Populistas y otras patrañas que nos dice el gobierno

El gobierno de Duque tilda de "populistas" e "ideologizados" a quienes buscan equidad y justicia social con ideas diferentes a las que sustentan sus políticas

Por: Jorge Ramírez Aljure
febrero 18, 2020
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Populistas y otras patrañas que nos dice el gobierno
Foto: Twitter @IvanDuque

Los eufemismos en general se han utilizado para remplazar la verdad, no por algo similar sino con una significación todo lo ambigua para que finalmente pueda estar representando todo lo contrario de lo que promete a primera vista. El posmodernismo que ha presidido la acción del neoliberalismo o capitalismo libertino se ha hecho famoso por el uso continuado de esta herramienta literaria para conseguir lo que tenemos: que 2400 multimillonarios y algunos un poco más modestos, se hayan apropiado del trabajo del resto de los seres humanos bajo el señuelo de que por fin la humanidad había encontrado el modelo económico perfecto para que todos fuéramos felices. Y, en su defecto -como sucede- encontrar herramientas nuevas para alcanzar productividades que paradójicamente la acumulación exagerada de riqueza les dificulta.

Por supuesto, los mejores alumnos de estas formas ambiguas de expresarse son los dirigentes colombianos, sin distinguir entre los que fungen como funcionarios del Estado comenzando por el presidente de la República hasta el más retrechero de los representantes gremiales. Y la razón es clara: el sistema de la puerta giratoria permite que los mismos personajes se alternen los puestos oficiales con sus asientos en las empresas privadas para alimentar sus intereses, con el cuento de que no solo es un sacrificio para el empresario nombrado, sino que -de las casi 400 universidades de Colombia, algunas muy serias- no salen profesionales capaces en ciertas ramas, en especial economía e ingeniería, para representar con eficiencia y honradez al Estado.

Lo que no se cuenta en medio de tantos eufemismos y mentiras es que la capacidad requerida del profesional del área no es la teórica y práctica para solucionar los problemas crónicos que acumula el país desde su fundación -capacidad repetidamente ausente en las encomiadas manos tradicionales- sino la alcanzada por unos cuantos ricos con su adocenada preparación en universidades del exterior, no para servirle a su patria eventual sino a los intereses del sistema capitalista global que -como está claro- favorecen los insaciables intereses de las empresas multinacionales y sus potencias.

El presidente Iván Duque y algunos de los representantes de los grandes gremios han puesto en boga la palabra desideologizado, sin que se tomen la molestia de aclarar qué significa el nuevo concepto como no sea que en materias económicas. Lo único que vale es lo que el gobierno y sus asesores impongan, sin interferencias políticas populistas como llaman a quienes pretenden equidad y justicia para quienes trabajan y para quienes el sistema condena a la pobreza.  Por lo que estará mal visto, dentro de las reformas que se les aplicarán a los colombianos, hablar de soluciones a la inequidad, al desempleo, a la entrega de riquezas naturales y destrucción del entorno, y al remate de empresas nacionales rentables, pues estos temas quedan al margen de la discusión o reclamo de los escasos congresistas independientes y los ciudadanos afectados, y se tendrán que defender en las calles por elementos de desorden y terrorismo.

Con eufemismos de este caletre, han pasado en este gobierno, abúlico en apariencia, la reforma tributaria que se conoció finalmente como “Ley de crecimiento económico”, que a cualquier desentendido le suena bien por el cuento del crecimiento. Y se prepara la laboral con pensión incluida, cuyos efectos perversos se esconden detrás del rimbombante y apacible nombre de “Reforma a la estructura del sistema de protección a la vejez”, con alusiones como, protección a la vejez, que convencería, hasta al más reacio compatriota a que le amarguen más su vida, que cuando los colombianos estemos pasados de años la vamos a pasar de película, que, bien mirada, incluye en especial el drama y el dolor.

Es otra forma de caracterizar a lo que llaman Centro, que no significa ecuánime ni justo ni correcto sino otra designación para indicar lo mismo: que el capitalismo salvaje no obstante su fracaso e inviabilidad en el resto del mundo, sigue funcionando de manera impune sobre nuestra sociedad sin que ninguno de nuestros economistas de cartelera y menos el ministro de hacienda del gobierno Duque -quien lo descartó por fracasado como fruto de su verborrea ad hoc- aproxime una explicación a tanta abyección, cuando los dueños del billete y el poder en Davos se tomaron la cabeza para encontrarle remplazo.

Y entonces, sin nombrarlo, reducen la solución a un economicismo ramplón, donde las leyes sabias del mercado -que de hecho jamás han funcionado como sabias pero hoy sí lo hacen a las trumpeadas- eliminan la posibilidad de que las posiciones humanistas heredadas de Occidente, que han sido defendidas entre nosotros por conservadores, liberales y socialdemócratas, se desestimen, para que el capitalismo global en agonía y sus acólitos criollos -cercados ambos por la crisis climática y ecológica inexorable, piensen aún en ganancias.

Una visión que, de entrada, desconoce los valores esenciales que simulamos cultivar como superiores, incluida por supuesto la primacía de la razón, la verdad y la democracia. Y con ello la renuncia miserable a proseguir los inenarrables esfuerzos evolutivos de la raza humana -considerados hasta hace poco una prueba contundente de que estábamos para más- que avizoraban un camino de permanente superación, sin duda problemático, pero moralmente irrenunciable.

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