas, groserías varias y mucha contaminación visual, y pensaba en lo bonito que sería una ciudad limpia, que no azuzara más desesperación a todos los problemas que nos acosan día tras día.

Subiendo por el camino a Monserrate escuchaba, obligado por la falta de respeto de unos cuantos atarbanes, reguetón y basura variada, que estos torturadores espontáneos “compartían” inmisericordemente con esa invención demoniaca llamada “parlantes portátiles”. Esos mismos que atronan cada minuto, dentro de cualquier unidad de transporte, con la excusa de “vamos a compartir un poquito de arte” y empiezan recitar incoherencias mientras algunos desearíamos contar con un saludable par de tapones en los oídos.

Y, desafortunadamente, tratando de refugiarme en mi lugar de residencia, no podía escapar al perifoneo inclemente del “arroz de leche y la mazamorra”, las “donas de la vecindad del chavo” y “el aguacate a mil, y ¿por qué tan barato?, porque la finca es mía”. Sin olvidar al vecinito o vecinita que para trapear el piso de su cuchitril requiere de su reguetón, vallenato o música de costumbre a volúmenes atronadores y que, ante cualquier posibilidad de emborracharse, también nos comparte su alegría hasta altas horas de la madrugada o, los más, hasta el mediodía del día siguiente.

Y pienso, ¿será que mis padres se equivocaron? ¿Será que esos valores de responsabilidad y respeto que me inculcaron (a veces con su dosis respectiva de nalgadas bien merecidas) eran elementos accesorios que no sirven para nada en medio de este libertinaje que me atormenta a mí y, creo, a otros cientos de personas?

Que es mejor ser corrupto y vivir sin angustias (y no faltará el que diga que esa gente vive preocupada porque los descubran. Créame, eso les importa poco); que destruir el espacio público y privado no es malo, es tan solo mi “libre desarrollo de la personalidad”; que molestar al vecino “es mi derecho” y que me debe importar un soberano pepino su derecho a vivir tranquilo; que tirar basura en la calle, conducir cualquier vehículo sin importarme el otro; que ensuciar con grafitis el espacio de uso común es mostrar mi “arte”; que colarme en el transporte público es mi propuesta de futuro y mi protesta frente a un “Estado ladrón”; en fin, que pisotear el derecho ajeno e impulsar mi miserable egoísmo es, pareciera, mejor que ser respetuoso y honesto.

Pero, caminando por esas calles sucias, hediondas a droga, pútridas de miseria, ruidosas hasta el hartazgo, recuerdo que en memoria de mis padres debo intentar vivir de acuerdo a esos valores, a esa ética personal que asumí en algún momento de mi vida y que, pese a la angustia del día por venir, me queda la humilde tranquilidad de dormir sobre la mejor almohada. Es decir, una conciencia tranquila.

 

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